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Lo que no tiene nombre

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Por: Educación Dual •

La Gualdra 727 / Libros

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Por Aída Chacón-Castellanos

La escritura de no ficción es otro de los géneros contemporáneos que me parecen no solamente necesarios, sino urgentes. No es que piense que la ficción ha sido rebasada, sino que la realidad debe nombrarse más allá de las charlas cotidianas y debe habitar la literatura en un mundo como el nuestro, donde la ficción muchas veces se disfraza de realidad. Por eso acudí en esa ocasión al estante de narrativa latinoamericana de no ficción y elegí Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett. Comencé la lectura con un poco de conocimiento sobre la obra. En un taller de narrativa autobiográfica leímos las primeras tres páginas de esta obra y sentí la urgencia de leer cada una de las páginas de este breve texto que, aunque su extensión no lo insinúe, presenta un enorme retrato del dolor y de la muerte. 

La escritora colombiana comparte, a través de una narrativa íntima, las distintas fases del duelo después de la muerte de su hijo. A partir de un ejercicio de escritura memorialística, la autora reflexiona sobre los acontecimientos que fueron orillando a su hijo hacia la muerte. Desde el diagnóstico de una enfermedad que no se nombra sino hasta que el lector mismo ya tiene certezas sobre su significado, hasta los años posteriores cuando, de alguna manera, se pensó que lo peor quizá ya había pasado. Cada momento que narra Bonnett se entiende como una remembranza dolorosa que tiene un final inevitable: el suicidio. Es importante mencionar que, en la cultura occidental, el suicidio siempre ha sido visto como un tema tabú complejo. Si hacemos un recorrido por la historia, desde la Grecia Antigua se tenía una valoración ambivalente, pues para algunos filósofos como Aristóteles, el suicidio atentaba contra el Estado y para los estoicos era una salida valiente ante la tiranía de la vida. A partir de la Edad Medía, San Agustín consideró que el suicidio era una ofensa contra Dios y la iglesia, por lo que rápidamente se extendió la idea de que se trataba de un pecado que atentaba directamente contra el quinto mandamiento. Mucho tiempo después, durante el siglo XIX y principalmente gracias a Emile Durkeim, el suicidio se empezó a ver como un hecho social influenciado por el entorno y no meramente un acto de carácter individual. Ya entrado el siglo XX la psicología, la psiquiatría y la medicina han logrado darle una dimensión mucho más profunda, desde una perspectiva de salud mental, que lo ha alejado del estigma criminal o moral. Sin embargo, abordar este tema no se ha vuelto más sencillo. Los prejuicios morales siguen haciendo un eco profundo en la sociedad hasta el punto de evitar nombrarlo de manera abierta. 

Después de la muerte de un hijo, condición misma que carece de un nombre, la mente busca maneras de racionalizar el dolor y la pérdida. Este camino es justamente el que narra la autora en este libro que, sin duda alguna, se trata también de un ritual de despedida. Debo mencionar que una de las cuestiones más hermosas del libro es que, a manera de contrapunto, Piedad Bonnett nombra todo aquello que circunda la muerte de su hijo y lo envuelve en una atmósfera agnóstica que no busca más que indagar en los sentimientos y la psique humana. Esta forma de vincularse con la vida me recuerda a las palabras de Ann Druyan, esposa y colega de Carl Sagan, quien dijo públicamente a la muerte del astrónomo: “No creo que vuelva a ver a Carl. Pero lo vi. Nos encontramos en el cosmos, y eso fue maravilloso”. Esta misma coincidencia amorosa es la que Piedad Bonnett celebra con la escritura de Lo que no tiene nombre. Celebra también la vida de su hijo que, aunque breve, fue profundamente significativa para quienes lo conocieron de cerca. Esta narrativa, aunque breve, es el producto de una insondable reflexión sobre las formas del amor, los enigmas de la enfermedad y lo inexplicable que resulta la vida, aunque estemos tan habituados a ella. Sepa el lector que no puedo hacer más que invitarle a la lectura y, seguramente, también al llanto. 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_727



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