EU: masacres que no cesan

EU: masacres que no cesan

Casi 60 personas asesinadas y más de 500 heridas fue el saldo de un nuevo ataque indiscriminado, ocurrido esta vez en Las Vegas, Nevada. Un hombre de 64 años que vivía en una lujosa comunidad de retiro, dueño de dos aviones, fue responsable de la peor masacre en la historia de Estados Unidos; el atacante murió en un intercambio de disparos con efectivos policiales, según reportaron las autoridades.

El episodio trágico sigue al pie de la letra un viejo guión que se repite con aterradora frecuencia en diversas localidades del país vecino: un individuo resentido y sin antecedentes penales importantes que decide asesinar a la mayor cantidad posible de personas, escoge un centro educativo, comercial o un concierto, vacía varias armas de fuego contra los presentes y luego se suicida o cae abatido por agentes del orden.

Ante esta recurrencia, Trump sólo lamenta los hechos y en su momento, el presidente Barack Obama se preguntó si los estadunidenses se han vuelto insensibles ante estas masacres; Barack Obama y el Senador Bernie Sanders en diversas ocasiones han manifestado su exasperación ante la imposibilidad de convencer al Legislativo de que establezca medidas de regulación de la tenencia de armas de fuego, y reconocieron que no es posible hacer nada para impedir que actos de barbarie de esta clase vuelvan a ocurrir en las próximas semanas o en los próximos meses.

Ciertamente, una legislación que permita al gobierno establecer un mínimo control sobre la venta de armas sería un paso en la dirección correcta, pero ello no impediría –como no lo impide en los países en los que se encuentran vigentes leyes de esta clase– que los artefactos mortíferos siguieran cayendo en manos de asesinos.

El problema parece ser más complejo si lo relacionamos con un Estado que históricamente ha propiciado la exaltación de la violencia y de la muerte como métodos legítimos de acción. Para no ir más lejos, decenas de condenados a muerte esperan su turno para ser ejecutados en diversas cárceles estadunidenses. Otro ejemplo de este extravío ético es el hecho de que Washington realizara bombardeos en la lejana Siria con el pretexto de salvaguardar la seguridad de sus ciudadanos, los cuales, a juzgar por los hechos, enfrentan una amenaza mucho más grave y concreta en su propio país: la de los desequilibrados que un buen día deciden poner fin a decenas de vidas, acuden armados hasta los dientes a un sitio concurrido o bien a su propio centro de estudios o de trabajo y provocan una masacre como la de ayer en Las Vegas.

No debiera pasarse por alto el hecho de que los gobiernos son ejemplo para sus respectivas sociedades, y que el estadunidense ha enseñado desde siempre a su población que todo puede resolverse mediante la destrucción, la muerte y la violencia armada, por más que las agresiones de Washington contra otros países no hayan logrado más que complicar los problemas que buscaban solucionar, como ha ocurrido en Medio Oriente, donde las devastadoras incursiones en Afganistán e Irak crearon el clima propicio para la expansión de la red terrorista Al Qaeda y, posteriormente, para el surgimiento del Estado Islámico.

Por desgracia, en tanto en Estados Unidos no tenga lugar una transformación profunda del poder público y de la ética política y social, masacres como la ocurrida ayer seguirán siendo inevitables.

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