¿Qué hora es allá o cómo pensar el islam desde América en los linderos de la modernidad?

¿Qué hora es allá o cómo pensar el islam  desde América en los linderos de la modernidad?

Qué sentido tiene buscar conexiones entre el pasado y el presente, o entre diferentes latitudes, naciones, territorios, horarios, religiones o posibilidades? Son preguntas recurrentes cuando se lee la obra del francés Serge Gruzinski, quien seguramente es y seguirá siendo, el historiador de las conexiones impensadas, o de menos, poco exploradas. En el texto ¿Qué hora es allá? América y el islam en los linderos de la modernidad, el autor ofrece una lectura que intercepta a la América hispánica con el imperio otomano, que a partir del siglo XX quedó atomizado, territorialmente, como la República de Turquía. Pero si algo caracteriza a Gruzinski es la resonancia que los texto (ya sean visuales o literarios) ejercen en los colectivos, es además, un historiador de lo imaginado. Y es que, en los seres humanos existe una interpelación innata por lo desconocido, por el descubrimiento del Otro, de otros universos donde es interesante que el paralelismo se yuxtaponga. “[hay] un progresivo desmantelamiento de unos universos colocados en compartimientos estancos, sean físicos o mentales, que durante largo tiempo han permanecido arraigados en la tierra, en la nación, la raza, la religión o la familia. Este desmantelamiento ha tenido una prodigiosa aceleración desde aquellos momentos situados en los linderos de la modernidad, como lo revelan los casos de [México y Estambul, que se exploran en el libro]” (Gruzinski, 2017, p. 15).

Por tanto, surgen múltiples interpelaciones a partir del libro de Gruzinski, donde expone cómo se imaginaban dos espacios en diferentes latitudes a partir de narraciones, por llamarlas de algún modo, fortuitas que conectan dos universos aparentemente lejanos, en tanto, a pensamiento y formas. Es pensar el Bósforo y Xochimilco interceptados por descripciones que lejos de explicitar las diferencias, ensamblan dos formas de vida. Es así como el pasado, invita a pensar el presente. Y entonces, ¿Cómo imaginamos el mundo del islam?, ¿Es la causa palestina una causa de América Lantina?, ¿son los deportados del Medio Oriente segregados tanto como los mexicanos?, ¿Qué nos conecta con Islam?, ¿Cómo imaginamos al musulmán? Y probablemente terminar el año pensado en el Islam, no como una religión sino como una resistencia, podría unificar causas, enlazar otredades, porque ellos (los musulmanes) y nosotros (latinoamericanos) somos los Otros, ciudadanos del tercer mundo.

El 2017 ha sido un años lleno de conmemoraciones, que significan, una mirada al pasado, más por las consecuencias que las involucran con el presente, que por nostalgia. Las implicaciones simbólicas que envuelven los primero 100 años de Revolución Rusa, la cercanía del bicentenario de El capital, y por supuesto, los 50 años de La guerra de los 6 días (1967), todo esto fuerza a una revisión histórica crítica. Pero, ¿qué alcances tuvo el enfrentamiento entre La República Árabe Unida (Egipto, Jordania, Siria e Irak) e Israel? Pues bien, simplificando la situación, la victoria israelí concretó el control del recién fundado Estado judío sobre Medio Oriente, y la colonización de Jerusalén, territorio histórico por contener los símbolos más importantes de las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam). El alza de la bandera israelí en la Jerusalén islámica convirtió al territorio en una suerte de capital binacional, pues, la ciudad vieja, de la ya dividida Jerusalén, cayó de la protección jordana a manos judías. Con todo, a Palestina, sin pertenecer a la ONU, se le reconoce a Jerusalén como capital, mientras se acordó que Israel tendría su base diplomática y política en Tel Aviv. Todo este recuento, conduce a entender el conflicto como político y no religioso. Y es intrigante que, a los 50 años de La guerra de los 6 días, Donald Trump declare que reconoce a Jerusalén como la capital de Israel, lo que desató polémica y altercados respecto a la mediación del conflicto, donde el fuego cruzado siempre está latente.
Cuando se piensa que la modernidad, la ciencia, la tecnología y el progreso engloban la idea de desarrollo económico y social en las naciones; entonces, es fácil entender cómo, el internet, la telefonía, las carreteras, la conexión área y tantas otras formas de enlazar latitudes, forman parte del plan de desarrollo de los países. Pero esta conexión no garantiza el conocimiento del Otro, aún más, lo único que asegura es la producción de imaginarios que se tienen de ese Otro. Al día de hoy, en los linderos de la modernidad, aún hay una versión viciada y sesgada por los medios de comunicación y las políticas antiterroristas estadounidenses y europeas acerca del musulmán encajado en el sinónimo de terrorista. Es decir, se procura homologar a los países donde la población es mayoritariamente musulmana. Con todo, la suposición dista mucho de la realidad, puesto que, no hay una institución que administre las prácticas y creencias religiosas, como sí existe en el catolicismo, el Vaticano. El libro de Gruzinski, invita, en definitiva, a vincular y repensar los imaginarios en un mundo que está conectado por textualidades e imágenes, y cavilar entorno quiénes somos los otros, para explicitar la necesidad de indignación en casos como el de Palestina. Pues, esos otros imaginados no son tan diferentes a nosotros, el tercer mundo padece del despojo, de la segregación. Y tal como en el pasado, la antigua Constantinopla (hoy Estambul) tiene más similitudes de las que se alcanzan a vislumbrar con el Virreinato de la Ciudad de México. El México y la Turquía de hoy, están gobernados por partidos hegemónicos y autoritarios. Es así como, Gruzinski invita a pensar, también, una historia de lo imaginado, vinculada al presente e inevitablemente conectada al futuro. ■

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