Por no entender el quinto patio

Por no entender el quinto patio

La imagen más elocuente surge del lado menos pensado; aparentemente en apoyo a Morena, a la entrada de la ciudad, cerca de Ciudad Administrativa, hay un anuncio espectacular que reza “¿Cansado de un jefe priista?”.
Quien lo colocó, quien lo diseñó al menos, parece no haber entendido eso de que “lo importante no es cambiar de amo, sino dejar de ser perro”, y si concedemos que es de Morena, tampoco ha entendido que el líder de ese partido dice con frecuencia en su discurso que no se trata de “quítate tú, porque sigo yo” de ocupar los cargos públicos.
Asumir como válido ese discurso es posible quizá para quien considera que un explotador mexicano es un mal menor en comparación con un explotador extranjero; para quien cree que a todos nos debe hinchar el pecho los nombres de los connacionales que aparecen en las listas multimillonarios de la revista Forbes, sea cual sea la forma en la que han obtenido sus fortunas.
El discurso está más generalizado de lo que parecería; entre los candidatos de derecha, pero también en los de izquierda puede escuchárseles presumir orgullosos la cantidad de empleos que generan, y esperando que el público encuentre en ello un gesto de generosidad, y no un justo intercambio por alguien que requiere fuerza de trabajo para hacer producir sus negocios.
Esa idea narcisista de que ser emprendedor o empresario, “arriesgar su dinero” –como sentidamente lo dicen- para producir empleos les da una autoridad moral e incluso intelectual para “orientar” las decisiones de sus empleados, es tan generalizada en ese sector, que ya no conoce de pudores democráticos.
En esa creencia, algunos de los hombres más ricos de este país han hecho nuevamente campaña contra uno de los candidatos presidenciales a quienes de antaño rechazan, Andrés Manuel López Obrador.
Así sucedió en 2006, y en mucha menor medida en 2012, cuando las probabilidades del candidato de llegar a la presidencia no eran tan optimistas como seis años antes, y como lo son seis años después.
Esta vez han encontrado un marco legal distinto al de hace doce años, cuando la ley les permitía adquirir tiempos de radio y televisión para difundir los mensajes que hoy abiertamente se admite salieron del cuartel de guerra de Felipe Calderón.
Ahora la ley contempla esas estrategias, pero también, se encuentran con un electorado que hace seis años enfiló su indignación no ya contra las instituciones públicas como el entonces Instituto Federal Electoral, los tribunales electorales e incluso los partidos políticos, sino contra las empresas como Soriana y Monex que facilitaron la compra de votos, y en particular la empresa Televisa, quien junto con la Organización Editorial Mexicana fueron muy cuestionadas por el movimiento #YoSoy132.
De entonces a la fecha muchas cosas han sucedido, la ciudadanía se ha politizado como puede confirmarse con el número de gente interesada en la información política, por ejemplo en los debates. El enojo social ha alcanzado a los poderes fácticos a quienes se les reclama su intervención para promover o denostar a un candidato, para falsear información, para comprar autoridades, conseguir arreglos, y hasta perdonar impuestos.
Es en ese contexto que en estas elecciones predomina el anhelo por un cambio de rumbo que sacuda las estructuras de poder incluidas las de poder económico.
Sin embargo no todos los candidatos han sabido mostrarse como la posibilidad de concretar ese deseo. José Antonio Meade, quizá por congruencia, quizá por debilidad, no dio muestras nunca a lo largo de esta campaña de pretender siquiera simular un cambio, y se mostró siempre como el candidato de la continuidad.
Jaime Rodríguez Calderón “El Bronco”, metido a la fuerza a las boletas electorales no pudo capitalizar ese sentimiento de cambio pese a ser candidato independiente en buena medida por su desempeño en Nuevo León, pero también porque su propuesta populista y salvaje resultó hueca y poca atractiva para el electorado.
Ricardo Anaya ha intentado abanderar ese anhelo de cambio sin mucho éxito, pues lo traiciona su historia. Cada vez que critica las reformas estructurales que enorgullecen al régimen actual se le recuerda que votó a favor en ocho de ellas, en dos se mantuvo ausente y solamente una rechazó; cuando intentó criticar a uno de sus oponentes para mostrarse como alternativa del sector anti-lopezobradorista se difundió el vídeo donde antes había llenado a Meade de elogios.
A medio camino entre ser el opositor del régimen actual, y serlo del que representa el cambio, ha tenido que ir del discurso beligerante contra Enrique Peña Nieto a tener que recular y aceptar una posible reunión con él.
Andrés Manuel López Obrador en cambio sembró la diferenciación desde su salida del Partido de la Revolución Democrática cuando éste iba a firmar el Pacto por México. De entonces a la fecha, ha venido construyendo el camino que lo ubicó durante todo el sexenio como el único opositor al régimen incluso cuando éste gozaba de todas las simpatías. Hoy 25 puntos de diferencia son esa cosecha.
Consciente quizá de los errores del pasado, en esta elección se cuidó de caminar equilibradamente entre ser opción de cambio de rumbo, y sin embargo no espantar con la incertidumbre a quienes están medianamente convencidos del camino actual. Su cercanía con personajes como Tatiana Clouthier, y otras figuras no mal vistas por la clase media le han librado de la imagen de radicalización.
En esta la última parte del camino ha encontrado también unos fabulosos aliados involuntarios, los magnates que se hacen ver asustados esperando contagiar su susto en un sector que para su sorpresa no los asume como amigos.
No han logrado entender que debajo del uniforme empresarial de sus empleados, éstos llevan las camisetas de sus familias, de sus cercanos, de sus hijos sin oportunidades, de sus parientes desempleados, de sus amigos asesinados, y que en la medida en que asumen a López Obrador como enemigo, más envían el mensaje de que la separación del poder económico del poder político del que habla el tabasqueño, va en serio.

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