El Canto del Fénix

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Los tardíos

Considero que resulta difícil valorar lo que se consigue con facilidad; incluso con la debida oportunidad. La ventaja puede ser peligrosa en tanto que convierte más en obsequio lo que debería ser un logro. Respecto a si he vivido esta teoría en la práctica… creo que el fato se ha empeñado, y jamás se tome como queja, en que sea yo un tardío en todo, quizá para que me aferre a tanto don que lamentablemente otros desecharon en medio de su precocidad.

Eso que llaman oportunidad palabra incorporada al español cerca de 1440, compuesta por ob, de frente, y portus, puerto me ha sido una estrella minúscula, siempre distante, siempre promesa. Por fortuna soy navegante pertinaz y he sabido atenerme a que así sean las cosas. Intento, incluso, sacar partida a esa condición o aparente destino.

Soy tardío, por ejemplo, en haber desarrollado pubertad, en haber tenido novia, en haber dado el primer beso, en publicar mis escritos, en casarme, en traer al mundo el primero y segundo hijos. Estoy siendo tardío en lograr una estabilidad laboral, en poder divulgar lo mejor que he cultivado. Estoy siendo tardío en tantos y tantos aspectos de los que aquí no escribo, por conservar el énfasis en el tema y no en quien lo suscribe.

Es posible que los tardíos nos acercamos con mayor humildad, pues, a los nuevos panoramas. Se nos ha adiestrado, o siniestrado, para que ansiemos notablemente lo que en ocasiones anteriores se nos ha aplazado o de plano negado. Es muy posible que gritemos más nuestras respuestas a la hora en que la Vida, así con mayúsculas, nos pregunta si estamos dispuestos a ser fieles a eso que hasta el momento nos ha sido sólo promesa.

Creo que los tardíos existimos para dar más culto a todo aquello que lo merece. Aquí asentaré un verbo cuyo sonido me gusta mucho: Aquilatar. Los tardíos aquilatamos las oportunidades que ya no son tan oportunas, como quien es iluminado por estrella vieja. Incluso en los santos que venera el catolicismo puede apreciarse cierta clasificación similar. Los hay quienes desde niños llamaban la atención por toda la gracia que derrochaban: Luis Gonzaga, Juan Berchmans, Teresita de Lisieux… pero también los cabestros que tuvieron múltiples tropiezos y ningún atajo, que por mucho tiempo estuvieron perdidos y por eso fueron tardíos: Saulo de Tarso, Agustín de Hipona, Teresa de Ávila, Íñigo de Loyola.

Insisto: yo no soy santo, pero sí tardío. Reconozco las desventajas que durante este caminar han arañado a mis piernas. Reconozco que, en contraste con otros, mis pies han estado descalzos, y quizá por eso muchas veces me he quejado más que esos otros, y he llegado mucho después que esos otros. Mi valor agregado y el de cualquier otro tardío, miren que somos varios es que no estoy dispuesto a soltar lo que alcanzo al llegar a cada meta.

 

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