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miércoles, 22 mayo, 2024
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Un pequeño diccionario de poesía. Lectura a Bonzo, de Luis Alberto Arellano

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Por: DANIEL SIBAJA* •

La Gualdra 617 / Poesía / Libros

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Encontré al Bonzo Arellano † (1976-2016) salpicado entre mis libros, un día de marzo, en medio del desorden. Mi habitación se había desbordado entre mis hojas, las piedras que simulaban ser mis personajes y las cajas vacías del tabaco. Lo recogí desvelado, cuando mis pastillas impidieron multiplicar mis emociones antes de la medianoche. Creí (egoísta) ser un sacerdote de la palabra, pero fui más bien: el responsable de mis acciones retorcidas. 

Construí mis anotaciones a través de la simetría, 1) en alguna oscuridad dividida por matices; y 2) en una delgada línea de luz que aún no reconozco. Encontré un reflejo a través del Bonzo (2021) en mi librero, era una lista de instrucciones al interior de un cerdo. Aparecería: una suerte de convertirme en místico, el adorno, o la glosa, en el epígrafe resuelto a lo largo de la voz de Linh Dinh. 

[1] 

Comencemos en la Caja negra, donde el desapego del sujeto no se reconoce, sino que se nombra y ese alguien es llamado Nadie: «No escriba su nombre completo a sus espaldas/ es lectura de Nadie», nos dice Luis Alberto Arellano, en el Efecto nocturno de la hoja. Pero ¿qué es la poesía de las cosas? Para él: una simple apostilla del sufrimiento, sí, en el hígado multiforme de un libro, o en todo reflejo e índice, «como un pequeño manual de instrucciones». Ahí estuvo, el texto Celebración en la producción masiva de glosolalias, esa linda forma de nombrar en el paladar unas cuantas notas sobre cómo leer un nuevo y pequeño diccionario de poesía. Me parece muy certero desde aquí revolver mi lenguaje con el suyo, tratando de encontrar al Maitreya, también muy buscado por otros escritores, tal vez, un Severo Sarduy empolvado entre mis valijas, esperando a ser redescubierto, pero (¡por Dios!) ¿quién no ha tratado de ser budista hoy en día? 

En ocasiones pienso en la poesía como una religión. A veces la solicitud a estas lecturas llegan en un punto del deseo, hacia la ficción; así lo propone el poema Tipos duros y su puntualidad: «Cada evento tiene su lenguaje», y en ese mismo dilema, uno pierde. Leer Arenas movedizas y la palabra ángel, es quizá configurar aquella imagen del feto, como si la vida fuese en realidad un juego de azar, o de presagios. Arellano nos habla desde su doblez y el cuerpo enfermo de nuestros padres en la blancura; nos refleja, en el rezo de nuestra madre en voz baja, y nos muestra lo prohibido en todo lo que comemos un viernes, o desde aquella repetición de Cristo sobre nuestras heridas.

Podemos cuestionar acaso: ¿el verso tiene hoy menos importancia? Proliferamos el deporte de movernos como un regalo de endorfinas, incluso necesitamos de esos finos impulsos de dopamina por la mañana, sólo para moralizarnos en el sano juicio de los desayunos. El pequeño Bonzo Arellano nos habla en Combustión espontánea sobre esa pluralidad y el tiempo, un lenguaje que abusa del new age en un estiramiento de Hatta Yoga. En la digresión y en la carencia, aprendo: el desorden es un orden comedido entre los objetos personales. «Me prohiben usar mi propio nombre», me recuerda, que yo (precisamente) también lo he deseado. 

En otro concepto, el poema Nubes violeta a ras de piso, nos vuelve a dar instrucciones de uso: «qué lengua habla el delator», en el armado de los cuerpos, o en el primer relato heroico de Odiseo, desde aquel momento, leemos poesía ¿por placer o por redención? Repetiríamos, tal vez, la palabra miedo para averiguarlo. 

Por último y antes de salir de esta sombra, en La máquina de matar el tiempo hay un poema tímido sobre la reencarnación y la ascendencia, o quizá, sobre cómo encontrarse nuevamente en algún rincón de la ciudad. 

[2] 

Temblé por la tarde, a mediodía, un día de abril. Me sentí igual a nada. Por ello. Ahora: encontremos esa luz en un Tiro de gracia, entre este rencor, este odio por la bruma: «el cielo devastado que se anuncia azul» es un color tan triste, quizá nos vamos mostrando durante la lectura ese mismo equilibrio encontrado por Buda, «porque de nada sirve pensarlo en voz alta», y ese animal tan primitivo que llevamos dentro sólo recae en el absurdo sentido del ser. 

¿Hace cuánto usted no siente esa luz? En Happy Birthday NN, nos encontramos este paradigma entre lo sólido y el aire a nuestro alrededor, porque la cuenta de los números, entre los meses, los eclipses y la onomástica: «A todos nos pasa una vez al año». Pero volviendo a las instrucciones, en Malas palabras nos ponemos frente a ese Yo disperso, el mismo Bonzo Arellano se nombra, y es un zombie. Y en ese mismo juego, entre la (des) personificación o la llama se asoma: «…todo el daño colateral en vasos de plástico rosa». 

Una vez más nos involucramos en el orden de las cosas en el poema de Caja de texto, pero en esta ocasión lo que acomodamos no es sólo un sitio, sino el cuerpo. Pero ¿qué es el espíritu en un cuerpo? Su respuesta es: «…el ausente sonido de la respiración». Esto nos lleva al interior de uno, en ese espejo con arañazos, así como en Blackwater, donde leemos los matices de los sueños y la glosolalia, lo que resulta en algo más que un cúmulo de anotaciones, pues «soñamos [¿siempre?] en idiomas extranjeros», y al final de la lectura, ¿a quién esperamos?, sí, dentro de la búsqueda de un vocabulario, ¿qué puede ser visto más allá de una religión personal en un sencillo diccionario de poesía? Terminé de oírlo acabada la noche, con un maravilloso poema en prosa llamado Dactilograma, donde la respiración está ausente de cualquier signo en comas o puntos, y nos ponen junto a un gran árbol: «Hay videos que enseñan a meditar en seis idiomas», y el cuerpo se vuelve un estorbo, pues pareciera que el ejercicio de cerrar los ojos es cada vez más lejano a la rueda de las reencarnaciones. Resistir. Olvidarnos de la deficiencia de la vista. Sí. Intentarlo. Quizá sólo eso baste. Respirar. 

[*] 

Leí el libro de Bonzo (2021) como un pequeño diorama en el bello arte de la edición independiente de Palíndroma en su colección AIBOFOBIA, coordinado por Tadeus Argüello, seis años después de su reimpresión, puesto que la primera ocasión que se miró publicado fue en Ecuador (en 2018). Luis Alberto Arellano es quizá una de esas pocas voces de la poesía mexicana que se quedarán en el juego ambiguo de autores de culto, por su prolífica partida y una voz enigmática. Lo es. Lo conocí hace unos años, cuando miré Los Inadaptados #17 en Youtube y creí que la poesía mística había cambiado de rumbo. Invito a sentir ese mismo deseo por acercarnos a su obra, ya que, en el dilema de las lecturas inmediatas, recordar unas simples instrucciones para meditar, ya sea en un video de 15 segundos o en un poema, quizá el Bonzo Arellano pueda darnos ese equilibro en un tiro de gracia. Que así siempre sea. Será. 

* Mérida, Yucatán, 1997.

 

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