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jueves, 26 mayo, 2022
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La dignificación de la pobreza (3)

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Por: Jorge Humberto De Haro Duarte •

Siguen las discusiones sobre las limitaciones presupuestales en todos los ámbitos de ejercicio de los mismos en nuestro estado. Parece una especie de perorata interminable que conduce a una polémica de igual magnitud. A partir de esta situación, para variar, se magnifican las dificultades para proponer cualquier intento serio para encontrar soluciones concretas a problemas que aquejan a la sociedad y a los escenarios donde ésta se desenvuelve, y se transforma nuevamente en un laberinto de callejones sin salida en los que siempre habrá impedimentos para solucionar lo obvio, pretextos para magnificar lo medianamente complicado y hacerlo parecer imposible y que lo difícil se transforme en un hoyo negro en donde no nada más no puedan encontrarse soluciones, sino que todo lo que ahí se invierta –materiales, esfuerzo, presupuesto- sea declarado desde antes de aplicarse, un fondo perdido en lo que a ojos vistos pudiera, según algunas personas sensatas y medianamente inteligentes e instruidas, ser rescatable y mejor aún, rescatado.

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La educación es, para quien esto escribe el tema medular donde descansa no solamente el desarrollo de la sociedad, sino que aporta los elementos para que ésta sobreviva y trascienda a través de proyectos que afiancen dos fenómenos que no han sido considerados a últimas fechas, no se sabe si por omisión o por propósito: la Paz y la Permanencia. La primera, es evidente que ha desaparecido en todos los ámbitos donde debiera prevalecer y sentar sus reales y la segunda no puede siquiera ser intentada, puesto que, al menos en nuestro estado la población ha perdido sus sentido de pertenencia al abandonar masivamente sus lugares de origen para buscar sus sueños en tierras lejanas. Ante tal panorama no se puede aspirar a lograr mucho en beneficio de la colectividad.

Hablando de la Paz, se puede afirmar que el fenómeno derivado de su pérdida, si bien es cierto que se manifiesta en las calles, el campo, en la política y en algunos escenarios que más bien parecen campos de guerra; es en el hogar y en las escuelas donde parece encontrar su campo de cultivo. Para empezar, los hogares son formados por regla general por parejas que no saben a ciencia cierta el compromiso que están adquiriendo. Llevados por la pasión, continúan con la vieja tradición del matrimonio y la formación de núcleos que por regla general, tardan más en formarse que en desbaratarse y cuando sobreviven lo hacen más bien por la pereza de no buscar opciones para enderezar el rumbo de un proyecto a la deriva. Lo peor del caso, es que nadie invierte en educar a los padres (y a los hijos) para mantener un familia funcional hasta el logro de vástagos útiles y bien formados para el bien de la sociedad y parejas que perduren en ambientes de armonía, enseñanza, aprendizaje y propuestas asertivas de tipo vitalicio. En las escuelas, a pesar de que cada vez hay más profesionales con lauros y créditos universitarios que permiten certificar sus conocimientos, parece ser que se ha descuidado lo más elemental: lograr el aprendizaje de los educandos a partir de hábitos de estudio efectivos y actividades creativas y edificantes que permitan asegurar que hay un rumbo definido en el proyecto educativo ya sea local, regional y nacional, si acaso existiera.

Ante la carencia de rumbos definidos para la enseñanza y el aprendizaje, además del olvido definitivo de la creación y perseverancia de los valores universales, puede afirmarse con tristeza que no nada más nuestra sociedad se aleja del manejo de excelencia del conocimiento, que el aprendizaje vitalicio es letra muerta y que la búsqueda de valores es una causa perdida… a menos que se tomen medidas que tiendan a contrarrestar estas tendencias con proyectos bien fundamentados de enseñanza a padres sobre cómo conducirse en el hogar y a los maestros cómo lograr lo mismo en el salón de clases con técnicas pedagógicas y principios éticos y culturales encaminados a tal propósito desde una misma visión metodológica y una misma misión educadora. Incluso, debiera haber escuelas para aspirantes a parejas matrimoniales y formación de padres. También, desde los niveles de enseñanza media hasta los postdoctorados se carece de buenos maestros, simplemente porque nadie los ha habilitado para las tareas de enseñanza, la gran mayoría son egresados universitarios improvisados para tal efecto.

En cuanto a la Permanencia, aunque perdida, hay mucho que hacer. Antes, la gente abandonaba el terruño buscando oportunidades de desarrollo ya fuera intelectual o económico. El sueño americano, sobre todo, fue el canto de las sirenas que cautivó a la mitad de la población del estado. Las remesas parecen justificar esa seducción de la que se ha sido presa; muchos coterráneos han labrado su éxito en otras tierras, sobre todo en Estados Unidos. Pero en ese afán se ha perdido la sensación de pertenencia, muchos regresan, es cierto, pero luego parece que encuentran como un lugar desconocido el sitio que los vio nacer, o peor aún, son tratados como extraños en su propia tierra, dado que no hay una visión que guíe a los migrantes en sus caminos de ida y de regreso, lo que implica que tarde o temprano estarán perdidos en algún punto a lo largo del camino.

Y como todo lo anterior genera ríos revueltos, hay muchos pescadores que hacen su agosto. Desde dentro y fuera del estado y del país.

Ahora más que nunca es hora de que los visionarios salgan de sus agujeros, que los poseedores del conocimiento creativo basado en valores y un auténtico amor al terruño, tomen el timón que conduzca estas naves aparentemente perdidas, hacia buen puerto. El verdadero talento no se ha fugado, aquí sigue, aportando a la supervivencia de un país aparentemente a la deriva. Los vientos siempre serán favorables cuando se sepa hacia dónde deben impulsar a los buenos navegantes.

¿Y qué creen? Nada de lo antes expuesto resulta oneroso. Sólo se necesita una buena visión de futuro, voluntad y sensibilidad política. ■

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