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sábado, 13 agosto, 2022
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En México hay diversas categorías de desapariciones

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Por: La Jornada •

Madrid. Gabriel Gatti es, de alguna manera, el “sociólogo de los desaparecidos”. El investigador curioso y atrevido que poco a poco ha ido profundizando en un concepto, el de los desaparecidos, que sufrió en carne propia la represión de la dictadura uruguaya, que le arrebató a su padre, a su hermana y a un primo, y a él mismo lo convirtió en exiliado. Su más reciente libro, Desaparecidos. Cartografías del abandono (Turner), profundiza precisamente en un hallazgo, que el mundo está poblado masivamente de muchas formas de “desaparecidos”, de personas que ni siquiera existen para el sistema, que al no existir ni siquiera se contabiliza su desaparición como tal.

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En entrevista con La Jornada, Gatti, que nació en Montevideo en 1967 y se doctoró en sociología en la Universidad del País Vasco, donde imparte clases, explicó que en su investigación sociológica hay mucho más que una historia familiar, la suya. De hecho, para escribirlo no sólo él mismo viajó y documentó el horror en varios países, sobre todo de América Latina, sino que también construyó un equipo con el qué alimentar de datos y de testimonios esa cartografía del horror. El libro está escrito a modo de ensayo, pero con numerosos pasajes en forma de crónica, a manera de relato de lo que él mismo se iba encontrando, ya sea en las fronteras más míseras, las casas de acogida de migrantes o los trabajos de exhumación de los restos mortales de las fosas comunes encontradas en Brasil.

“Más allá de mi historia familiar, el tema lo encadeno por ahí de 2008, cuando me interesó trabajar la figura donde se originó y tenía más sentido, que era el Cono Sur de América Latina. Intentando ver, no tanto las causas históricas, militares y políticas del asunto, que era un tema ya muy analizado, sino ver el modo de vida que se había construido a raíz de los desaparecidos. Ese fue mi primer interés, pero a partir de ahí ese término, el de los desaparecidos, empezó a crecer y crecer. El concepto, la noción y la categoría empezó a viajar y se utilizó para muchas cosas en muchas partes del mundo; aquí mismo, en España, que nunca se había utilizado ese término, se empezó a usar para referirse a los muertos en la guerra civil que permanecen enterrados en fosas comunes. En México, se empezó a utilizar por el año 2006, en la guerra contra el narco, y no es que no hubiese lo que ahora llamamos desaparecidos, sino que no se les llamaba así”, explicó.

Gatti explicó que hay una categoría originaria del desaparecido, que es la que le da un estatus jurídico internacional y que ha servido para llevar los casos a los tribunales en busca de justicia. “Lo que nosotros llamamos el desaparecido originario, ese que surgió en los años 70 y que luego el derecho dijo que esa desaparición era fruto de una práctica represiva del Estado contra el enemigo político, al cual no sólo lo mataban, sino que además le retiraban las protecciones de las que dispone cualquier ciudadano en un estado de derecho. Antes ya había existido, pero en esa época, en el Cono Sur, se hace de una forma sistemática. Y esa práctica continuó. Pero lo interesante es ver cómo ese término, que se acuñó de esa manera, luego empieza a ser muchas más cosas. En el caso de la figura del desaparecido, que ya se había constituido como un arma del derecho internacional y tremendamente poderosa para la justicia social, creció mucho y en varias direcciones, y ahora circula por el mundo para nombrar cosas que en realidad la categoría jurídica no nombra. El término desaparecido está sirviendo para nombrar cosas que nunca tuvieron nombre”.

El sociólogo uruguayo, autor de otros libros sobre el tema, añadió que “es difícil comparar el horror, pero la crueldad ejercida en el Cono Sur, en Guatemala o en Colombia a finales del siglo XX se asemeja mucho a lo que hicieron los ejércitos coloniales en Argelia. También tiene mucho de parecido con la propia práctica del Holocausto, la política de noche y niebla, que pasaba por exterminar sin que nadie lo viese y sin posibilidad de reparar eso porque no había restos que probaran que eso había ocurrido. Y esas manifestaciones del horror y la crueldad no hay que pensarlo tanto como una expresión de la barbarie, la locura o la monstruosidad, sino como una exacerbación del proyecto moderno, es decir, a lo que somos, a esta construcción de las ciudadanías homogéneas o de la propia felicidad artificial de las sociedades ordenadas. Que finalmente son un puro delirio; ordenar las cosas para que seamos felices, y eso, si lo exageramos, nos encontramos con el exterminio del enemigo. Es similar al proceso de organización nacional de la dictadura argentina, que finalmente concluye que se les fue el proyecto de las manos, que era un proyecto civilizatorio contra el desierto, contra la barbarie, contra el indígena, contra los negros, contra lo que se nos va de las manos, y entonces hay que recuperarlo. Y se recupera recolocando las cosas en su lugar y en ese delirio reorganizador se llega a la crueldad más depurada”.

En este sentido, advirtió, “hay un fenómeno brutal y masivo de desaparición como mecanismo social. No es tanto que exista un malo malísimo que intente exterminar a otro. Es un mecanismo. Un dispositivo sistémico incontrolable y en el que participamos todos porque compartimos esa sensibilidad moderna que nos hace incapaces de percibir ese hecho que nos constituye; que no integramos, que expulsamos. Esa fragmentación del mundo en universos radicalmente distintos que ni se ven es una de las características de esta cuestión.

En sus numerosos viajes por México, Gatti constató que “de los 100 mil desaparecidos que se dice hay, son de varias categorías; está la desa­parición forzada, la no voluntaria y una serie de fenómenos y conceptos que permiten utilizar la categoría y ver así la magnitud del horror, que probablemente sea mayor a esa cifra. Porque ahí podría entrar la represión política, la violencia del crimen organizado, pero también la masa de población del sur de México que nunca existió, que nunca llegó a aparecer del todo porque no tiene registro y esa población, cuando desaparece en la ruta migratoria, en realidad no desaparece porque nunca llegó a figurar.

“México sobrecoge siempre. (En) los primeros viajes me sorprendieron las huellas, la gente que va por la vida como zombis, que se camuflan, y cuando accedes a espacios como las casas de migrantes, donde las historias que te cuentan son de verdadera pérdida de dignidad humana. Y ves que ahí la vida no vale verga, como decía un cartel en una de estas casas. Que hay un montón de cuerpos que están a disposición de muchos poderes; desde la naturaleza, el Estado, el narco o cualquier cosa. Y te impacta la dimensión del dolor, que en algunos relatos se limitan a balbuceos porque no hay palabras para contarlas; como cuando una madre te dice que su hijo estaba jugando al futbol en el parque y de repente se lo llevaron y ya nunca más lo ha visto. La sensación que da México es que es un país de desaparecidos. Y asombra mucho lo de los desaparecidos vivos y el movimiento social que hay de búsqueda de esas personas, que van a las cárceles, que se enfrentan al aparato del Estado”.

Tras este viaje por la cartografía del horror, Gatti explica: “de alguna forma es constatar la desesperanza, que el mundo se va a la mierda, que desaparecen nuestras viejas protecciones; el viejo Estado se va, la ciudadanía se va. Sin embargo quedan reductos, espacios que se habitan y se protegen mutuamente. El nivel de desesperanza y de abandono es brutal e incontrolable, pero también al mismo tiempo hay lugares donde eso se contiene a través de la resistencia o de recursos más banales que permitan a la gente volver a sentirse humano de nuevo, aunque sea por un rato. Como hacen algunos migrantes que paran en una casa de acogida para dormir, comer y cagar durante un rato y volverse a sentir humano en medio de la devastación, en un mundo a la deriva”.

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