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El hartazgo hacia la clase política: reflexiones en torno a la decadencia

El hartazgo hacia la clase política: reflexiones en torno a la decadencia

En el mundo hay una ola de protesta por motivos similares y en formatos parecidos. Los indignados ahora en Brasil y Turquía, protestan contra las alzas, bajos servicios públicos y corrupción. El motivo de fondo es la monopolización ilegítima de poder, riqueza, información y conocimiento; y la consecuente marginación social que acarrea dicha monopolización. Un conjunto de políticos acaparan el poder, y lo usan para engrosar sus bolsillos privados, es la política como crematística, los actores políticos detrás del poder para hacer uso de los recursos públicos en forma privada. Doble privatización en un solo acto de lo común: el poder político y los recursos públicos. La clase política es mantenida por todos los ciudadanos, de nuestros impuestos se les paga el salario, y además, desvían una parte importante de estos recursos a sus cuentas privadas. Parasitocracia combinada con corrupción: decadencia. En las campañas políticas, como la presente, hacen uso de esos mismos recursos públicos para comprar la voluntad de los pobres a cambio de comida y con ello, su pervivencia en el poder. Parasitismo que termina enfermando al cuerpo que hospeda. Se acumulan los casos de escándalos por corrupción: dirigentes partidarios, gobernadores, dirigentes sindicales, presidentes municipales, mandos medios de la burocracia estatal, etcétera. De Granier y Elba Esther, hasta Rafael Flores, se amontonan incidentes a diario; con ello, también se acumula el hartazgo. En todas las declaraciones de los candidatos independientes sobresale un testimonio: donde tocan puertas se topan con la expresión de hartazgo, pero con un agregado clave, su agresividad. Algunas de las personas muestran agresividad al externar su fastidio. Pero es un hartazgo estéril que no se mueve hacia la solución del problema. Está fragmentado y aislado. Se vive como frustración individual. Pero este disgusto puede convertirse en indignación. Lo que ocurre con los movimientos de indignados en el mundo es la constitución de multitud: se reúnen los ciudadanos en su entera pluralidad, sin pasar por organizaciones centralizadas o ideologizadas, sino a partir de las redes de comunicación, las cuales no permiten erigir liderazgos permanentes ni dirigencias centrales. La multitud no es tampoco expresión masiva de alguna entidad social unitaria: una clase social, una pertenencia o una ideología. La multitud es plural e incierta. En Brasil, comenzó con el tema del transporte y ahora pide la pena de muerte a los corruptos. La multitud es articulación horizontal del enfado. En Zacatecas vemos un hartazgo agresivo, si lograra articularse es muy probable que lo haga de forma explosiva; como muchos de los movimientos sociales en México, a la manera de un grito. La pregunta obligada es ¿cómo convertir ese hartazgo en una fuerza fértil para no sólo aspirar a la protesta de la multitud, sino a la conformación de un poder constituyente?, ¿cómo articular la potencia? Para ello, independientemente del camino que tome la inconformidad de la sociedad respecto a la clase política, se deben pensar nuevas formas institucionales de organizar la representación social y de morfología del propio Estado. Debemos diseñar y correr experiencias de formas de representación directa de la sociedad a partir de sus territorios y sectores de acción, sin mediación partidaria. Además, hacer propuestas de cómo funcionaría un Estado no-burocrático, sino centrado en su capacidad de relacionarse con los actores sociales: un Estado relacional. Si logramos hacer de estos dos temas los ejes de un paradigma que atraiga la atención de la multitud, podemos hacer que el hartazgo se convierta en una potencia fértil de nuevos órdenes sociales.
Pero el conjunto de los partidos políticos no sólo son agencias de mercaderes, sino de mentecatos: la figura del Estadista hace tiempo desapareció. Con la importancia ascendente de los asesores, el centro de gravedad del pensamiento se trasladó hacia afuera de la nómina de la clase política. Dedicados a la pura mecánica de la conservación de su poder, abandonaron el estudio de la sociedad. Se convierten en sujetos que toman consignas y las siguen como loros. Una prueba excelente de esto último es el debate sobre la llamada reforma educativa: los funcionarios no pueden mantener debate alguno con los opositores, porque siguen consignas inyectadas de la OCDE. Cuando los entrevistan son papagayos que repiten fragmentos aprendidos. Así, vemos desfilar a candidatos haciendo de la política no solamente una crematística, sino una chabacanería.

En suma, la decadencia anuncia la crisis de una clase política separada y viviendo en el reciclado de sus propios cuadros. Y si está separado, el pacto está roto; y se mantiene a fuerza de dinero público. Si no fuera por el dinero, las campañas no se harían: no hay fuerzas voluntarias en las mismas, todos los promotores son pagados. Por tanto, una de las claves es exigir la disminución considerable en los presupuestos para las campañas. Y más: cambiar radicalmente el formato para las mismas bajo el principio de eliminar la fuerza del dinero en ellas. Al hartazgo le hace falta articularse, esperemos y eso ocurra. ■

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