El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

No recuerdo dónde o de quién escuché la historia que ahora transcribiré. Aun así la comparto ahora con mi estilo: agregando, quitando, modificando lo que me parezca pertinente. Seguramente la anécdota es ficticia, pero ilustra muy bien el comportamiento de muchos mojigatos que exhiben demasiado su estupidez.

Se cuenta que en las afueras de un pueblito se hallaba un cerro muy alto, y en su cumbre una ermita sin más muebles que un catre. Sobre la falda del cerro se encontraba una sola casa, donde vivían una leñadora viuda y sus dos jóvenes hijas.

Una mañana tocó a la puerta de la leñadora un varón rapado que vestía una túnica raída y llevaba colgada una cruz de madera. “Buenos y santos días le dé Nuestro Señor”, recitó él cuando ella abrió. El hombre no esperó a que la señora lo invitara a pasar y penetró al pequeño comedor por donde se esparcía el aroma de avena caliente. La leñadora no tuvo más remedio que compartirle una taza del alimento que aún humeaba. Las muchachas tuvieron que dejar de comer porque el varón les ordenó que esperaran a que él, hombre entregado a la oración y la meditación, bendijera los alimentos. La señora apretó los labios y aceptó que se diera tal ceremonia.

Cuando él terminó de engullir el cereal, planteó a la viuda el propósito de su visita: él vivía en lugares solitarios dedicado a la oración por la humanidad y a la meditación “en la presencia de Nuestro Señor y su espíritu divino”. Ahora subiría al cerro para habitar varios meses en la pequeña ermita de la cumbre, pero requería que durante ese tiempo se le diera de almorzar, comer y merendar. Por la cercanía con su próxima morada, la señora era la elegida para hacer la caridad al ermitaño. “A cambio, yo estaré orando permanentemente por la salvación de usted y de sus hijas”.

A partir de ese día, la leñadora tuvo que aumentar su esfuerzo cotidiano. Además de cortar leña y llevarla al pueblo a vender, además de atender a sus hijas, en cada jornada tenía que subir y bajar tres veces al cerro para alimentar al hombre que ocupaba la ermita. En algunas ocasiones sus hijas se ofrecían a ir en lugar de ella, pero la viuda se negaba.

Tras treinta días de cocinar y llevar el alimento a la cumbre del cerro, la leñadora preparó la merienda y llamó a su hija más pequeña, de dieciséis años. “Embellécete como sabes hacerlo, perfúmate y no cubras tu cuerpo con más que aquel vestidito que te he prohibido usar. Esta noche serás tú quien suba al cerro. Veremos si realmente vale la pena regalar nuestra comida al que se la vive en oración”.

Siguiendo las instrucciones de su madre, la atractiva joven tocó a la puerta de la ermita. Fue muy grande la sorpresa del hombre, acostumbrado como estaba a que sólo la viuda llegara a ese aposento. Mientras él merendaba, de pie, dando la espalda a la hermosa niña, ella recordó lo que tenía que hacer: por eso dejó que el vestido cayera en el firme del cuartito. Después recostó su cuerpo desnudo en el catre. El hombre no advirtió esto, hasta darse vuelta para entregar los trastes sucios. Entonces abrió los ojos desmesuradamente y comenzó a gritar.

“¡Pero qué te pasa! ¡Lárgate de aquí, tentadora, hija de Satanás, no lograrás arrastrarme al pecado! ¡Fuera! ¡Fuera!”. Como pudo, la joven recogió su vestido y soportó el empujón del hombre sobre su hombro derecho cuando él la sacaba y atrancaba la puerta. Todavía desnuda, con la prenda entre sus manos, se sentía confundida, pero también fortalecida por el amor a su mamá.

De vuelta en casa relató a su madre y hermana lo sucedido en la cumbre del cerro. “Gracias, hija. He escuchado lo que me imaginaba que pasaría y ahora confirmo que hemos desperdiciado nuestra comida. Si realmente fuera un santo, ese mojigato estúpido y egoísta se hubiera sentado en el catre contigo, te hubiera vestido y te hubiera platicado sobre la virtud y el amor de Dios”.

 

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