El perro más grande del mundo

El perro más grande del mundo

Más artista que muchos, sí, y contemporáneo, también, quizá el único. No, no, mejor borremos el «quizá»: es el único en esta partecita del mundo. ¿Cómo que por qué? La pregunta no es indiscreta pero la respuesta puede llegar a serlo. Veamos: es alguien que no se limita a pintar los monitos de siempre o ensayar variaciones de la misma mancha sobre el lienzo o capturar imágenes preestablecidas por las circunstancias. Es así de contemporáneo: no requiere dibujar o pintar para ser un grande, menos emplearse en un cacharro fotográfico. Abstracto no es y figurativo tampoco. Es algo mejor: universal, universal de verdad, donde le veían le paraban para la selfie o el autógrafo en desuso, sin importar los años en el retiro. Sin embargo, ser contemporáneo y ser universal a la vez, sin ser ni abstracto ni figurativo, provoca un tipo de ceguera mental entre paisanos y esta flaqueza de inteligencia retrasa por décadas el reconocimiento institucional que, en algún recóndito lugar, seguro le aguarda. La ironía reside en sus performances, reconocidos por una multitud que ni en cien años se registrará en galerías, museos y otros espacios culturales. Un mano a mano o unos relevos australianos suyos se cotizaron lo de mil exposiciones y un poquito más.

A falta de entendimiento sobre arte contemporáneo, no tiene museo alguno con su nombre ni sala de autor que le ladre. Ningún libramiento vehicular o avenida se ha bautizado en su honor. ¿Una estatua de bronce como la de Rocky Balboa en Filadelfia en una de las glorietas con forma de huevo? El día que murió, esa misma noche, pasé por tres y hasta ahora no. Cumplía años pero nunca le hicieron un pastel con velitas, ya ni hablar de una cena de gala que, siendo un ultraje para el erario público, era bien merecida. Si acaso tuvo doctorado no fue un honoris causa sino por sus campeonatos del mundo. En sus intervenciones prometió performances de mayor alcance y aunque jamás fue posible, uno no estaba para reprocharle. Retó a sus rivales a un campeonato mundial, a un cabellera contra cabellera o a un máscara contra cabellera, pero ninguno aceptó el desafío de quedar pelón o sin máscara o sin cinturón en su meritito Zacatecas, de donde es la marcha que hizo sonar desde aquí hasta el Imperio del Sol Naciente. Nadie tan odiado en su faceta de rudo y tan querido en su proceder de técnico, nadie como el Can de Nochistlán: don Pedro Aguayo Damián, el único artista contemporáneo y universal en esta partecita del mundo.

Tuvo en su haber un contado repertorio técnico que compensó con carisma y aguante. Esto le permitió desarrollar un lenguaje espontáneo e irrepetible, poético, no trillado como tanta farsa gráfica u original que cuelga como elemento aburridamente decorativo en notarías, consultorios médicos u oficinas de gobierno. Tres recursos luchísticos bastaron para perpetrar su sello: la lanza, la silla y las patadas de canguro. ¿Para qué recurrir a lances espectaculares, a llaveos complejos que inician en una acrobacia aérea y culminan a ras de lona, herencia de la lucha libre mexicana? Su personalidad lo llenaba todo como su líquido vital: la sangre como potencia estética que, en infinidad de ocasiones, manó de una frente con igual orografía que el Crestón Chino. La acción del performance del golpe seco de su cabeza contra el poste de metal, abajo del encordado, implicaba un acto subsiguiente todavía más impresionante: su rostro, su pecho y el resto se impregnaban de rojo, manchando sus botas invernales de peluchito blanco de borrego virgen. Y los finales siempre fueron homéricos: el vocerío del público al unísono bajo un grito de guerra: ¡Perro! ¡Perro! ¡Perro! Entonces no importaba ya el maltrato recibido ni su condición al límite del desfallecimiento, el discípulo del Diablo Velazco insuflaba sus pulmones de una esencia mágica de cierto sabio encantador, propia de los superhéroes, regresando a ser el luchador rocoso, presto para ganar o perder pero sin tregua.

Eso de ser artista conceptual o visual o abstracto o figurativo es una ñoñería al lado de las dos fuerzas telúricas que dividen a la humanidad: el bien y el mal, es decir, técnicos y rudos. Yo lo prefería rudo, su complexión era ruda, su esencia también; la mayoría lo adoraba como técnico. Siendo rufián, en una lucha contra el Hijo del Santo, además de hacerlo polvo en el Toreo de Cuatro Caminos, recibió un tremendo abucheo por la excesiva violencia con la que maltrató al heredero de la leyenda de plata, retirándolo en camilla. Fue una lucha limpia, cero trampas, con una máscara rota y unas frentes lastimadas que se bañaron en sangre. Fue superior a su rival, cerrando así un ciclo profesional: al inicio de su carrera perdió la cabellera con El Santo y en el ocaso de su profesión derrotó a su vástago con autoridad. Cuando alternó en el bando de los científicos, llenó la Plaza de Toros México con cincuenta mil almas entregadas a él, despojando de la tapa a Máscara Año 2000, el segundo de los Hermanos Dinamita, con mucha trampa de por medio, siendo la última travesura del Perro la determinante. A pesar del timo, la afición celebró su triunfo, ese triunfo que se le negó en aquel triangular de cabelleras contra Cien Caras y Konnan en la Arena México, cuando a punto de ejecutar su emblemática lanza le hicieron perder el equilibrio, resultando fauleado para desgracia suya.

Rudo o técnico, artista contemporáneo o no, sin museo, sin reconocimiento institucional, sin estatua de bronce, sin cena de gala. Lo anterior significa nada: los ídolos como el Perro Aguayo son leyenda y no requieren de tales boberías. El único homenaje digno para una leyenda consiste en pervivir en el imaginario de una generación. Con don Pedro casi se extingue una estirpe de superhéroes tan reales como el dolor que uno llega a sentir, en la espalda baja, cuando te sorprenden y te rinden con la de a caballo, creación de Gori Guerrero y que inmortalizara El Santo. Se trató de personajes tangibles, que se podían ver y tocar en una arena de lucha libre, con una incidencia categórica en el colectivo que uno era capaz de creer, confesar, afirmar, jurar y defender la causa técnica o la causa ruda, y en ello consistía por un instante la vida entre las dos o tres caídas sin límite de tiempo. De ahí que sintiera un pinchazo hondo en mi brazo izquierdo, de lado del corazón, cuando me enteré de su partida: vertía sobre un espresso leche caliente, doliéndome su ausencia y no la quemadura en la piel por fallarme el pulso.

Related posts

Banner Home Videos 578 x 70
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ