El Canto del Fénix

El Canto del Fénix
  • El río ahora infeliz

Tecleo éste en la comunidad Mexiquito, Huanusco, a escasos 30 metros del río Juchipila: ese animal líquido que hace décadas corría brioso y puro, torrente de vida.

Hace medio milenio lo admiraron los caxcanes. Lo admiraron el rubio Pedro de Alvarado, el gran Perote, y sus ambiciosos soldados gachupines. Tres siglos después se maravilló ante el río y lo cruzó un sacerdote llamado Felipe, apodado Hormiguita, de quien dicen los viejos que ideó construir un santuario a la Virgen de Guadalupe en la cima del Cerro de La Cantera, allá en Jalpa, aproximadamente en 1880.

El Juchipila fue río blanco durante muchos años, cuando los municipios ni siquiera eran pueblos, sino villas. La villa nueva donde se venera a Judas Tadeo, el poblado Mecatabasco, la tierra de Huanusco, la villa Xalpan, sobre el arenal, y Apozol. Más adelante la tierra de las flores, Xochipilli, que dio nombre al torrente, y Moyahua, tierra de los valientes Estrada Reynoso.

Fue río blanco durante muchos años, cuando los municipios eran todavía ingenuos y en ellos no se desarrollaba malicia ni civilización avanzada (quién sabe hasta qué punto pueden ser sinónimos). Los niños y los señores dedicaban horas de solaz para convivir en su ribera y bañarse mientras pisaban sus piedras naranjas y rojas.

Fue el villanovense Antonio Aguilar quien, en su excesivo emprendedurismo, visualizó al río Juchipila como protagonista de muchas de sus películas. Recordemos que el paisano no sólo se hizo actor, sino también guionista y director. Siempre que la historia pedía un río, ahí estaba el Juchipila rodeado de mezquites y chicharras.

Durante mi niñez tuve la fortuna de escuchar muchas historias sobre el torrente por parte de mi padre y mi madre. Ambos conocieron al río a su modo: mi papá en sus paseos escolares; mi mamá, en las faenas que implicaba lavar ropa en el ojo de agua caliente de San Miguel, hoy cercado y llamado pomposamente Paraíso Caxcán.

Mis padres alcanzaron a bañarse en ese río que todavía en 1964 conservaba cierta transparencia. Cuarenta años después yo también me metí varias veces, incluso en noches, a un río Juchipila, pero ya no el mismo que bañó a mis viejos: éste es una serpiente verde y en ocasiones maloliente. Tiene muchas escamas sospechosas, ya no canta con la misma voz de canica rebotona. Ya no es el torrente del que escribió Tomás Mojarro en sus cuentos o el que visualizaba Mauricio Magdaleno en los guiones de sus películas.

Este río es destino de drenajes municipales. Cuando trabajé en la radiodifusora de la región, recuerdo, venían recurrentes las quejas telefónicas porque los pobladores de Juchipila, Jalpa y Tabasco se acercaban a él para tirar cadáveres de perros y gatos, o colchones viejos o desperdicios o latas de cerveza.

No me desgarro las vestiduras: no me va. Sí quiero que los vecinos de los pueblos que conforman el cañón de Juchipila asumamos las consecuencias de lo que hemos hecho o permitido en las tres décadas más recientes. Algunos hemos pedido a los gobiernos que se sanee el río que tanto orgullo llegó a darnos. Sin embargo… ¿de qué serviría invertir tanta millonada, si en dos o tres años podemos contaminarlo otra vez? ¿Para qué queremos algo limpio si no sabemos conservarlo así?

El río ahora infeliz sigue trasladando desechos. Desechos nuestros, lo tecleo con vergüenza. Los afectados seguiremos siendo nosotros, y lo asiento en los dos sentidos de la palabra. Somos afectados de por sí: no queremos comprender que es insano descargar drenajes a un río y encima convertirlo en nuestro basurero. Con esa inconsciencia y pereza nos producimos una afectación: los afectados en nuestra educación nos afectamos con las consecuencias.

El río antes pleno era reflejo de anteriores generaciones. El río ahora infeliz nos refleja quizá en su cresta apestosa, cargada de enfermedad y basura.

 

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