La parábola de la organización estudiantil

La parábola de la organización estudiantil

En Zacatecas, como en el país, el movimiento estudiantil ha sido fundamental en la historia social contemporánea. Los movimientos populares en las cuatro últimas décadas son impensables sin la iniciativa y acción decidida de los estudiantes del 68. Una generación que anidaba la utopía y conformó su voluntad a los ideales de la libertad y justicia. Hijos de la contracultura y la crítica, y por ello mismo, habitados por una pasión: el cambio social. En esos años en Zacatecas nacía la Universidad. Y los jóvenes se conformaron en sujeto colectivo: se movían en los órganos de gobierno, vinculaban su acción a colonos y campesinos, discutían sobre programas de estudio, enfoques teóricos y procesos de enseñanza. Escribían hojitas volantes donde se reivindicaban como “sujetos del aprendizaje”. En estos años nacen reales organizaciones estudiantiles con sus dos componentes esenciales: la participación y la representación. Como Federación y como Consejos Estudiantiles. En sus luchas consiguieron albergues (casas de estudiantes), comedores, descuentos en camiones y derechos políticos. Pero las últimas experiencias de organización estudiantil representativa se dan al final de los 80 y principio de los 90. En adelante, los alumnos que hacían algún tipo de activismo lo hacían a nombre de un grupo político determinado sin representación estructurada. Es el momento en que dejó de haber grandes corrientes universitarias y se dio paso a los grupos de interés. Pero ya en los últimos años, los grupos también desaparecieron y nació la universidad de control burocrático. Son los años en que la participación estudiantil prácticamente desaparece: el estudiantado como identidad dejó de ser sujeto en la institución.

A los jóvenes de hoy los atraviesa una ruptura generacional: el ideal ya no es la utopía y la pasión por el cambio, sino la seguridad individual y la decepción social. La generación que termina el siglo es la del desencanto: lo que tienen frente a sí, es la vida en su inmediatez. Nada más. Sin embargo, en estos últimos tres años, observamos un despunte: se muestra cierto reencantamiento en los jóvenes, pequeños brotes de colectivos de estudiantes que se preocupan por la pobreza, la desigualdad social, la creación artística y la participación política fuera del Estado. El movimiento 132 es el signo del brote. Aun no es algo más, pero indica una tendencia: interés crítico, voluntad de acción colectiva y la mirada hacia el otro. Se les ve en eventos de migrantes, en actividades de solidaridad con víctimas de violencia y en la reivindicación de los derechos civiles de minorías. La mayoría son luchas de corte cultural (respeto a la pluralidad de las formas de vida) y en defensa del medio ambiente. Esperemos y que ese ‘brote’ se convierta en red, crezca y se transforme en motivo de esperanza en este maltrecho país que tanto necesita de esos jóvenes que reúnen ilustración y entusiasmo: los estudiantes organizados.

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