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¡Qué diantres!

¡Qué  diantres!

Recientemente apercibieron al restaurante “The Milk Brewpub” y a otros negocios aledaños de manera arbitraria – porque el hacerlo con unos negocios y con otros no, es hacerlo arbitrariamente – por parte de la Junta de Monumentos Coloniales, para retirar mobiliario y elementos externos al negocio; algunos de estos elementos, que son unas vallas con macetas que delimitan el espacio exterior, deberemos de cambiarlos – léase bien -por otros más “sobrios”, mi pregunta es ¿quién definirá aquello que es sobrio?, al parecer les parecen entonces demasiado extravagantes, pero ¿quién nos podrá clarificar acerca de lo que es extravagante?, nada menos frente a los negocios en cuestión existen una serie de “macetones” que a mí en lo particular me parecen, aparte de faltos de mantenimiento, muy feos, y no por eso aspiro a que el pueblo entero comparta mis gustos. También manifiestan que deberán ser más “ligeros”, no se habla de alguna referencia específica a pesos, suponemos que vinieron a cargarlos para ver si eran lo suficientemente ligeros, pero propongo una alternativa equivalente: contrataremos personal más “fuerte”, de la misma manera les propondremos que cada ciertos días se presenten a hacerles examen de fortaleza para ver si cumplen con sus “estándares” (léase “estándares” en tono irónico, nunca sarcástico). Por otro lado dicen ellos, privatiza el espacio público, cuando lo que hacemos es darle un uso, con el debido permiso cobrado por parte de la autoridad competente (como lo hacen una infinidad de microempresarios en los espacios públicos de todas las ciudades de este orbe, no sé en otros), para otorgar un servicio. Pero nos preguntamos, si cambiásemos las vallas por macetones, que es lo que ellos proponen, ¿cambiaría así el destino o el espíritu del uso de ese espacio? o es que haciéndolo así ¿concordaría con el “gusto” (nadie sabe si bueno o malo) de quienes emiten su juicio en ese organismo erigiéndose así en eminentes y entusiastas decoradores de exteriores?…

Otra reverenda tontería (por decir lo menos): Los nombres que están rotulados al exterior están en idioma extranjero (The Milk Brewpub e Il San Patrizio Caffé ), y deben ser cambiados o eliminados ipso facto; con el debido respeto pero, ¿qué p&%#@ les importa cómo es que queremos nombrar a nuestros negocios para que sean identificados por nuestros clientes?, no somos nosotros “educadores” del pueblo, ni promotores de tradiciones, ni guardianes de la lengua castellana ni mucho menos souvenir para turistas extranjeros. Tenemos todo el derecho del mundo, como lo tiene cualquier otra persona, de anunciar nuestros establecimientos al exterior de los mismos respetando las normativas en cuanto a forma, no así en contenido, siempre y cuando no sea ofensivo a los demás; es nuestro asunto si decidimos nombrar a nuestros negocios en otro idioma o si anunciamos bebidas, drinks, cafés o coffee, súmese a esto que con mayor razón en una ciudad que busca ser turística.

El tema del idioma en rótulos en el Centro Histórico data de tiempos pasados en que a un señor que hizo mucho por él (por el Centro Histórico), le parecía que no era correcto escribir textos en inglés en las fachadas y se sentía con el derecho de arrancar anuncios sin ningún procedimiento ni dictamen ni autoridad, más allá de la moral. El problema entonces es de origen, ya que proviene de una apreciación personalísima que quizás tenía cierta justificación en su tiempo y espacio (aunque no hace sentido si tomamos como ejemplo infinidad de casos de la época, e incluso anteriores, en ciudades, por decirlo de alguna manera referentes en el tema de su conservación arquitectónica y cultural, donde los comercios tomaron nombres ajenos al idioma propio del lugar donde se establecieron: Lhardy o Embassy en Madrid; librería Shakespeare and Company, en París; o el mítico Harry’s Bar de Roma que data de los 50 (previamente el local lo ocupaba, desde 1918, una pastelería llamada…¡Golden Gate!]), pero que no la valida por haber sido unipersonal, si bien respaldada por los infaltables incondicionales y devotos de siempre; así el dilema es cómo a un punto de vista, que es muy respetable pero es totalmente erróneo, se le convierte en dogma inapelable ya que, al conferírsele al susodicho señor, tal como al Papa, el don de la infalibilidad, sus preceptos se convierten en (literal) Ley, como si hubiesen sido generados a partir de la inspiración divina. Fallida y tristemente se intenta hacer émulo en pequeño de los predecesores, de sus álter ego, una aurea mediocritas que estira entre la aplicación a rajatabla de la Ley y la interpretación de la misma sostenida en un criterio sin consulta. Hagamos un ejercicio: imaginemos que en Los Ángeles o Nueva York se prohibiera en ciertas zonas, bajo pena de reprimenda, multa y escarnio público (vía sellos), el poner anuncios externos en otro idioma que no fuese el inglés, con el argumento del menosprecio y atentado contra el valor histórico y cultural de la zona, o a la conservación de las más auténticas y típicas tradiciones norteamericanas, o a la preservación y protección de la lengua original contra la influencia de extranjerismos o formas culturales extrañas: ¡Xenofobia, discriminación, intolerancia, nacionalismo, neofascismo!, y lo mismo aplicaría para Paris, Venecia, Bagdad, Hong Kong, o Sao Paulo… ¡reverendísima tontería avalada por la autoridad, y más en estos tiempos globalizados y tendientes a extremismos idiotas!

Y no es todo, en sus socorridos reglamentos (que están, aparte de mal hechos, muy, pero muy por debajo de los derechos que la Constitución nos otorga para hacer negocios y dar empleo con el debido permiso de la autoridad municipal, estatal o federal, no de decoradores gubernamentales), refieren que solo se permitirá anunciar en idioma extranjero a franquicias con nombre registrado, mi pregunta es: ¿qué valor estético, cultural, típico o identitario aportará el hecho de que los derechos del nombre anunciado estén registrados ante el IMPI o sean propiedad de una empresa franquiciadora? Wtf!! (siglas de cierto vulgarismo del idioma inglés), huelga decir que el centro está plagado de anuncios en otros idiomas (Dely’s, Coppel, Starbucks, Class, Fussion, McDonalds, Fancy, Oxxo (español no es), Saluti, Favorissima). Ni qué decir del tema de las sombrillas, mismas que no deben tener logotipos externos (como sucede en toda ciudad turística con características histórico-culturales similares (exceptuando quizás algunas de Corea del Norte o bajo régimen talibán), y si los tienen, deben estos estar por debajo (wtf again!! o debería decir: ¿!diantres!?), y si osara algún temerario a usar sombrillas con logotipo por encima, le serán de inmediato puestas por parte de la autoridad encargada del resguardo y estética visual urbana de las zonas típicas del Estado, bolsas de camiseta pegadas con cinta gris sobre el mencionado logotipo para así evitar exponer a propios y extraños a las heréticas publicidades de la Pepsi y otras siniestras organizaciones; preguntémonos otra vez: ¿abonará esa medida a la estética de la ciudad?, ¿a la salvaguardia del patrimonio?, ¿a la protección del entorno urbano?, ¿cabría en un remoto caso el aplicar la cordura y el criterio, o en un hipotético e improbable caso, el asesorarse con expertos en el tema?, o es una aplicación burocrática de la norma; desconozco si la especialidad académica de esos funcionarios les asista. En fin, aspiremos a que, en esta serie de temas, el criterio y la flexibilidad fundamentada con la opinión de expertos y de todos los actores que vivimos el Centro Histórico prevalezca, y no lo sea el criterio unilateral y desdibujado de quien justifica su trabajo haciendo escarnio de los que, por apostarle al centro con inversión y generación de empleo serio, sobresalimos y nos hacemos más visibles; bastante trabajo y más concienzudo deberían destinar a otros temas, obras y proyectos (similares a los de Plaza de Armas y Alameda que tan veloz y diligentemente autorizaron a pesar de existir voces contrarias, caso nulo en nuestros casos), dignos de análisis profundos, que seguramente vendrán para bien o para mal según la visión de cada quién. Para nosotros, nuestro proyecto aporta valor, es mi punto de vista, y como dijo el poeta: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según del color, del cristal con que se mira”. ■

 

*Empresario restaurantero

 

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