’12 jours’, el documental [Una entrevista con su director, Raymond Depardon]

’12 jours’, el documental [Una entrevista con su director, Raymond Depardon]
Fotograma de 12 jours, el documental de Depardon

La Gualdra 297 / Desayuno en Tiffany’s, mon ku / Cine

A sus 74 años, el francés Raymond Depardon es una institución del cine documental y de la fotografía. Lleva estrenados veinte largometrajes y ha publicado más de cincuenta libros. Empezó profesionalmente su carrera como fotógrafo en Cannes hasta fundar la agencia Gamma en 1966 y trabajar luego para la agencia Magnum. Fuera de competición presenta su último documental 12 jours (12 días) y habla con el equipo de La Gualdra.

 

Un documental sobre una nueva medida

Desde una ley aprobada en 2013, los pacientes internados sin su consentimiento en hospitales psiquiátricos deben comparecer ante un juez antes de 12 días, y después cada 6 meses si es necesario, para que se apruebe o rebata la decisión de los médicos. Antes, la decisión de hospitalizar a una persona contra su voluntad dependía exclusivamente del psiquiatra. Raymond Depardon, quien ya había realizado varios documentales sobre la justicia y la siquiatría, decidió rodar una película sobre este nuevo dispositivo judicial: “Hice ya dos películas sobre psiquiatría, una en San Clemente y otra en Hôtel Dieu en París y también sobre la justicia, pero yo ignoraba que existía esta ley, un siquiatra y un juez vinieron a verme con la idea de rodar una película sobre ello”.

La película está rodada en Bron, en las afueras de la ciudad de Lyon: “También quería alejarme de París para hacerla, porque es una ciudad excepcional, porque está el centro y los suburbios. Hay que rodar a los burgueses o a los obreros”. El documental se abre con un travelling en los pasillos del hospital, y se cierra con la salida del hospital con varios planos de Bron sumido en la niebla. Entretanto, el espectador asiste a una serie de audiencias. Filmó 72 y se quedó sólo con diez.

 

Raymond Depardon

Las audiencias

Los encuentros entre el paciente, el abogado defensor y el juez, rodados con tres cámaras: “Tenía tres cámaras, es lo ideal, dos cámaras cruzadas para los primeros planos de las cámaras y un master shot para el plano general. No sólo quería hacer primeros planos, lo que muchos hacen hoy, pero es demasiado fácil. Lo difícil es hacer planos generales, pero no pusimos los nuestros porque en las salas de audiencia salían muy feas”.

Las cámaras escrutan los rostros de los pacientes: “De lo que sí me di cuenta es que a esas personas tenía que filmarlas en primer plano, porque son particulares: tienen la mirada fija, no parpadean, acaban de salir de las celdas de aislamiento cuando se ponen delante de la cámara, su rostro es impactante y conmovedor”.

El juez escucha al paciente, al abogado, lee el diagnóstico psiquiátrico y luego dicta sentencia para decidir si prosigue el internamiento o no. Pero esa comunicación casi nunca es fácil: “Fue increíble para mí porque hay un diálogo de incomunicabilidad. Dos diálogos: uno institucional y otro de gente con la que me sentía muy cercano, que querían salir, con la libertad que aprecio. Un par de veces me encerraron por hacer fotos, sé que el precio de la libertad es muy alto”. Muchas veces la audiencia se convierte en un diálogo de sordos, donde el paciente parece partir siempre con desventaja.

Fue muy importante conseguir la complicidad de los enfermos: “Rodábamos cinco días a la semana, había dos días de audiencias y luego tres días donde podíamos circular por el hospital. Al principio los pacientes no querían salir en la película, acabábamos de llegar y los enfermos tenían miedo de los comentarios de los enfermeros y de los psiquiatras. Estuvimos un tiempo con ellos y al final conseguimos que dos terceras partes aceptaran, es mucho. Pero eso lo tengo que hacer yo para que se instaure una confianza, no lo puede hacer un asistente”.

 

Mostrar lo que no se ve

El montaje de estas audiencias crea un equilibrio entre los testimonios de los enfermos que se encuentran en un estado más crítico, y algunas intervenciones cuyo énfasis no puede separarse de un cierto humor combinado con la resignación del encierro. Asimismo, después de cada audiencia, Depardon introduce une serie de travellings, en los cuales deja que su cámara deambule por los pasillos del hospital, compartiendo con el espectador un fragmento de la vida cotidiana: “Ahora ya no se ve nada por el hospital, todo ocurre detrás de las paredes… Los pacientes tienen las llaves de sus habitaciones y entran y salen, y ahora son los enfermeros los que se encierran. ¿Pero qué puedes filmar ahí? Además ahora, con los derechos de imagen pública, es mucho más difícil. Tu mirada no puede ser la misma que antes. También están los clichés sobre los hospitales, hay que evitarlos. Pero a veces ocurre algo mágico, estás filmando un rincón aburrido y sin que lo hayas previsto se acerca un enfermo para darte las gracias por el café al que le has invitado”.

 

Llegar al público

Depardon estuvo muy preocupado por la reacción que iba a despertar el documental, presentándolo en primer lugar a algunos vecinos suyos: “Al principio mostré la película a mis vecinos. Un profesor de primaria, a pesar de ser de izquierdas, me dijo ‘Pienso en mi hija. Hay que encerrarlos a todos’. Luego está el espíritu anarquista francés y otros me decían : ‘hay que dejarlos salir, liberarlos a todos’. Y otro me dice ‘Francia va mal’. ‘Espera’, le dije ‘no he filmado a Bourdieu, sino a Foucault’”.

 

Tomar el pulso a la sociedad

Y es que Depardon examina con lucidez los disfuncionamientos de las instituciones: “Francia es un país nuevo pero tiene que modernizarse. Vemos nuevos problemas porque tenemos un punto de vista nuevo, como sobre las celdas de aislamiento. En una pequeña ciudad baten records de encierro en esas celdas. En San Clemente, hace 30 años, nunca las pude ver. Tampoco podemos ser ingenuos, pero una sociedad moderna debe aportar soluciones a los problemas de estas personas”.

Problemas creados por ejemplo con las nuevas formas de trabajo, como en el caso de una empleada de Orange, la operadora nacional de telefonía, víctima del acoso y de la presión laboral que crece en las grandes empresas: “Sólo tengo a una persona de Orange. Sólo tengo un burn out. Hubiera querido más personas como usted y yo, que un día pueden tener una depresión”.

Y espera que su documental pueda aportar su granito de arena: “Me ha dado cuenta de que cuando paso por algún sitio para rodar una película, las cosas cambian un poquito. Sé que la Escuela Nacional de la Magistratura intervino en Lyon para decir que querían que se hiciera la película. En París llevaban a los pacientes en pijama a los tribunales. Aquí los vistieron”.

 

*París.

 

 

 

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