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viernes, 1 marzo, 2024
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Vivir es increíble [Nueve]

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Por: EDGAR KHONDE •

La Gualdra 606 / Río de palabras

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El ferrocarril estaba siendo construido, debo decir el puente por donde atravesaría la depresión, una especie de agujero que habíamos colonizado dos generaciones atrás. Vivíamos en casa con techo de aluminio y con muros hechos de ladrillos descoloridos robados de alguna parte en carretillas, o a veces de a uno por uno. Yo vivía con mi madre, Elsa, se llamaba o hacía llamar, dudaba de ese nombre tan hermoso. Ella era huraña, no sé de dónde sacaba plata porque no salía de casa en todo el día, se la pasaba leyendo, eso, de hecho, es lo único que le agradezco: haber sido hijo de una lectora. En la casa siempre había comida, comida decente, yo vestía mejor que cualquier otro chico de la colonia; no ropa nueva, pero en buen estado. Empecé a ir a la escuela a los 7 u 8 años. Comencé desde primer grado, pero alcancé a emparejarme con mis compañeros para salir a la edad de 12 años e ingresar en la secundaria. En ese lugar descubrí la verdadera diferencia entre yo y los demás. Ninguno de los chicos de la colonia había terminado la primaria. Todos trabajaban en algún subtrabajo, la mayoría vagaban, robaban cosas, acuchillaban a algún caminante. Yo ganaba méritos, era buen estudiante. Evitaba contar sobre mi origen, sobre la colonia. Tenía excusas diversas de acuerdo con el interlocutor. Entonces conocí a Ingrid. Desde la segunda vez que charlamos supe que a ella le tenía hablar con la verdad y sólo la verdad. Necesitaba un plan, no faltaba mucho para que cumpliera los 16 y saliera rumbo al bachillerato. Ella era más grande que yo, dos años más. Fue la primera vez que cogí una pluma para escribir algo que estuviera en mi cabeza: mi plan. Puse una palabra, un enunciado, lo borré, insistí. Hasta que lo tuve hecho. Por la tarde la quedé de ver en el centro. Mi plan decía que ella asistiría a la cita vestida con vaqueros, lo cual era bastante lógico, porque sólo usaba vaqueros, pero aún así sonreí. Me abrazó, me tomó de las manos y se sentó en la banca, del lado que yo había supuesto. Le conté de mí según lo escrito, como estaba cifrado. Ella gesticuló, dijo palabra, sonrió las veces que imaginé. En mi plan decía que si yo le agradaba terminaría la cita con un beso. Me besó, grande, sin límite de tiempo. Elsa me repetía una y otra vez que yo tendría poder con la escritura. Vivir es increíble, ¿no te parece?, me dijo una ocasión. Me enseñó la portada de un libro que se llamaba El Mago. El mago era un verdadero mago, pero nadie creía en él. Me puse a escribir sobre la construcción del ferrocarril, no sé cuánto llevé una empresa así. Estoy mirando cómo los obreros trabajan a martillazos día con día. Sé que tengo una intensión baja, quizá hasta repugnante. Me gustaría ver descarrilar el ferrocarril el día inaugural. Y me gustaría ver que hiciera añicos la casa de Elsa.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra606

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