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viernes, 1 marzo, 2024
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Infierno ‘O de la música en los límites de la subjetivación’

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Por: ÁLVARO LUIS LÓPEZ LIMÓN* •

La Gualdra 606 / Arte

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No sin cierta prudencia, desplegamos algunas líneas para establecer las condiciones de posibilidad que se expresan en la música y su potencial lugar en los límites de la subjetivación. Nuestra intención se delimita ante las interrogantes, ¿es posible que el hombre contemporáneo reconozca, extasiado por la abundancia de objetos –minúsculos, relucientes y quizás indestructibles– sus sueños, su vida, deseos y limitaciones? ¿Es factible examinar el condicionamiento estético y la mediación invisible de la experiencia auditivo-visual del mundo? ¿Es posible revelar el territorio de la música y sus límites? Sí, es posible.

Debemos reconocer que la música nos habita, nos sorprende, nos motiva y entristece, la gozamos y atesoramos, es un placer que nos secuestra; es usurpación del ánimo, ímpetu y éxtasis, es una especie de asalto sutil de la psique. Al respecto Vásquez Rocca dirá que la música es el arte de la personificación, de la escenificación de las emociones…, que las estructuras tonales, están íntimamente vinculadas con ciertos sentimientos –crecimiento y atenuación, fluidez y ordenamiento, conflicto y resolución, rapidez, brío, terrible excitación o calma, lapsos de ensoñación, etc.–. Faltaría decir que más allá de los paralelos/opuestos, la música es el perpetuo fluir de lo vitalmente sentido a través de sonidos y silencios.

Si efectivamente la música es la puesta en escena de las emociones, equivalente tonal y personificación, también es territorio y frontera, es potencial límite de la subjetivación. Recordemos que habitar el mundo, ser-ahí en-el-mundo estamos siguiendo a un Heidegger que quiere mostrarnos a un ser expuesto por primera vez, desnudo a la no-música. Pues el que ha nacido ha perdido el tono del continuum profundo del instrumento organum materno; ha sido arrojado a la intemperie. Vásquez Rocca lo expresa como un miedo originario, catástrofe de la audición y, siguiendo a Sloterdijk, nos advierte que el miedo y el estremecimiento del mundo, proviene de la pérdida de aquella música que ya no oímos más, miedo a la muerte de la música congénita, miedo a la vida, miedo al espantoso ruido del mundo. Cuando ya no son audibles el flujo cerebral, el susurro de la sangre y el latido cordial del instrumento musical primario –que como incesante nostalgia de espacios íntimos–, entra en escena –como eco sordo– la urgencia y el pánico de existir, el infierno de un silencio que no-existe.

Allí en la suspensión vacía en-el-mundo, sólo se abre una inquietante vastedad de la que se ha suprimido el continuum acústico de la música materna –Como diría Hjemslev–. Y es en el trauma acústico, de ese solitario ser parido, lo que nos mantiene en una situación de extrañamiento, de nostalgia de aquél que fue un providencial mundo sonoro, íntimo, armónico. Se puede decir que en este sentido la música nos asiste existencial y terapéuticamente, otorgándonos la posibilidad del repliegue, nos abastece en nuestra necesidad de huida del mundo. Por tal motivo, indudablemente la música se encuentra en los límites de la subjetivación.

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra606

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