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El maestro José Manuel Enciso González: breve retrato del artista

El maestro José Manuel Enciso González: breve retrato del artista
José Manuel Enciso González. Fuente de los Faroles. Serie Zacatecas I. Carbón y pastel. 1974.

La Gualdra 348 / José Manuel Enciso González. In Memoriam

 

 

 

Con bolitas de azafrán… un artista en ciernes

José Manuel Enciso González, pintor, docente, promotor cultural y amoroso padre de familia estaba a punto de cumplir 100 años. Los escribo así en numerales arábigos para que mejor pueda entenderse la magnitud de esa venturosa edad, y en abono de esa claridad igualmente podría decir que al nacer nuestro artista, la actualmente vapuleada constitución política de los mexicanos sólo tenía dos años, por lo que supongo muy apenas comenzaría a caminar. En el mundo, la legendaria Revolución de Octubre alcanzaba igualmente la misma edad. Todavía más, cuando aquel niño nació en la ciudad de Zacatecas, el 17 de febrero de 1919, trascurrieron dos meses y en el sur del país emboscarían fatalmente a Emiliano Zapata. Y pasarían cuatro años más para el asesinato de Francisco Villa, en El Parral. Ha llovido algo desde entonces.

Pero de estos hechos nada sabía al abrir los ojos aquel niño, que tras haber cursado más tarde algunos grados en la celebérrima escuela primaria Ignacio Zaragoza, de esta ciudad de Zacatecas, se trasladó con su familia a Villanueva para culminar sus estudios primarios. Según el mismo Enciso ha reconocido, fue en esta etapa villanovense cuando descubrió sus inclinaciones por las artes plásticas, pues uno de sus profesores que era por añadidura pintor, había abierto un pequeño taller particular de enseñanza para niños al que lamentablemente nuestro artista en ciernes no pudo inscribirse, pero ya estaba en su espíritu la semilla del arte.

Su temprano gusto en la materia y las obras plásticas ejecutadas en este periodo germinal, motivaron que el cura de Villanueva le propusiera enviarlo a la Academia de San Carlos, pero las cosas en el país y en la familia no eran tan fáciles como lo relativamente serían en la actualidad y todo quedó en mero intento. Mas nada es capaz de detener una vocación cuando es genuina:

 

Yo en aquel entonces tenía 13 años […] pero en esa época yo trabajaba en una tienda de abarrotes, y mi patrón constantemente me llamaba la atención porque sobre el papel de envoltura siempre estaba rayando, es más, con bolitas de azafrán dibujaba en color amarillo, así es que fueron kilos y kilos de papel dibujado en las envolturas.

 

Tras la muerte de su padre, en torno a 1936, en pleno cardenismo, regresaría a la Bizarra Capital para vivir en ella definitivamente. A la postre convertiría aquella deprimida y desolada pequeña urbe de cantera en su morada habitual, en el escenario de su productiva vida de artista, en el objeto y temática de muchas de sus obras, su obsesión, su habitadero y ambiente natural.

José Manuel Enciso González durante la cancelación del timbre por el centenario de la Toma de Zacatecas, 2014. Foto de Tere Enciso Muñoz.

José Manuel Enciso González durante la cancelación del timbre por el centenario de la Toma de Zacatecas, 2014. Foto de Tere Enciso Muñoz.

 

Un pintor y su circunstancia

Como autodidacta “en soledad y recogimiento” lo ha caracterizado Roberto Cabral del Hoyo, y efectivamente, como tal se ha definido a sí mismo en varias ocasiones el propio Enciso, por lo que podemos decir sin sonrojarnos que su periodo formativo, propiamente dicho comenzó a partir de su regreso a la ciudad de Zacatecas, dedicando parte de su poco tiempo libre al dibujo y la pintura por su cuenta y riesgo. No es académico porque no tuvo inicialmente academia a la cual asistir ni el tiempo necesario para ello, y esta circunstancia marcaría uno de los propósitos de su vida: llenar ese vacío.

Su práctica en solitario no se explicaba como fruto de afición pasajera sino de una vocación que se abría camino poco a poco, batallando con las peripecias de la vida, que no constituyeron obstáculo suficientemente grande como para impedir que en su momento asistiera a tomar cursos a la Ciudad de México, precisamente a los patrocinados en aquel tiempo por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, recibiendo lecciones de historia de México e historia del arte por parte de los insignes intelectuales Antonio Pompa y Pompa, y del potosino Francisco de la Maza, ni nada más ni nada menos.

Casó con la señorita Rosaura Muñoz y juntos formaron prolífica y feliz familia. Son sus hijos Rosaura Alicia, María Guadalupe, José Manuel, Antonio de Jesús, Luz María, María del Pilar, Juan Luis, Teresa de Jesús, Gabriela, Laura Agustina, Verónica del Carmen, Agustín y Lucía Mayela. En este punto, y si me lo permiten los lectores, quiero detenerme un poco para comentar la importancia que Enciso concedió a su particular universo familiar. “Un detective verdaderamente bueno nunca se casa”, anotaría el célebre escritor Raymond Chandler, afirmación que puede ser plenamente válida para todos aquellos investigadores privados que se respeten, pero en sentido contrario, como llegó a escribir con mucha razón don Luis González y González, “se puede ser buen historiador y causa de numerosa prole”, cuestión que también es absolutamente aceptable para los artistas plásticos como Enciso, quien al paso de los años, en desapego de cualquiera otra circunstancia, siguió campechaneando su tiempo entre el trabajo, la docencia y su vocación auténtica.

Conviene destacar que el comercio se agregó a la lista de sus actividades, lo cual suena bastante lógico al momento de reflexionar acerca del empeño con que debía atender los requerimientos de la mesa familiar. Fue así como se convirtió tal vez sin proponérselo, junto con su establecimiento de venta de géneros, en parte característica del centro histórico.

Ésta es una de muchas circunstancias que hacen excepcional a nuestro pintor, inclusive más allá de sus maravillosas técnicas de ejecución. Veamos si no. Por pura curiosidad, revisando las primeras biografías de pintores que se me atravesaron, descubro que numerosos artistas se han distinguido por lo contrario de Enciso, es decir, por carecer de familia o tenerla pero muy exigua. Por ejemplo Doménico Teotocópulos, mejor conocido en el medio como El Greco, sólo tuvo un hijo, mas nunca casó con la madre, la toledana Jerónima de las Cuevas; no sería del todo arriesgado suponer que teniendo a doña Jerónima nomás para pasar el rato, ésta le saliera con su domingo siete, porque como Doménico se la pasaba en Venecia y Roma, tal parece que procreó por error. Otro pintor más va pasando por aquí en este momento, el alemán Alberto Durero, quien llegado el tiempo no salía de Colmar, Basilea y Estrasburgo, fue casado prácticamente a güevo por su propio padre, quien desde luego obtendría pingües ventajas con el enlace. Durero no tuvo descendencia. De Leonardo o Miguel Ángel ya ni decimos nada, casi todo mundo sabe que lo suyo lo suyo no eran las chicas.

Árbol genealógico. Archivo de la familia Enciso González.

Árbol genealógico. Archivo de la familia Enciso González.

 

Pero bueno, en contraste pueden citarse otras notables excepciones, aunque en otros ámbitos artísticos e intelectuales, porque el genial músico barroco Johan Sebastian Bach tuvo nueve hijos en sus dos matrimonios. A nivel más local y en el terreno de la historia, para confirmar triunfante el apotegma de don Luis González, tenemos a don Elías Amador, indiscutible campeón en esta categoría, de quien se sabe procreó veinticinco hijos en sus dos matrimonios.

Pero volvamos a un local comercial denominado La Cadena, que fue a donde estuvimos a punto de entrar antes de interrumpir la secuencia de este prólogo, con mi impertinente reflexión sobre la vida privada de algunos difuntos. ¿Quién que haya nacido en los buenos años del siglo xx zacatecano no recuerda aquella esquina privilegiada de Hidalgo y García Salinas? Casi enfrente de la catedral, a un paso de la Plaza de Armas y viendo hacia el centro comercial por excelencia de la añeja ciudad, la antigua plaza mayor ya para entonces adornada por el Mercado González Ortega. Recuerdo haber entrado a la tienda un par de veces siendo niño y luego ya mayorcito, acompañando a mi padre que iba a comprar casimires, o al inolvidable veterinario Pancho Vargas Carrillo, descreído y decidor villanovense amigo de infancia del maestro y más tarde de mi señor padre. Ahora mismo me está diciendo Ángela, mi asistente, que su abuelo el licenciado Jorge Flores acudía allí con frecuencia, como muchos zacatecanos, para abastecerse de los finos casimires ingleses que demandaba la impecable presentación de un abogado litigante de polendas.

El propietario del establecimiento, siempre amable y educado como lo ha sido toda la vida, atingente, charlador y activo. Dueño y tienda, durante muchos años formaron un cuadro tan zacatecano como la mismísima Bufa. Contar con un local de esas características y ubicación, insospechadamente traería a la larga, pienso yo, consecuencias de singular importancia para un artista plástico con la acuciosa mirada de José Manuel Enciso. Pensemos en que atender La Cadena implicaba necesariamente mucho tiempo de permanencia en el centro de la ciudad, hecho que traía aparejada la posibilidad de visualizar no solamente las gastadas piedras de las fachadas, sino sobre todo a los numerosos lugareños de toda laya transitando por las banquetas, viandantes que pululaban por las calles principales en flujo multicolor que se reflejaría en el carácter de su obra.

 

 

[1] Este texto es un fragmento del prólogo de un libro sobre la obra del artista, que prepara su familia.

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