Comentábamos en este espacio, hace unos días, sobre la necesidad de elaborar planes de desarrollo de largo plazo del sector energético. Esto con el objeto de lograr el mayor provecho para nuestro país; sin embargo, no es sólo el largo plazo lo importante en la elaboración de los planes de desarrollo energético. Siendo la energía el centro del funcionamiento de una economía, es también un brazo poderoso para dar un enfoque a ese desarrollo. Vamos a extendernos un poco en el caso de India.
Desde la época de la crisis del petróleo, India comenzó un ambicioso programa nuclear de muy largo plazo. Este programa consideró todos los ángulos del desarrollo, no sólo el suministro de energía. Entre otras, tomó los siguientes caminos.
1. Envió estudiantes de ciencias e ingeniería a los principales centros de educación técnica del mundo. Era difícil llegar a una universidad de prestigio sin encontrar ahí estudiantes de India.
2. Comenzó programas importantes de desarrollo metalúrgico, lo que, además de darle capacidad de fabricar componentes nucleares, le permitió expandir enormemente su industria nacional y su capacidad exportadora.
3. Impulsó la geología y minería con recursos propios, lo que le dio independencia, no sólo en el área nuclear, sino en muchas de las materias primas que necesitaba.
A raíz de estas medidas, India es ahora la envidia internacional por sus tasas de crecimiento y su acelerado desarrollo. En aquellos años, Argentina y México buscaron un desarrollo similar al de India. En Argentina lograron un buen avance antes de que las circunstancias políticas los frenaran.
En México, los trabajadores nucleares plantearon también un modelo similar al de India: se hicieron planes donde participó la CFE y los trabajadores nucleares, pero, al igual que en Argentina, las circunstancias políticas frenaron ese esfuerzo y todo se quedó en planteamientos.
Urge retomar esos planteamientos y, a partir de un programa de desarrollo eléctrico de largo plazo, encajar un programa nuclear que sea base de una industria nacional que podría detonar el desarrollo acelerado de nuestro país.
En México, lo único que se está planteando es el desarrollo de “energías limpias”. Y con ello se incluyen la solar y la eólica. Y esto es casi nada. Si se continúa por ese camino, el desarrollo industrial se basará sobre todo en los hidrocarburos, cada vez más costosos, cada vez más dependientes de la importación y con el problema creciente de la contaminación, el calentamiento global y la dependencia de fuentes externas.
La energía solar es sumamente limitada. Es abundante en ciertas regiones del país, pero por ser tan dispersa, es necesario levantar áreas enormes de fotoceldas para tener el equivalente a una planta nucleoeléctrica pequeña. Por otra parte, mientras la fotovoltaica sólo genera energía durante las horas de sol intenso, la nuclear lo hace las 24 horas. La energía eólica es aún menos predecible. Nadie puede tener un programa de cómo soplará el aire en los siguientes días.
Todo eso no quiere decir que no deban utilizarse esas fuentes de energía. Donde haya condiciones favorables, hay que aprovecharlas, pero no se puede hacer un programa de desarrollo nacional basado en ellas.
En estos días, nuestro país está enfrentando un reto enorme. No producimos el diésel suficiente para mantener los transportes de carga, y se está ante la posibilidad de que se dificulte su obtención del extranjero.
¿Qué significa? Esto es nada menos ni nada más que nuestra soberanía en riesgo. Esto mismo podría ocurrir con el gas natural. Dependemos de Estados Unidos para obtenerlo.
El mensaje no puede ser más claro: urge alcanzar nuestra independencia energética si queremos seguir siendo un país soberano.



