La Feria Nacional del Libro de Zacatecas terminó el sábado y dejó, por fortuna, algunos libros más en casa. Durante varios días recorrí sus tres pasillos, unas veces con mi pareja, otras con amistades, casi siempre deteniéndome de más frente a alguna mesa y haciendo cuentas que pocas veces favorecen el ahorro. Hubo risas, compras, encuentros inesperados y ese cansancio agradable de haber caminado entre libros durante horas. La antigua Educal se presentó ante Zacatecas bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, llegaron editoriales grandes y pequeñas, también proyectos locales, y en términos generales encontré buenos precios. La participación me pareció mesurada durante buena parte de la semana, aunque el último día la Plaza de Armas ofreció otra imagen. Estaba llena. Había familias, jóvenes, estudiantes y lectores recorriendo los puestos con esa prisa de quien descubre que la feria se acaba y todavía falta revisar una mesa.
La FENALIZ de este año rindió homenaje a Alberto Huerta, narrador, dramaturgo y promotor cultural zacatecano cuya presencia atravesó distintas actividades de la programación. Me quedé, sin embargo, con la sensación de que varias presentaciones editoriales pudieron tener mayor fuerza. Una feria nacional puede permitirse conversaciones más sólidas, encuentros capaces de dejar discusiones abiertas cuando las carpas desaparezcan de Plaza de Armas. Lo digo desde el cariño que le tengo a estos espacios. Le deseo larga vida a la FENALIZ y precisamente por eso quiero verla crecer, adquirir personalidad propia y dejar de depender únicamente del entusiasmo de quienes acudimos porque ya tenemos el hábito de buscar libros.
Entre aquellos tres pasillos hubo un espacio que parecía encontrarse ligeramente fuera de sitio. El Instituto Nacional Electoral instaló un módulo con sus publicaciones y coediciones. A primera vista, un organismo electoral puede parecer un vecino extraño entre narradores, poetas, libreros y editoriales. Mis propias afinidades con los asuntos democráticos y con la institución hicieron que me acercara. Entonces los compañeros que atendían el lugar dieron una noticia extraordinaria para cualquier persona que compra más libros de los que debería. Los ejemplares eran gratuitos.
La gratuidad era literal. Podían revisarse las colecciones, preguntar por algún tema y llevarse los libros. El catálogo del INE abarca democracia, ciudadanía, elecciones, género, inclusión, feminismo, acciones afirmativas y también publicaciones destinadas a niñeces y juventudes. Me interesa destacarlo porque aquello funcionó. Cada vez que pasaba encontraba movimiento. Niñas, niños y estudiantes se acercaban a los libros, hojeaban, preguntaban y salían con alguno bajo el brazo. Los compañeros responsables de la distribución estuvieron a la altura del espacio, atentos y generosos con quienes se acercaban. A veces la política de fomento a la lectura comienza con una idea tan sencilla como permitir que el libro encuentre dueño.
Yo salí particularmente beneficiado. De aquella bondadosa entrega del INE llegó a mi biblioteca Democracias e inclusión de las personas LGBTTTIQ+, de Amaranta Gómez Regalado. Desde ahí mi ojo hizo lo que suele hacer cuando entro a una librería o una feria y comenzó a rastrear los libros relacionados con diversidad sexual. Es un hábito que he adquirido con los años. Entre cientos de lomos uno aprende a reconocer ciertas palabras, autores, colecciones, incluso algunas portadas que parecen levantar la mano.
Encontré Hasta que comienza a brillar, la antología de cuento lésbico mexicano con selección, prólogo y notas de Artemisa Téllez. También me llevé Homosexuales en la historia, de A. L. Rowse, al que conocía desde tiempo atrás porque había dado con él en la Biblioteca Central de la UAZ. Hay libros que uno conoce primero en bibliotecas y que durante años conserva en la memoria como propiedad ajena hasta que, por alguna casualidad, terminan finalmente en el librero de casa.
Había más. Penguin Random House llevó Resistencias queer, de Andrea Natzahuatza y Luis Ruiz. En el Fondo de Cultura Económica encontré La travestiada, La mítika mákina de karaoke y Aprovéchate de mí. El área editorial del Instituto Zacatecano de Cultura también tenía parte de una historia que merece recordarse. Ahí vi ejemplares del I y III Premio Nacional de Narrativa y Poesía LGBTTTI, vinculados con el Festival Cultural de la Diversidad Sexual, además de Pro Severino, de Alberto Paredes. La producción cultural sobre diversidad sexual estaba presente y sería injusto escribir lo contrario.
También hubo un libro que se me escapó. Akal tenía Un mundo perseguido. Del silencio a la eclosión de la diversidad sexual y de género en el arte del siglo XX, de Juan Vicente Aliaga. Lo vi, lo hojeé, seguí caminando y después no logré llevármelo. Las ferias también se recuerdan por esas pequeñas tragedias bibliográficas. Uno vuelve a casa satisfecho por lo comprado y con una fidelidad inexplicable hacia aquello que dejó pasar.
Después de varios recorridos entendí que mi inquietud estaba justamente ahí. Los libros sobre diversidad sexual existían. Estaban en las mesas del IZC, en Penguin Random House, en el Fondo, en Akal, en el INE. Había literatura, historia, ensayo y memoria. El lector que llegara con los nombres aprendidos podía encontrarlos. Yo sabía buscar y encontré.
Pensé entonces en quien todavía no sabe buscar.
Ahí la feria puede hacer algo más. Una mesa temática, una conversación, una presentación, una pequeña ruta de lectura, cualquier gesto curatorial capaz de reunir durante un momento lo que normalmente permanece separado entre decenas de editoriales. La cultura tiene una poderosa capacidad para poner cosas en relación. Un libro aislado guarda una historia; varios libros reunidos bajo una pregunta comienzan a mostrar una tradición, una discusión, una memoria. Para muchas personas jóvenes, encontrarse por primera vez con una historia que también les pertenece puede depender de algo tan accidental como que un volumen quede colocado a la altura de sus ojos.
Mientras caminaba entre aquellos libros recordé dos películas.
Este año esperé en Zacatecas El fin de las primeras veces, de Rafael Ruiz Espejo, y Los demonios del amanecer, de Julián Hernández. Ambas aparecieron anunciadas dentro de sus respectivos circuitos de distribución. Seguí las publicaciones, esperé encontrarlas en la programación local y revisé la cartelera de la Cineteca Zacatecas.
Nunca pude verlas ahí.
He guardado esa molestia durante meses porque tampoco sé a quién atribuir el silencio. Desconozco si las películas se perdieron entre decisiones de programación, acuerdos de distribución, calendarios, costos o alguna de esas razones que ocurren detrás de una pantalla y que el espectador nunca conoce. Tampoco quisiera bautizar como censura aquello cuya explicación todavía desconozco. Queda una pregunta que la Cineteca Zacatecas podría responder. ¿Qué ocurrió con esas películas anunciadas dentro de la distribución que nunca llegaron a su pantalla?
Me interesa la pregunta porque el asunto rebasa mis ganas de sentarme dos horas frente a una película. Una cineteca pública participa en la formación de sus públicos. Una feria del libro también. Un museo, una biblioteca y una sala de lectura hacen lo mismo. Cada elección amplía durante un instante aquello que una comunidad puede conocer. También existen omisiones, casualidades, presupuestos insuficientes y decisiones aparentemente pequeñas que van delimitando nuestra experiencia cultural. Con los años, aquello que llega y aquello que permanece fuera terminan educando la mirada.
Gabriel Zaid escribió que «leer por gusto es algo que se contagia, como todos los gustos». La frase conserva una sencillez que a veces olvidan las políticas de lectura. Para contagiar algo hace falta cercanía. Alguien que recomienda, una mesa que provoca curiosidad, un maestro que lee, una niña que se lleva un libro porque estaba gratuitamente frente a ella, un mediador que conoce su acervo y sabe ofrecerlo sin convertir la lectura en penitencia.
Pensé en Zaid al recordar el último día de la FENALIZ. La plaza estaba repleta y se veía un músculo interesado por la lectura. Ese músculo merece ejercitarse durante todo el año. Zacatecas tiene salas de lectura y personas que las han sostenido con una entrega admirable. Hace falta dedicarles mayor atención, libros, acompañamiento y profesionalización. La vocación ha servido para construir proyectos maravillosos, aunque también se ha convertido en una palabra demasiado cómoda cuando las instituciones esperan que alguien entregue tiempo, trabajo y conocimiento con recursos mínimos. Aplaudir al mediador es sencillo. Darle condiciones para continuar requiere otra clase de compromiso.
A la FENALIZ le deseo más difusión, mayores recursos, editoriales que quieran regresar, mejores presentaciones y públicos que encuentren razones distintas para acudir cada día. Le deseo también una relación más estrecha con las salas de lectura y con quienes durante el resto del año hacen el trabajo paciente, poco espectacular y fundamental de acercar libros a otras personas. Hay una base sobre la cual crecer. El último sábado estuvo a la vista.
Y mientras escribo vuelve una pregunta que parece perseguir buena parte de nuestra vida cultural. Plaza de Armas fue otra vez el gran punto de reunión. Las instituciones están aquí, las presentaciones ocurren aquí y los grandes encuentros terminan aquí. Después aparecen los municipios y vuelve ese verbo tan cómodo de llevar. Llevar cultura, llevar libros, llevar actividades.
Me gustaría ver una FENALIZ que aprendiera a caminar. Que algunos de sus libros aparecieran también en Villa Hidalgo, Huanusco o Atolinga; que una presentación encontrara lectores en Momax; que una editorial hiciera escala en Mezquital del Oro; que Melchor Ocampo o Susticacán dejaran de existir en nuestras políticas culturales únicamente cuando toca colorear un mapa de cobertura estatal. Hay lectores en lugares que rara vez aparecen cuando imaginamos los grandes acontecimientos culturales de Zacatecas. También ellos deberían tener la oportunidad de encontrarse casualmente con el libro que no sabían que estaban buscando.
Por ahora me queda una mesa llena de adquisiciones, el libro que se me escapó, dos películas que sigo esperando y la imagen del último día, cuando la plaza pareció quedarse pequeña para tanta gente.
Le deseo larga vida a la FENALIZ. También le deseo camino.



