La paz en el sistema internacional contemporáneo no atraviesa un simple bache coyuntural ni un desajuste pasajero; experimenta un deterioro estructural acumulado y sostenido a escala planetaria.
De acuerdo con los hallazgos de la vigésima edición del Índice de Paz Global 2026 (GPI, por sus siglas en inglés), informe elaborado por el Institute for Economics & Peace (IEP), el nivel promedio de pacificación mundial retrocedió 0.7 % durante el último periodo evaluado, sumando doce años consecutivos de deterioro ininterrumpido.
No obstante, la lectura agregada de este indicador oculta una asimetría alarmante: la brecha de paz entre las naciones más pacíficas y las más violentas se ensanchó un 11.7 % en las últimas dos décadas. Mientras que los 25 países con los estándares más elevados de convivencia pacífica registraron una variación casi imperceptible del 0.3 % desde 2008, los 25 situados en el estrato inferior sufrieron una degradación acumulada del 18.9 %. La paz global no se erosiona de manera homogénea; se polariza en función directa de las capacidades institucionales y los niveles de desarrollo socioeconómico de cada Estado.
Para desentrañar las causas de esta marcada divergencia, resulta indispensable acudir a la lógica de la argumentación causal mediante un silogismo hipotético: si un país en vías de desarrollo parte de condiciones de debilidad institucional y un estrecho margen presupuestario, cualquier perturbación externa —como incrementos drásticos en los precios de los energéticos o la expansión de economías delictivas transnacionales— satura de inmediato sus capacidades operativas de contención.
Si el aparato estatal se desborda, los componentes materiales del conflicto armado (la proliferación de armamento, el desplazamiento forzado masivo de poblaciones y las fuentes irregulares de financiamiento) se arraigan en el territorio. Por lo tanto, la vulnerabilidad socioeconómica estructural funciona como un catalizador directo de la persistencia y la transnacionalización de las guerras contemporáneas. No estamos ante una correlación fortuita: la precariedad fiscal despoja a las sociedades periféricas de amortiguadores económicos eficaces, precipitando fricciones sociales hacia espirales bélicas sumamente complejas de desactivar.
La dimensión económica de la violencia pone de manifiesto esta disparidad con exactitud técnica. En 2025, el impacto económico derivado de contener, prevenir y solventar los daños de la violencia ascendió a 21.8 billones de dólares internacionales calculados en paridad de poder adquisitivo (PPA), cifra equivalente al 10.5% del producto interno bruto (PIB) del planeta o a una carga de 2,657 dólares por cada habitante. Sin embargo, la distribución de esta carga evidencia un desbalance estructural crítico. En los diez países más asolados por la violencia —economías frágiles y en desarrollo como Ucrania, Afganistán, Sudán, Somalia o la República Centroafricana— el impacto económico promedio representó un gravamen asfixiante del 23.4 % de su PIB.
En agudo contraste, dentro de las diez naciones con mayores índices de paz —sociedades desarrolladas de Europa y el Pacífico— este costo absorbió apenas el 2.2 % de su producto económico. Dicho en términos llanos: las sociedades con menor ingreso relativo deben transferir diez veces más recursos productivos para atender la destrucción material y la inseguridad, desmantelando presupuestos que debieran dirigirse a educación, servicios de salud pública e infraestructura estratégica.
Los datos aportados por el GPI 2026 comprueban que la brecha global de seguridad no se cerrará mediante treguas precarias ni con carreras armamentistas regionales. Resulta insostenible que el 73 % de los recursos globales contra la violencia se canalicen hacia gastos militares y corporaciones de seguridad interna, mientras que apenas un marginal 0.5 % —49,200 millones de dólares— se designe a la consolidación de la paz y a las misiones de paz de la ONU.
La reducción de la brecha entre el mundo desarrollado y las economías en desarrollo exige replantear la cooperación internacional hacia la edificación de paz positiva y el fortalecimiento de la gobernanza territorial. Mientras los organismos internacionales y los gobiernos prioricen la reacción armada por encima de la resiliencia social y la atención a los mercados ilícitos, la desigualdad global de la paz continuará fracturando nuestro tiempo.
X: @armandogn_zac



