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jueves, 18 abril, 2024
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Raymundo Mier: humor y amor a la lucidez vital

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Por: SIGIFREDO ESQUIVEL MARÍN •

La Gualdra 608 / Raymundo Mier / Filosofía

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Para Marco Jiménez, Raúl Anzaldúa y Maria Luisa Murga:

compañeros en la orfandad del Maestro.

 

 

1

Conocí a Raymundo Mier en la década de los noventa del siglo pasado, luego coincidimos en diversos eventos académicos y nos hicimos buenos amigos. Desde la primera vez que lo escuché lo asumí como maestro y guía de pensamiento, título que no aceptó nunca y que simplemente asumía como “profesor”, como alguien que profesa un saber y una búsqueda de enseñanza; asimismo consideraba que muchos de los pensadores actuales no son sino profesores que hacen trabajo de divulgación, y que por cierto, algunos resultan realmente malos y pesados. El deseo infinito de un aprendizaje finito fue guía de su trabajo intelectual infatigable. Su magisterio fecundo como su vida se resume en la progenie de aprendices que fue sembrando por diversas partes del país. Fue un maestro y pensador socrático que, si bien publicó mucho, no fue en realidad nada o muy poco en relación a todo su saber enciclopédico y humanista en el viejo término de la expresión. En cada conferencia, charla, seminario o curso se entregaba por completo, entraba en una suerte de estado de trance mental y se dejaba invadir por un entusiasmo vital hiperlúcido que iba in crescendo conforme avanzaba en su discurrir improvisado y rigurosamente estructurado. Su honestidad intelectual sigue siendo un ejemplo en un mundo intelectual donde la gente presume saberes ajenos y/o de pacotilla. Su amplia formación filosófica dialogaba de forma tensa e intensa con su enorme competencia lingüística y antropológica. Sometía temas, autores y conceptos a un trabajo disciplinado, erudito y creativo de autocrítica y libre juego innovador: sin concesión alguna todo era sometido al más disciplinado y tortuoso examen de resignificación vital. Nunca conocí a Gilles Deleuze pero imagino a Raymundo Mier un Deleuze mexicano que articulaba esa mezcla extraña y absolutamente singular de rigor, genio e invención –pero claro está, con el amor a la mexicana parafraseando a Talía.

Por cierto Raymundo y yo hablamos mucho sobre Deleuze y sus diferencias radicales con un pensador que reconocía por su sutileza y audacia interpretativa, empero, frente al cual no dejaba de establecer contra-argumentos y oposiciones notables; en general era muy crítico del pensamiento francés moderno-contemporáneo. El criterio para evaluar cualquier argumento, pensamiento e idea era la vida sin más, una vida que se articula en las coordenadas de un presente vital problemático que nos circunda bajo un aquí y ahora volátil, ambiguo e incierto. De ahí que muchas de las grandes ideas de grandes pensadores no le hayan parecido sino grandes ocurrencias: “el poder no existe sino como relación de fuerzas”: carajo, es que no has sentido la fuerza brutal de los poderosos en este país. “La ideología no existe”: ¿qué es el espacio discursivo que nos habita y coloniza? “El fin de la modernidad y la muerte del sujeto.” Acaso no son sino palabras grandilocuentes vacías; etcétera, etcétera, etcétera… Replicaba el maestro a los tópicos del pensamiento contemporáneo: grandes patrañas. Fue siempre a contra-corriente de las ideas hegemónicas, empezando por las ideas de fama y éxito que siempre rechazó con discreción y sin aspavientos. Espontaneidad, rigor, humor y amor al saber fueron algunas de sus claves intelectuales que sirvieron de brújula para hacer del pensamiento, la escritura y docencia actos de creación jovial compartida. Nunca tomó una idea a la ligera aunque la ligereza de espíritu hacía que todo pareciera natural y orgánico. Su humor a flor de piel fue el sello distintivo de una pasión infatigable por el saber.

Todas las veces que lo invité a dar alguna conferencia, seminario o participar en alguna publicación aceptó de la forma más generosa y desinteresada; recuerdo su sorpresa alguna vez –de las muchas– que lo invité, a principios de siglo, a un coloquio en la Universidad Autónoma de Zacatecas y tuvo que compartir habitación con otra persona, aguantó de forma estoica y lo único que dijo es que roncaba mucho y que no iba a dejar dormir. Con su muerte sorpresiva quedaron muchos proyectos truncos, tal vez así sea la vida misma: una rapsodia intermitente y fugaz. Empero nos quedan sus palabras, su memorable recuerdo, su enseñanza ejemplar, algunas obras que apenas son un pálido reflejo de todo su potencial prematuramente cortado de tajo. Quizá él diría desde ultratumba que no es sino “la violencia de la vida en toda su extrañeza inexpugnable” y luego sonreiría con aires de un viejo Buda burlón feliz, para perderse en la bruma del ocaso como un fantasma juguetón. El juego serio y la ironía fina eran su especialidad.

Sigifredo Esquivel y Raymundo Mier

 

2

En el notable ensayo titulado “Diálogo pedagógico, reconocimiento y creación de sentido” (Alteridad. Entre Creación y formación, México, UNAM, 2012) Raymundo Mier plantea algunas de las cuestiones que una y otra vez le interesaron y rondaron su pensamiento. El diálogo y la conversación en un mundo de monólogos sin sentido y cerrazón. El reconocimiento de la alteridad más absolutamente radical y otra sin que la diferencia se traduzca en desigualdad. La creación de sentido en un contexto de avance del nihilismo, la estupidez y el sinsentido. Y ante todo, la pregunta como motor del pensamiento e imaginación crítica. Preguntar(se) como guía y método existencia y pedagógico fundamental. Habitamos la pregunta como un bumerán que retorna con su flecha de sentido parturiento. Preguntar(se) es devenir sujeto humano singular-universal. Por cierto, nunca conocí a una persona que se tomara tan en serio las preguntas más nimias e insignificantes en apariencia, podía sacarle brillo e interés al comentario más simple. Al respecto sus ideas eran dardos inquisitivos: La pregunta como subjetivación existencial. Educarse es preguntarse desde la nada del origen hacia la nada del fin de sí y del mundo. El quehacer docente como dispositivo de apertura del preguntarse. En la apertura y puesta en marcha de la pregunta se despliega la existencia misma como devenir creador. Preguntar es retirarse del mundo para que el mundo devenga tal en la palabra que lo nombra e interpela. Educación, alteridad y pregunta se retroalimentan sin cesar:

 

Podríamos pensar que este lugar central de la pregunta define una correspondencia íntima entre educar y educar-se. Filosofía y educación tienen como foco el acto de preguntar. No obstante, revelan facetas disyuntivas de ese acto. No es sólo la orientación hacia el otro o hacia sí mismo lo que las separa: es también la fuerza que ejerce sobre el sujeto la impronta de la desaparición. El educar supone asumir la responsabilidad ante el otro, expresada como interrogante, la pregunta se bifurca. La propia pregunta se desdobla en la pregunta por el otro, y por la pregunta del otro. Es la trama que se hunde entre constelaciones de interrogantes, es también la experiencia de la opacidad de la pregunta misma: orientada siempre hacia el futuro, desde el velo del deseo, la pregunta se sostiene siempre en vilo, en la fuerza del vacío: el que se proyecta desde el pasado y sostiene a la vez el deseo y el que se trasluce en las fantasmagorías del futuro. La pregunta revela esa fractura constitutiva del sujeto y del mundo (20-21).

 

El preguntar(se)nos constituye como sujetos limítrofes siempre en pos de una exterioridad inasible e infranqueable. El trabajo del maestro Mier estuvo orientado a potenciar las preguntas fundamentales decisivas para que cada quien posibilitase otro pensamiento y otra experiencia de sí y del mundo. Quizá uno pueda disentir de lo que dijo o escribió en algún momento, empero siempre tendremos que estar profundamente agradecidos por su quehacer socrático de diálogo generoso y gentil problematización sin fin.

Mientras seamos capaces de leer, vivir, soñar e imaginar un multiverso abigarrado de potencias, deseos y posibilidades siempre latentes, el magisterio del maestro Raymundo Mier seguirá vigente. Su memoria habita en el recuerdo compartido de alegrías infinitas pese a ínfimas infamias padecidas. Ahí está toda la fuerza vital de su enseñanza: en el humor y amor a la vida soberana sin más.

 

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