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miércoles, 1 diciembre, 2021

Líbano, sin esperanza sobre el futuro

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Por: Carlos Martínez Assad •

Frente al Palacio de Justicia en Beirut, cuando nadie lo esperaba, las balas comenzaron a pasar por encima de las cabezas de un grupo de manifestantes; fue tal el tiroteo en las calles de los céntricos barrios de Badaro, Tayouné y Ain-el-Remaneh que sus habitantes debieron abandonar sus casas, temerosos de que una nueva guerra hubiera comenzado. Ese 14 de octubre un agrupamiento, mayoritariamente de jóvenes partidarios de las organizaciones chiitas Amal-Hezbolá, manifestó su desacuerdo con la investigación del juez Tarek Bitar sobre las explosiones del 4 de agosto de 2020 en el puerto, y quien ha llamado a declarar a varios de sus miembros.

Desde un camión con altoparlante se escuchaba el discurso del líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, acompañado por música marcial de fondo; sus partidarios llevaban fotografías de la embajadora de Estados Unidos, Dorothy Shea, y del juez Bitar para ser incendiados. Apareció entonces un agrupamiento militarizado fuertemente armado que fue identificado como de las Fuerzas Libanesas Cristianas, organización formada por el actual presidente, Michel Aoun. Aparecieron francotiradores que dispararon indiscriminadamente, provocando un saldo de algunos muertos y heridos. La ciudad volvía a los momentos de la guerra, cuando los bandos se identificaban como musulmanes contra cristianos.

Pero el asunto no es tan sencillo; aunque hay filiaciones religiosas, son ante todo opositores políticos de los que forman el gobierno recientemente conformado. Una investigación de la cadena televisiva Al-Jadeed implicó a tres hombres de negocios sirio-rusos, próximos al régimen de Bachar al-Asad, con la sociedad Savaro Limited, identificada como la propietaria de las toneladas de nitrato que explotaron aquella tarde. Pero también relacionó al Partido de Dios con una larga historia del manejo de esa sustancia para crear explosivos. Todo con el fin de demostrar la responsabilidad de los chiitas en la explosión. Ese ha sido un rumor que ha corrido y, sin embargo, quedan varias preguntas: ¿quién controla el poder en el país?, ¿qué instancia de gobierno es la que vigilaba el puerto como para autorizar que material tan peligroso permaneciera embodegado allí tantos años?

La disyuntiva que vive Líbano en medio de una crisis tan profunda se relaciona con la composición del nuevo gobierno por las diferencias que oponen a cristianos y musulmanes, principalmente chiitas, siendo los primeros los que llevan encima la principal identidad histórica del país de acuerdo con Occidente. Sin embargo, los chiitas se han convertido en el factor demográfico fundamental y el mayor beneficiado por el voto popular. Y contrariamente a lo que se afirma, es la política lo que los agrupa más que la religión, aunque tienen en Hezbolá su agrupación dominante.

La crisis de electricidad que tiene al país a oscuras, salvo algunas horas, ha causado estragos porque las fuentes de generación están agotadas, provocando medidas drásticas; y ya se anuncia que el aeropuerto no podrá estar abierto todo el día y tampoco hay forma de pagar a los controladores aéreos. Hezbolá ha logrado conseguir el combustóleo requerido de Irán para que medio funcione el país, desafiando el poderío de Estados Unidos y esquivando las sanciones que ha impuesto a los países con los que comercie. Han llegado ya varios embarques usando puertos de Siria, al norte de Líbano, para evitar acercarse a Israel.

Siete días antes de la balacera frente al Palacio de Justicia, el ministro iraní de Asuntos Extranjeros, Hossein Amir-Abdollehian, en visita a Líbano, expresó el 7 de octubre que mientras Hezbolá demande petróleo a su país para resolver el problema eléctrico, “sin dudar un segundo responderemos favorablemente”. La relación entre los chiitas libaneses y los iraníes es un hecho, aunque para algunos resulta ­inaceptable. Para Occidente, el Partido de Dios es una agrupación terrorista. Una intensa propaganda en contra le ha acompañado desde su origen al ser exportado por la Revolución Islámica de 1979 en Irán que, por cierto, con la caída del sha Reza Pahlevi fue vista con simpatía por Occidente. Su fuerza se vinculó con la invasión de Israel a Líbano en 1982. Su prioridad fue la resistencia contra la ocupación israelí, lo cual le dio un carácter decididamente nacionalista. Y es aliado del movimiento integrista Amal, dirigido por Nabih Berry, como también lo ha sido del Partido Socialista Progresista, encabezado por el druso Walid Jumblat, opuesto a los cristianos. Su fortalecimiento fue decisivo cuando tuvo influencia en la salida de Israel del sur de Líbano en 2000. Y en poco tiempo, en 2006, infligió un fuerte golpe a ese país pese a las pérdidas que la guerra de ese verano causó a Líbano.

La presencia de Hezbolá en la guerra en Siria, al lado del régimen de Al-Asad, permitió ver la fuerza que ha construido convertida en factor decisivo en la derrota del llamado Estado Islámico, la organización sunita más conocida por sus tropelías, el terror y la muerte que sembró en la sociedad. Por supuesto, significaba que Irán participaba, algo paradójico si el Estado sirio surgió como un orden laico, pese a la filiación alawita de la familia que gobierna. Estados Unidos y Europa, por más intervenciones, no tuvieron la capacidad para influir en el proceso de pacificación que se alcanzó hasta que Rusia intervino en el conflicto.

Siria ha sido un factor de influencia constante en Líbano y se sigue manifestando por medio de las mismas organizaciones y los mismos personajes en la palestra política, que están allí desde hace más de 20 años. Hezbolá, con un poder reforzado en el vacío político que se ha venido gestando, ha resultado un factor decisivo en el equilibrio del poder. Ya ha recurrido a alianzas estratégicas y no tiene objeción en hacerlo con los cristianos.

Resulta muy difícil para los maronitas, el grupo cristiano más influyente y con más simpatías en Europa y Estados Unidos, la aceptación de un grupo que se formó, creció y afianzó en tan breve tiempo a la sombra de Irán. Por eso su peso fue importante en el retraso que tuvo la formación del nuevo gobierno con el primer ministro Najib Mikati, muy cercano a los actores políticos que han marcado la vida económica y política del país desde hace al menos 20 años, llevándolo a la crisis en la que se encuentra.

Todo eso permite explicar la idea de que el juez Bitar lleva la investigación sobre las explosiones teniendo en la mira a Hezbolá, que ha salido en defensa de los principales enjuiciados. Después de la creciente aceptación del partido chiita entre los cristianos como el elemento que impidió a Líbano caer en la dinámica de la guerra en Siria, la simpatía ha decrecido. Así lo demuestra su frágil equilibrio con la Corriente Patriótica Libre, del presidente Aoun, los cristianos que le dieron más peso en el gobierno, y el discurso del patriarca maronita que lo ha definido como “un Estado dentro del Estado”, la calificación que se le endilgó en su peor momento. Mientras los libaneses ven en la televisión las marchas de protesta de las diferentes fuerzas en la Plaza de los Mártires, se preguntan ¿es que algún día esto va a parar?

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