Las comparecencias: rituales pseudo-republicanos

Las comparecencias: rituales pseudo-republicanos

Cuando actos republicanos se convierten en actos cuasi-religiosos, se presentan las paradojas. Ya Rousseau proponía una religión civil, donde los símbolos que representaban a la nación se hacían objeto de culto para generar apegos o cohesión alrededor de la fuente de la voluntad general. Sin embargo, a lo que nos referimos no es a eso, sino al hecho de convertir los eventos del poder público en fetiches. Esto es, el evento mismo se convierte en un fin. El evento de informar se pone en primer plano y el contenido de aquello que se informará pasa a segundo plano. El formato del evento, quiénes y cuántos asistieron, dónde se sentaron, cómo se conformó el presídium, quién habló después de quién, y así, todos los elementos del protocolo se convierten en lo importante. Los informes, las obligaciones de rendir cuentas como las comparecencias se han convertido en formatos de fetichismo protocolario.

Eventos sin contenido. Ya no sólo son los informes, donde la apoteosis del fetichismo es manifiesta. También sufren de lo mismo las comparecencias. Asiste un funcionario al pleno de la Legislatura, expone un tema de ‘los avances’ de este gobierno en algunas metas planteadas en el Plan Estatal de Desarrollo o de casos como el de Salaverna, los legisladores escuchan, se distraen con cualquier cosa para superar el aburrimiento, desde mensajes vacuos hasta videojuegos, termina la exposición y luego le preguntan al ponente cuestiones generales sobre el tema, el funcionario responde ‘con todo respeto’; para terminar, la oposición hace críticas sobre ‘las fallidas políticas del gobierno’, en ese mismo tono genérico. Al final del día, los programas quedan incólumes, sin un ápice de modificación y todo sigue igual. Pero se llevó a cabo el evento y durante todo ese tiempo se devengaron salarios por varios cientos de miles de pesos. Es el oneroso costo del inútil ritual pseudo-republicano.

Los legisladores podrían hacer las cosas de manera distinta, o como dice el eslogan del actual gobierno, ‘hacerlas diferente’, pero no ocurre así. Si los diputados tuvieran evaluaciones de los programas, y tuvieran espacios serios para analizarlos (y la ilustración para realizarlos), entonces la cosa sí que sería diferente: tendrían contenidos que ofrecer y el debate sería más allá de un protocolo en el cual hasta los reclamos de la oposición están previstos. Y luego, después de exponer evaluaciones serias a los programas comparecidos, los diputados tendrían la posibilidad de hacer exigencias de modificación de los mismos, lo cual podrían a los pocos meses ligar al presupuesto. Esto es, ligar las exigencias de que mejoren los programas a su fuente presupuestal. Eso sí sería actuar realmente diferente. Pero hacerlo así significaría llevar a cabo un formato diferente, a lo cual no parece que estén los diputados dispuestos: se ha hecho el planteamiento varias veces y hacen que la virgen les habla. Si a los eventos se les dotara de contenido y frutos concretos entonces se echaría abajo el fanático fetichismo vacío, pero gozoso para los amantes del protocolo. Pero los ciudadanos no amamos eso, somos amantes de los resultados y el mejoramiento del nivel de vida.

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