América Latina y los Juegos del silencio (Primera parte)

América Latina y los Juegos del silencio (Primera parte)

Muy pronto, en los primeros días de los Juegos Olímpicos Tokio 2020, se colgaron las primeras medallas para América Latina el ecuatoriano Richard Carapaz, el colombiano Luis Javier Mosquera, los mexicanos Luis Álvarez Murillo y Alejandra Valencia, más los brasileños ‘Fadinha’ (de apenas 13 años de edad), Kelvin Hoefler y Daniel Cargnin.

El dato no es menor, porque no es fácil entrar en el selecto medallero de una olimpiada. Sólo en Río de Janeiro (2016), de 205 países, menos de la mitad (apenas 86) consiguieron una presea. Por supuesto, a Brasil, México, Cuba, Argentina y Colombia, entre otros, les esperan más conquistas.

Esas primeras figuraciones despertaron júbilo y esperanza en sus países. Así lo reseñaron los titulares de prensa, que por fin encontraron un motivo para celebrar en sus aperturas, luego de meses de noticias sombrías por la pandemia de la covid-19.

Todos los laureados soñaban con darles nuevas alegrías a sus pueblos. Pero allá, en lo alto del podio, nadie conocía como ellos la enormidad del esfuerzo que los llevó hasta esas alturas. Porque cada una de las medallas obtenidas tienen un sello propio, tanto como las frustraciones de quienes no lleguen. Más aún cuando en esta oportunidad no solo se trataba de prepararse y competir sino de hacer parte de los Olímpicos más extraños de la historia, sin público y con el miedo al contagio a flor de piel. Los juegos del silencio y de la incertidumbre, sobre todo para los latinoamericanos.

¿Por qué los deportistas de esta región deben subir una cuesta más inclinada que las de sus colegas de la mayor parte del mundo?

Como señala este análisis de CONNECTAS, la primera respuesta está en los devastadores efectos de la pandemia. A finales de mayo pasado, según la directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Carissa F. Etienne, el virus traspasó en LATAM la línea roja del millón de muertos. Un mes después, en junio, los 37 millones de contagiados, casi igual a la suma de las poblaciones de Perú y El Salvador. Y en términos económicos, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el endeudamiento regional subió del 68,9% al 79,3% entre 2019 y 2020 del Producto Interno Bruto. Y eso que falta saber las dimensiones del rojo que arrojará el actual ejercicio. Lo cierto es que, según ese mismo organismo, Latinoamérica es, de las regiones en desarrollo, la más endeudada, por encima de Asia, África Subsahariana, Medio Oriente, Asia Central y Europa, en ese orden. En resumidas cuentas, la covid-19 ha pegado más duro en LATAM que en otras regiones del planeta.

El deporte no fue ajeno. Así, muchos deportistas debieron renunciar a ir a Japón, cuando se habían ganado ese derecho, porque el bicho les negó la oportunidad. Los medios reseñaron los casos de los beisbolistas mexicanos Héctor Velázquez y Sammy Solís, la taekwondista chilena Fernanda Aguirre y el ciclista colombiano Daniel Felipe Martínez, para nombrar algunos.

Lamentablemente no hay datos consolidados sobre los recortes o las nuevas destinaciones que sufrieron, fruto de la crisis, los presupuestos del deporte. En 2018, antes de la aparición de la covid-19, las primeras veinte economías de Latinoamérica aportaban al sector 1.895 millones de dólares (Forbes) entre alto rendimiento, infraestructura, programas de activación física, promoción, salarios administrativos y becas, con Brasil a la cabeza (44,4%), seguido de México, Chile, Colombia y Ecuador.

Igual, algunos como México, enviaron una nutrida delegación, mientras Colombia mantuvo su idea de multiplicar por tres los dineros destinados hace cuatro años para preparar a sus deportistas. En cambio, sí es irrefutable que los deportistas latinoamericanos sufrieron con la suspensión de competencias locales y regionales en las que tenían fundamentados buena parte de sus entrenamientos.

En plena pandemia, en medios y redes sociales se volvieron familiares las imágenes de campeones y aspirantes dedicados a entrenar en espacios caseros. Ellos, y sus entrenadores, sabían que esos métodos no reunían las mínimas condiciones. Atletas cubanos contaron hace pocos días que los techos terminaron convertidos en gimnasios.

Igual sucedió en otros lugares. Solo que, al menos en el primer mundo, la enorme infraestructura deportiva y las menores limitaciones a la movilidad hicieron más llevadera esa situación. De hecho, deportistas de América Latina viajaron a Europa con mucha anticipación para contar con esos espacios, no siempre con suerte. Por ejemplo, el equipo de fútbol masculino de Brasil se halló ante un problema: los rivales no siempre quisieron jugar ante un equipo de un país con uno de los peores registros de contagios, muertes y señalado de ser foco de nuevas cepas.

Es cierto que la ventaja del Primer Mundo frente América Latina se siente más en la situación actual. Pero la misma ha marcado la historia de las Olimpíadas, un escenario en el que las grandes potencias siempre se han jugado su prestigio. Sin embargo, también hay que reconocer, guardando las proporciones, que desde hace algunos años en América Latina el deporte comienza a ser política de Estado, lo que necesariamente se ha reflejado en el terreno olímpico.

Como dijo a CONNECTAS Luis Guillermo Ordóñez, viejo conocedor del tema, “cuantitativamente la región ha mejorado mucho. Primero, porque si bien en Sidney (2000) se consiguieron 58 medallas en total, casi la mitad correspondió a Cuba. En Río, dieciséis años después, hubo 56, con la isla en franco declive y casi destinada solo a éxitos en el boxeo, mientras que siete países obtuvieron oros”. Actual editor deportivo en el diario El Espectador de Bogotá, Ordóñez ha asistido a las citas de Sidney (2000), Atenas (2004), Pekín (2008), Londres (2012) y Río de Janeiro (2016). Ahora mismo no está en Japón por dar positivo justo el día de su viaje.

* Miembro de la mesa editorial de CONNECTAS

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