La Peña de la Calaca

La Peña de la Calaca

Autor: Ahraxazel Hunahpú Godínez Díaz
Residencia: Ciudad de México, México

 

Estaba arrellanada la Catrina entre bostezos, en el filo, entre el éter y lo térreo, pretenciosa de corona; comandante en su aposento, abrumada y acosada por una lista tan interminable de pendientes, que hasta los dientes le chasqueaban, un copete vacilante en la cabecera con algunos cientos de fosas bajo el brazo y una mano desentendida le señalaban:

-¡Tú! tan flaca y desgraciada, que errantes dejas las almas -le reprochaban-, porque tu voluntad es tan flaca, que ni una nota del cantor en la primavera se ha filtrado entre tu osamenta, y ni en esta lluvia de esperanza una gota de añoranza zacea tu sed de sangre derramada.

-¿Por qué, Huesuda campante, en la forzadura de estas desapariciones te has vuelto aliada mía?, ¿Por qué no la abstención de tu tarea, si tu testimonio más palpable ha sido este mudo valor, el que envaino en la funda de mi sorda cobardía?, ¿Por qué si siendo mi paisana, vienes como el viento y te hondeas sobre esta tu bandera? ¡Responde mis cuestionamientos, Calavera!

Y la Flaca asintió:

-Pues te diré que mi tarea no es un lujo, tampoco es un gusto, traigo entre mis dones conocimiento y verdad como fruto de mi veracidad. Yo he arrebatado inocencia, he dejado hogares en pena, he visto el llanto de la incomprensión cuando he traído ausencia, he estado presente en la doctrina de los que se dictaminan a un cáncer, de los que con uñas y dientes se aferran a una diabetes, he estado en cuantiosos accidentes, pero siempre legando un hueco dual, que es tarea de fuerza, sabiduría y amor.

El copete, eufórico, exclamó:

-¡Pero mi dama! ¡Cuánta coincidencia! Somos tan afines y nos agobian las mismas cosas, también a mí me culpan de todo.

Antes de que continuara, la Calaca, ya encrespada, interrumpió:

-He dicho que soy partidaria de lo que comprendo como mi fin, más entre mis manos no queda la responsabilidad de tu soberbia. Tú me has dado más trabajo por cobarde y subordinado que ni yo misma, la dama del destierro. Comprendo por qué, en esta prostitución, has hecho que en mi flaco andar, cargue yo con el peso de tus muertos, si son tus armas y tus guerras.

-¿Por qué me llevo yo tu patria muerta?, ten por seguro que si no me tuvieras tan ocupada con tantos hijos huérfanos de esta patria que me has entregado, si no representaras tantos mensajes ocultos sin descifrar, si tu dictadura no tuviera un algoritmo para resolver, si no fueras tú mi más grande cliente: tú serías mi prospecto más urgente.

Un tanto confundido y agobiado por tal manifestación, aquel copete ya despeinado, apresurado, respondió:

-¡Oh! Dama mía, mi garbancera preferida, no te sientas ofendida, que si tú así lo quieres, hasta podríamos intercambiar papeles, todo con tal de tenerte contenta.

Y la Flaca, con una risa sarcástica, atendió:

-Tú no comprendes la importancia de que me haga presente; tus criterios son superfluos, casi obscenos, te colocan distante de una opinión que sugiera, te has mirado un poco hacia adentro, antes de mirarme con desdeño, porque, de hecho, tú ya llevas parte de mi esencia: el lugar donde te sientas te sentencia, esa peña tan alta sobre la que se irgue tu ego trae consigo el linaje de tus ancestros, los que te preceden, tus abuelos, nieto; partidarios de lo mismo, también han sido clientes codiciosos de su propia avaricia. Tú piensas que será eterna tu dicha, pero,
de hecho, de otras vidas yo ya te conocía, y una tras otra, lo único con lo que has cargado son desdichas.

-En cambio, yo siempre existiré, y aunque tenga que servir a los que te suceden, éste será siempre mi papel, pero tú cargarás toda la eternidad con la sangre de tus muertos, con el estruendo de tus guerras y con tu propia soberbia, así que a mí sólo me toca esperar, en el pueblo cada vez son más los que se encuentran con el día de su despertar y su patria en algún momento renacerá.

Con mechón en mano, aquel copete ya no tan vacilante titubeaba y antes de que pudiera decir palabra, la muy Calaca continuó:

-Por desgracia, para ti, yo llegaré hasta tu penitencia, ahí, el poder que hoy ejerces, entre nosotros ya no intervendrá más, te levantaré, seguramente entre ostentosos atuendos y exuberantes adornos con acabados perfectos; el alma de la fiesta entonces serás; en mi tacto solo quedará el rechazo, ya no estará más la responsiva de tus guerras, y aún con la repulsión que me genera tu presencia, te honraré y agradeceré, porque también entiendo que aunque en tu tarea dejas sufrimiento y dolor, no es tu culpa la apatía e indiferencia del espectador.

-La mejor de todas las formas en que trascenderás será en las conciencias de los que se suman día a día con sus actos más que con su inconformidad, porque de todo lo demás serás recordado con frialdad, de cualquier manera, con ansiedad espero la llegada de tu juicio final.

Hunahpú

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