Ser vecino de Estados Unidos tiene para México una paradoja que suele quedar fuera del discurso sobre seguridad: mientras desde Washington se exige contener la violencia de los cárteles, desde ese mismo país fluye buena parte del armamento que fortalece a las organizaciones criminales.
Los propios registros de la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) lo documentan. De las 32 mil 144 armas decomisadas en México durante 2025 y enviadas a rastreo, 22 mil 817 —71 por ciento— tuvieron origen estadunidense. Es el mayor volumen registrado desde 2015 y representa un incremento de 20 por ciento respecto de 2024.
Más revelador aún: 16 mil 406 fueron fabricadas en Estados Unidos y otras 6 mil 411, aunque de manufactura extranjera, ingresaron legalmente al mercado estadunidense antes de llegar a México. Es decir, incluso cuando el arma no fue producida al norte de la frontera, el mercado estadunidense aparece como parte de su recorrido hacia México.
La tendencia tampoco es nueva ni marginal. La proporción de armas de origen estadunidense pasó de 65 por ciento en 2022 a 67.5 en 2023, 70 en 2024 y 71 por ciento en 2025. El volumen de armas rastreadas creció además 78 por ciento respecto de 2015.
Y hay un dato que obliga a mirar todavía más allá: en 9 mil 327 armas, 29 por ciento del total rastreado, la ATF no pudo determinar el país de procedencia. La propia agencia reconoce que en esos casos no puede descartarse que algunas hayan pasado por Estados Unidos antes de llegar a territorio mexicano.
Por eso resulta insuficiente presentar la violencia mexicana como un fenómeno que comienza y termina al sur del río Bravo. Las organizaciones criminales necesitan armas para disputar territorios, asesinar, extorsionar y sostener sus estructuras; una parte sustancial de ese arsenal tiene una ruta vinculada con Estados Unidos.
Zacatecas conoce las consecuencias de esa realidad. La pacificación de la entidad exige combatir a los grupos criminales, fortalecer las instituciones y atender las causas sociales de la violencia, pero también reducir el flujo de armas que incrementa su capacidad de fuego.
Cuando Donald Trump señala a México como epicentro de la violencia de los cárteles, la discusión debe incorporar la corresponsabilidad. México debe combatir al crimen y Estados Unidos debe asumir su responsabilidad sobre las armas que salen de su mercado. La seguridad compartida no puede construirse mirando únicamente hacia el sur. La frontera también tiene una dirección de regreso.



