Cada septiembre, México entra en temporada de informes. En Zacatecas, el ritual comenzará el 8 de septiembre y después tocará el turno a los 58 ayuntamientos y a algunos diputados. Cambian los escenarios y los protagonistas, pero permanece una pregunta: ¿para quién se rinde cuentas y ante quién debe hacerlo el Ejecutivo
El formato actual nació, en buena medida, de la crispación posterior a las elecciones presidenciales de 2006. Tras aquella contienda marcada por el fraude y la fractura política, se modificó el marco legal para que el Presidente dejara de acudir personalmente al Congreso a entregar su informe. Desde entonces, el Ejecutivo construye sus propios escenarios para dirigir un mensaje político, generalmente ante invitados seleccionados y lejos del intercambio directo con la oposición.
No siempre fue así, durante el régimen priísta, el informe presidencial llegó a convertirse en el “día del Presidente”. El mandatario acudía al Congreso, pronunciaba un largo discurso y recibía los aplausos de una mayoría legislativa de su partido. La oposición tenía poco margen de acción, pero el formato conservaba un elemento republicano: el titular del Ejecutivo estaba frente al Poder Legislativo, en la casa de las y los representantes del pueblo soberano.
Con el tiempo, el informe pasó de Congreso controlado al escenario diseñado por el propio gobierno. Dejó de ser en el Congreso para convertirse en comunicación política y jamás pasar por la deliberación real.
La Cuarta Transformación modificó esa dinámica. Andrés Manuel López Obrador convirtió las conferencias matutinas en un mecanismo cotidiano de rendición de cuentas, comunicación, información y confrontación política. Claudia Sheinbaum les dio continuidad con un estilo propio. Así, el informe anual perdió centralidad: el gobierno comunica casi todos los días.
Sin embargo, informar no equivale a rendir cuentas. La democracia necesita preguntas, contradicción y diálogo institucional.
Por eso sería conveniente recuperar una dimensión parlamentaria del informe, sin regresar a las ceremonias faraónicas del pasado o del llamado “día del presidente o del gobernador”. El gobernante debe comparecer ante quienes representan la pluralidad política. Esto exige una oposición con argumentos y capacidad técnica, pero también un gobierno dispuesto a entender que la crítica puede fortalecer las instituciones.
En Zacatecas, los informes deberían dejar de ser actos de promoción política y convertirse en espacios para discutir resultados, pendientes y alternativas. Porque un informe no debe ser únicamente el momento en que el poder habla de sí mismo, sino aquel en que la sociedad, a través de sus representantes, puede preguntarle cómo gobierna y qué hará para corregir lo que aún no funciona.



