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sábado, 28 mayo, 2022
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Por: MARIANA FLORES •

La Gualdra 517 / Río de palabras /  #8M

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Una voz robótica salía del viejo cachivache que uso para hacerme compañía mientras trato de lograr una mezcla para pintar la pared llena de hollín. Debo lograr un color rosa o ¿morado? La duda. “En el cuadrante L-7567 e igualmente en el K-4567 se han reportado incidencias y variaciones gravitacionales, aquí el testimonio de una persona que fue, así lo asegura, teletransportada…”. La señal se pierde. Intermitencias. 

Me frustra no poder alcanzar el color. Necesito ver la flor otra vez, pero para eso tendría que salir, buscarla y volver a bajar por el alcantarillado, y esquivar vigías y minotauros. Inhalo y exhalo, tratando de recordar su textura y su color. Cierro los ojos. 

Mi abuela me llevaba todas las tardes al parque, cuando terminaba mis tareas. Tendría como nueve años. Una de las cosas que más intrigaban y gustaban de ir era la resbaladilla. Subir, y al llegar a lo más alto, podía ver todo alrededor y conforme me iba deslizando, en espiral, la perspectiva cambiaba. Tenía un juego mental que era adivinar qué vería bajar, qué cosas nuevas encontraría.

Al deslizarme, la vi. Una mujer que parecía ninja, envuelta en una túnica negra y con el rostro cubierto. Miraba al cielo, a través de los árboles de jacarandas, más allá del cielo. La veía a ella y a otras mujeres parecidas. Y cuando me ponía de pie para volver a subir las escaleras, las perdía. Solo podía verlas mientras me deslizaba. Espiral.

Una tarde, la que miraba al cielo, me miró. Angustiada y llorando, sacó una bolsita de tela, ahí había una flor lila. Jacaranda. Me la dio, “guárdala, grábala en tu mente, mírala detenidamente”. No lo había entendido, hasta hace poco.

 Hoy vivimos bajo tierra pintando rastros del mundo que existió para tener un punto de partida. Lo que alguna vez fue, plasmado en paredes llenas de fango y hollín. Perdí esa flor. Años más tarde, cada primavera las recogía del piso. Las coleccionaba ¿por qué no puedo recordar su color?

Voy por la flor, no puedo más. El exterior. La falta de costumbre siempre duele, sobre todo en los ojos. Miro al cielo y me cubro el rostro. Corro. Llego a mi covacha, saco la flor, conservada en un complejo sistema. La pongo en un pedazo de tela y la guardo cerca de mi pecho. Debo pintarla. Atestiguar lo que era tener flores en primavera ¡es lila suave!

Una sirena ensordecedora. Vigías minotauro. Me rodean. Mitad humanos mitad engranes y aceite. Estoy a unos metros de la alcantarilla. No me pueden seguir, sería el fin. Sé cómo terminará, me convertirán en minotauro. Mi única angustia es la flor, posiblemente de las últimas que queden en el mundo. Me escabullo por la maleza, siento una mirada. Una niña me mira asombrada, está ¿flotando? Flota. Demasiada confusión. Un pinchazo en la espina dorsal me hace saber que es el final. Corro hacia la pequeña. Silencio. Saco la flor de mi pecho. Me han colocado un grillete en el tobillo, en segundos me llevarán. Me acerco a ella, “guárdala, grábala en tu mente, mírala detenidamente…”. Todo es negro. El cielo desapareció. 

*@LaMayaFlores es profesora, escritora y guionista educativa.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-517

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