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jueves, 1 diciembre, 2022
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Ante el horror y la barbarie, tejidos de solidaridad

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Por: JAIRO LÓPEZ • MALELY LINARES •

Durante el 2022 superamos la aterradora cifra de más de 100.000 personas desaparecidas en México. En Zacatecas, tan sólo en el 2021 se estimaron 714 personas desaparecidas y no localizadas (según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas), y existe un acumulado de más de 3.000 personas en esta situación. Los asesinatos continúan en cifras históricas, al punto que, durante el 2021, el estado tuvo una tasa de 109 homicidios por cada 100.000 habitantes (la media nacional fue de 28), la más alta de todo el país, según los últimos registros del INEGI (cifra que puede aumentar este año). Además, los feminicidios siguen siendo altamente preocupantes, el desplazamiento forzado es una realidad innegable, hay una violencia selectiva contra policías municipales y, como si algo faltara, tan sólo en lo corrido del año han asesinado a por lo menos 96 infantes (ocupando los primeros lugares a nivel nacional junto con Michoacán y Guerrero). Zacatecas es hoy uno de los estados más violentos de México.

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En momentos donde las violencias disciplinarias se exacerban (por medio de masacres, crueldad sobre los cuerpos, tierras arrasadas), y los gobiernos no parecen tener mayor respuesta que la de aumentar la presencia de las botas militares en el territorio, las narrativas oficiales y la percepción social se alinean en el peligroso discurso que reduce todo a “un problema entre malos”. Frente a esta normalización de la violencia toman gran relevancia las manifestaciones sociales por la justicia, la paz y la dignidad.

En este escenario, desde julio del presente año, varios de los colectivos de víctimas del estado convocaron al proyecto “Sangre de mi Sangre”, alrededor del cual se reunieron cada domingo para tejer con hilos rojos (rafias) en memoria de las víctimas de desaparición, trata de personas, feminicidios y las violencias en general. El llamado respondió a la iniciativa propuesta por la colectiva Hilos de Guadalajara, quienes promovieron esta acción en diversos estados de la República, buscando que con el trabajo colectivo se pudieran tejer más de cien mil metros cuadrados. Estos tejidos van a ser llevados a la Ciudad de México a finales de noviembre para cubrir la zona del Ángel de la Independencia como una forma de protesta pacífica. A esta acción se sumaron colectivos de estados como Sinaloa, Chihuahua, Querétaro, Ciudad de México, Chiapas y Zacatecas.

En Zacatecas los encuentros se llevaron a cabo en la Alameda Central, y si bien en cada jornada varió la cantidad de personas que acudieron, se mantuvo una constante participación tanto de madres de personas desaparecidas como de población que se acercó a acompañar y tejer en solidaridad. Durante cada domingo circularon muchos transeúntes que no podían evitar detenerse a ver los tejidos, pues su grandeza (se cubrió la fuente principal y un amplio espacio de la Alameda) y la intensidad del color rojo no pasaban desapercibidos. Al detenerse observaban algunos de los rostros de las víctimas de desaparición forzada en Zacatecas, recibían información sobre la crisis y el objetivo del proyecto. Todas las personas se sorprendían al conocer las cifras, algunas compartían las imágenes en sus redes sociales y otras tantas apoyaron económicamente para la compra del material.

El poder de la representación era claro: simbolizar la sangre de quienes están desaparecidos y de las víctimas de una guerra absurda, a la manera de un hilo que conecta con quienes en vida y presentes se niegan a olvidar. “Sangre de mi Sangre” tiene una fuerza especial en medio del contexto que hemos descrito, pues frente al silencio y el temor, se mantiene la dignidad viva de las víctimas que reclaman justicia y que buscan expandir sus reclamos.

El reunirse colectivamente alrededor del tejido tuvo una fuerte implicación en los cuerpos y afectos. Compartir el espacio y la escucha, mientras se iban urdiendo los hilos rojos que encarnan el dolor compartido, permitía que las madres de las víctimas sintieran que no están solas. Cada persona que tejía lo hacía con un estilo, velocidad e intensidad diferente, lo que simbólicamente significaba las muchas experiencias que confluían. Pero más importante aún, se envió un mensaje, a partir de la representación y testificación del dolor, hacia múltiples destinatarios: la población que sólo podía asombrarse ante la manifestación.

El mensaje de este acto testimonial y de memoria ha sido muy importante, pues el gran reto que tenemos es el de generar empatía y resonancia en medio del simplificador discurso de los “daños colaterales” o de los eternos “ajustes de cuentas entre malos”. Por eso, como recuerda Enrique Díaz en su libro La palabra que aparece. El testimonio como acto de supervivencia, el poder del testimonio y la representación se encuentra en la propia fragilidad de quien lo escucha: en la capacidad de imaginar el dolor ajeno desde la vulnerabilidad común (todos podríamos experimentar ese dolor que se representa, pues somos humanamente vulnerables).

Estos meses fueron una gran experiencia pedagógica. Las y los jóvenes que se sumaron pudieron acercarse a la humanidad de aquellas y aquellos que sufren el flagelo de la ausencia. Las madres compartían sus difíciles experiencias, que en sus palabras son como “estar muertas en vida”: cuando tratan de lidiar con las irracionales burocracias estatales; los dilemas ante el silencio de los gobiernos; las tragedias familiares que se desatan cuando desaparece un hijo; las múltiples victimizaciones de las que son objeto cuando tratan de exigir justicia y verdad, entre muchas otras. Mientras eso pasaba, y a pesar de los grandilocuentes mensajes enviados por el gobierno en su plan de “construcción de paz”, los resultados no han sido claros y, por el contrario, persisten serios obstáculos institucionales para el acceso a la justicia y la reparación en materia de derechos humanos.

Ante el horror, tejer solidariamente tiene un impacto ético y político. El efecto del testimonio, de las imágenes, de las narrativas que se resisten al aturdidor silencio de la indiferencia. La circulación de las experiencias dolorosas en un contexto donde cada uno de nosotros construye mundos imaginarios en medio de burbujas que nos reconfortan. Pero todos, en algún momento, tenemos que salir a la calle y enfrentar esa realidad que permitimos que se edificara ante nuestras espaldas. Nadie gana tanto con el silencio y el miedo como quienes se benefician de la guerra, el despojo y el terror.

Este jueves 17 a las 5 de la tarde se hará una jornada especial de solidaridad con las víctimas, se presentarán todos los materiales tejidos durante estos meses y se extenderán como un grito de protesta pacífica y de memoria. Luego, los tejidos se llevarán a Ciudad de México al encuentro de colectivos de víctimas al que se sumarán ciudadanos/as que acompañan estas acciones. Sin duda quedará un vacío para quienes cada domingo se encontraron en la Alameda de Zacatecas. Sin embargo, la experiencia demostró que habrá otras formas de imaginar ese actuar colectivo, reinventar prácticas y mantener el hilo que teje la solidaridad.

*Docentes investigadores de la Unidad 

Académica de Ciencia Política, UAZ.

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