Esto no es un OVNI. Siempre fuimos contemporáneos

Esto no es un OVNI. Siempre fuimos contemporáneos
Luis Carrera Maul en la exposición ' Siempre fuimos contemporáneos,' en el ex templo de San Agustín en Zacatecas.

La Gualdra 359 / XIII Bienal FEMSA / Exposiciones

 

En múltiples entrevistas, el curador de origen cubano, Gerardo Mosquera, se ha referido a las bienales como un OVNI. Con esta metáfora, lo que busca explicar es que el fenómeno conocido como bienalización, que se originó a mediados de la década de 1980, ha constituido un circuito para enterados en el que sus practicantes viajan de ciudad a ciudad y, tal como extraterrestres, al llegar al punto de destino, bajan de un objeto extraño y hablan un idioma raro que sólo entienden entre ellos. Una vez terminada la visita se suben nuevamente a ese objeto volador y parten hacia un nuevo destino.

Este fenómeno es consecuente con la lógica del evento circense. Una caravana que pasa por las ciudades, o bien, lo que hoy reconocemos como festivales, que están orientados al entretenimiento. Si reflexionamos críticamente respecto a estos eventos, podríamos cuestionar qué es lo que dejan detrás. Consecuentemente, aquéllos que nos predisponemos a participar activamente, llegaríamos a formular otras preguntas tales como ¿qué compromisos asumen?, o bien, ¿cuáles son sus programas y de qué manera interactúan con los ciudadanos de cada localidad? Son meros circos cuyo único propósito es entretener, esto es, distraernos del aburrimiento. El señalamiento del curador Gerardo Mosquera, pone el dedo en la llaga y apuntala esta problemática de las bienales de arte contemporáneo.

Hacer bienales hoy día, por lo tanto, requiere de un compromiso que va más allá de la lógica del entretenimiento que reconocemos cada vez más en los festivales. También podría tratarse de un llamado a revisar las narrativas artísticas globalizantes que, al enarbolar la bandera triunfal del espectáculo del arte, paradójicamente crean una jerarquización entre los de adentro y los de afuera. Entonces, ¿cómo esquivar la operación tan común en el campo del arte que, en nombre de “lo contemporáneo”, posicionan unas subjetividades centrales sobre otras descentradas? La XIII Bienal FEMSA, y su título, Nunca fuimos contemporáneos, antes que levantar el asta de la contemporaneidad como gesto celebratorio, pone en cuestión esta lógica del platillo volador con una aproximación crítica hacia el formato de las bienales de arte.

Dejar atrás el concurso bianual es un primer paso para evitar fomentar la confrontación entre subjetividades geniales que, al sucumbir a la trampa de la competencia, terminan por convertir sus diferencias en un espectáculo digno de una caravana circense. Pero, superada esta fase, el dilema que esta Bienal pone sobre la mesa de discusión se repliega más bien a la reflexión sobre cómo incitar proyectos que transciendan su condicionamiento temporal. Por lo mismo, su insistencia en crear programas que tienden a un compromiso reflexivo que se extiende hacia problemáticas que no se circunscriben a la temporalidad del evento.

Sin ningún afán triunfal, lo que aquí hemos compartido es el intentado por ensayar modelos de curaduría extensiva que justamente buscan sobrepasar el marco de la temporalidad bianual. Para ello, la apuesta ha sido estimular una sólida participación de la comunidad cultural en sus programas de exposiciones y pedagógicos, con actividades de mediación, editoriales y museológicas que, al colocar en diálogo a los ciudadanos con los gestores institucionales, artistas, curadores y las instituciones culturales, puso en marcha un esfuerzo afectivo que hizo porosa la frontera entre los museos y sus acervos, los estudios de los artistas ante la ciudad y sus ciudadanos. Mediante esta apertura hacia la interlocución directa, la comunidad artística así como otros sectores de la ciudadanía, asumieron el rol de colaboradores antes que el de espectadores de un evento. Por lo tanto, al suscribirse a esta fase autocrítica de las bienales, la XIII Bienal FEMSA, Nunca fuimos contemporáneos, tuvo como foco ensayar modelos dialógicos de colaboración que permitiesen una interlocución más allá de la mera contemplación pasiva o de carácter espectacular que suelen encausar los eventos cada vez más propensos a la lógica teatral del espectáculo. Asimismo, entre el conjunto de exposiciones de su programa de colaboraciones museológicas, tiene lugar una exposición de artistas zacatecanos que, bajo el título Siempre fuimos contemporáneos, consiste en una respuesta que busca subvertir tanto la lógica del platillo volador del evento elitizado, como la dimensión espectacular de los festivales.

Con sede en el Antiguo Templo de San Agustín, esta exposición que presenta obras de 51 artistas, antes que una revisión totalizante del arte zacatecano —esto es, una exposición cuya promesa es crear una narrativa histórica diacrónica que abarque exhaustivamente las distintas escuelas, o, talleres e individuos, o, una selección acatada de lo más avanzado—, reflexiona sobre las paradojas en las que estos eventos suelen incurrir al enarbolar el eslogan paternalista: “Ya llegaron los contemporáneos”. Si bien en esta exposición hay un despliegue de obras significativo de productores locales en el que conviven diversas generaciones de artistas, hay que aclarar que su cometido no era presentar una versión razonada del arte moderno y contemporáneo de Zacatecas.

Tal como declara el texto introductorio de la muestra, lo que se presenta en ésta es el resultado de visitas de estudio y el trabajo de un año de convivencia entre curadores “extraterrestres” y locales, como también el reflejo de la interlocución entre éstos y diversos sectores de la comunidad cultural por medio de los programas público y pedagógico de la Bienal. Esta exposición es una puesta en práctica de un modelo curatorial que ha prevalecido a lo largo de la bienal, que implica pensar en la propia exhibición como un momento siempre inacabado: la exposición no es un enunciado definitivo, sino un dispositivo detonador de preguntas. En consecuencia, se propone una selección de obras y de artistas que no tienen la pretensión de ser dictamen sobre el estado del arte zacatecano. Las visitas de estudio, las conversaciones con artistas, y los encuentros con agentes involucrados con la producción cultural zacatecana develan la diversidad de la misma, de la imposibilidad de definirla como un todo uniforme reconocible a partir de un estilo o tendencia.

Esta exposición es una reflexión sobre la complejidad de jerarquizar las prácticas artísticas entre centrales y periféricas. Quizás en este punto radique su valor. Por lo mismo, esta curaduría tampoco versa sobre las bienales como un proyecto bienintencionado de descentralización. En todo caso busca poner en evidencia las contradicciones intrínsecas a estos modelos a partir de un discurso descentrado tanto en el sentido museológico como antropológico. La apuesta por crear un laberinto que no permita ninguna jerarquización entre artistas históricos museificados, maestros de la ruptura, maestros posruptura y futuros “maestros”, precisamente responde a la necesidad de ensayar modelos descentrados que más que legitimar lo expuesto, muestra una serie de encuentros en el que lo diverso convive en la diferencia. En este sentido, otro título para la exposición podría ser, “juntos y revueltos”. Las muestras colectivas permiten justo eso, acercar las diferencias, mostrar que tanto en las afinidades como en el disenso convivimos.

En términos antropológicos, pensar de manera descentrada significa eludir los procedimientos que tienden a desfasar el centro al no-centro, pues claro está que, si éste se desplaza, entonces surge una nueva centralidad con poder enunciativo que, inevitablemente, creará nuevas jerarquías paternalistas entre “contemporáneos” y “no-contemporáneos”. Para no caer en tentación, aprovechamos nuevamente este espacio para decir que de cierto modo, todos siempre fuimos contemporáneos al mismo tiempo que nunca lo fuimos. Lo que nos propusimos ensayar con este modelo de bienal fue, en términos antropológicos y pedagógicos, un espacio en que todos tenemos conocimientos que compartir. Entonces, antes que convertir al otro en un objeto de estudio de ciertas herramientas curatoriales, los curadores de esta bienal optaron por abrir su cajita mágica, develar sus secretos y, conforme la confianza empezaba a acercarnos, ponerla a disposición de los intereses, deseos, afectos, saberes y conocimientos de una comunidad artística. Así, antes que pretender colonizar un contexto cultural, conquistar e izar la bandera de la contemporaneidad, los curadores de esta bienal optaron por negar la lógica del conquistador con el lema “nunca fuimos contemporáneos”, para conjuntamente con la comunidad artística descubrir que todos “siempre fuimos” contemporáneos.

La diferencia entre espacios asignados a las distintas obras que incluye esta museografía laberíntica deriva de la característica de los propios soportes artísticos. Algunos pintan en pequeño formato, mientras que otros prefieren el mediano o el gran formato. Ni hablar de los que optan por el video y los despliegues instalativos. Un laberinto, antes que racional, es un despliegue sin centros. Es un esquema propenso a mostrar el subconsciente cultural, las latencias que emanan desde una planta en cruz hasta el paroxismo de borrar su orden y escala, un lugar en el que los encuentros fortuitos pueden revelar tensiones inesperadas, emociones exaltadas, acuerdos y diferencias. Siempre fuimos contemporáneos es una exploración construida en el cruce de miradas locales y externas, que en sus presencias y ausencias apunta líneas de investigación sobre el arte zacatecano que deberán abordarse en otros momentos, espacios y formatos. Hay cabos sueltos, sí, pero no están ahí para ayudar a deshacer el nudo, sino para agregar más hilos a la trama, para agregar capas de interpretación históricas, afectivas, formales…

En este sentido, lo que se intentó fue justamente descentrar para, una vez más, insistir en que esta bienal no es un festival, ni mucho menos un OVNI. Sin pecar de falsa modestia, esperemos que a partir de esta exposición surjan nuevos encuentros y desencuentros. Si esta exposición sirve de algo, probablemente tendrá interlocutores que disientan, pues toda provocación tiende a eso. El que se lleva se aguanta. Interpelar la exposición no necesariamente significa aplaudirla, pues esto no es un circo, ni un espectáculo para el entretenimiento familiar. Una apuesta por la reflexión, se vuelve extensiva en la medida en que crea interlocución, sea desde afuera o desde adentro. Por lo mismo, al no proponer una muestra totalizante, esta apuesta más bien radica en abrir procesos curatoriales descentrados, históricos, académicos e intersubjetivos. Sólo nos resta decir que esto no es un cierre, sino otro comienzo entre muchos otros que ya han tenido lugar en Zacatecas. “Siempre fuimos contemporáneos” significa estar siempre abiertos a lo que aún no conocemos, pero sin olvidar nuestra historia.

 

 

* Sobre la exposición de artistas zacatecanos de la XIII Bienal FEMSA en el ex templo de San Agustín, en Zacatecas.

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_issuu-359

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