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“No hay migrantes en territorio sagrado”. La comunidad wixárika de Zacatecas.

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Por: Guillermo Andrés Espinosa Rubio •

Según los últimos censos, se estima que en Zacatecas habitan poco más de cinco mil personas autoadscritas como indígenas; casi la mitad de ellas serían wixaritari. Poco peso tiene esta estadística cuando un monolito institucional nos enseñó a repetir como letanía que en Zacatecas no hay pueblos originarios, que aquí se extinguieron los pueblos originarios. Se nos educó para admirar el pasado colonial, los conventos y las catedrales, como si las ciudades en este territorio hubiesen emergido espontáneamente, un capricho natural como sus cerros o la plata de sus minas. Cuatro conquistadores ostentan más relevancia en el discurso oficial que el crisol de pueblos indígenas, tradiciones mesoamericanas, chichimecas y africanas que aquí se congregaron, conformando los cimientos del primer gran mestizaje cultural y étnico de México. De poco serviría ya evidenciar el sincretismo religioso, los nombres de los barrios populares, la medicina tradicional, las fiestas, danzas y prácticas comunitarias de innegable raigambre indígena; la discusión se fue erosionando hasta terminar reducida a una fría estadística en manos de fríos estadistas. Hoy sabemos que fueron decisiones políticas del siglo XIX las que escindieron un territorio comercial, cultural y geográficamente afín como la sierra wixárika de Zacatecas, decisiones políticas del siglo XX las que convirtieron nutridas sociedades pluriétnicas en homogéneos pueblos mestizos. Finalmente, nuevas coyunturas políticas vuelven a poner sobre la mesa el debate de los pueblos originarios en la entidad. 

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Es comprensible que, en un estado con espacios políticos tan cooptados por rancios abolengos, la tentación fuera demasiado para aquellos dirigentes advenedizos. La primera señal de alarma fue la exponencial proliferación de gubernaturas indígenas en Zacatecas, cada una de ellas presidida por mestizos sin ninguna relación -o empatía- con los pueblos originarios, exhibiendo sin empacho una frentoso desconocimiento de la realidad sociohistórica y económica de estas comunidades en la región. Imaginaron que unos bastones adornados, penachos y sahumerios serían suficientes para ostentar legitimidad; y, por increíble que parezca, la estrategia les funcionó durante un tiempo. Poco después, ya no bastaron las despensas, las cobijas ni las carteras de huevo para ganarse el favor de la población wixárika, vulnerable pero reticente. Entonces, a cambio de una fotografía o de documentación para lograr fines personales, pasaron a otra máxima política de ofrecer promesas vacías: terrenos y casas que movian el gran anhelo de los wixaritari por fundar una comunidad propia en Zacatecas. Como narra una joven estudiante wixárika, nacida en estas tierras: “Nos usaron hablándonos bonito, haciendo los desfiles, supuestamente para que nos vieran los gobiernos de aquí, pero creo que era nada más para ellos acomodarse bien y quedarse con las cosas que eran de nosotros”. Estos políticos de ocasión no dimensionaron el daño que provocaban a comunidades tan estrechamente entrelazadas, sembrando miradas suspicaces y señalamientos mutuos. La jóven continúa “(…) los mismos wixaritari estaban diciendo que nosotros lucrábamos con nuestra propia cultura, que nada más se burlan de nosotros”. Es tanto el temor a estos reproches y tan pocos los beneficios que los wixaritari prefieren no postularse como representantes de su gente. Por ello debe reconocerse la enorme hazaña que implicó que este mismo año se dieran a la tarea de consolidar una organización propia, constituida exclusivamente por pueblos originarios, conocida como “Haiku Yuawi pueblos originarios y sitios sagrados wixaritari de Zacatecas”. No obstante estos logros, las gubernaturas indígenas apócrifas, con la anuencia del Congreso local -entre otras instituciones-, siguen ocupando casi todos los foros de diálogo y participación. Así, la historia se repite.

Tratemos de imaginar por un momento la condición de doble o triple extranjería que estas poblaciones experimentan y sufren en Zacatecas. No lo suficientemente “indígenas” para el reconocimiento del gobierno estatal, y muy “amestizadas” ante sus comunidades de origen: “En nuestro pueblo ya no nos quieren, ya nos sacaron de allí; dicen que ya somos más zacatecanos que de allá”, continúa el testimonio. Incapaces de asumir los pesados cargos tradicionales en la sierra y frenados por la muralla burocrática que les imponen las vías institucionales en las ciudades, los accesos políticos de estos wixaritari se reducen al mínimo. Aparecen entonces las dependencias locales para restregarles lapidarias sentencias: “Aquí ustedes son indígenas migrantes”, decreta el instituto electoral; “aquí no hay autoridades reales”, expone un comisionado agrario; “aquí no existen verdaderas asambleas”, remata un representante del INAH. ¿Qué queda entonces en Zacatecas para los pueblos originarios? Un exilio obligado, un limbo al margen de la ley, donde sobreviven asediados por la falta de oportunidades, la depresión, el alcoholismo y una violencia imperante que ya ha cobrado su cuota, desgarrando a esta comunidad en años recientes.

Ante este nivel de desamparo, lo más lógico para estas familias sería renunciar a cualquier ambición política. Pero históricamente la estrategia de este pueblo ha sido distinta. Saben que las facciones, partidos políticos, instituciones y gobiernos van y vienen, son pequeños engranajes de una política superior, si se quiere, de una cosmopolítica. Ya que mientras sigan fieles a sus tradiciones, siempre contarán con el beneplácito de sus deidades, en quienes reside la verdadera potestad. 

Según la interpretación de sus cantadores (mara’akate) , todo Zacatecas es tierra sagrada, pues el territorio mismo fue modelado por los pasos de los kakaiyarite, sus ancestros deificados; una familia prometeica en su recorrido de la costa del pacífico hacia el oriente “cuando movieron la tierra, antes todo era el tepetate, era blandito, dejaron sus huellas en los lugares sagrados”, estos son la Bufa, el cerro de la virgen o Makwipa (cerro del padre) entre cientos de otros espacios en la entidad. Estos espacios sagrados expresan una forma cabalmente política de hacer comunidad para la población wixárika en Zacatecas, son vectores vital es de congregación, diálogo, discusión y de reciprocidad mutua. Con grandes sacrificios por una economía que vive al día,  los wixaritari aquí asentados comienzan los preparativos para recibir a sus peregrinos; los jicareros que repiten anualmente la gesta cosmogónica hacia wirikuta.Levantando con sus propias manos el adoratorio ceremonial (xiriki) que albergará las ofrendas para pedir por la lluvia y las bonanzas de la tierra. Bajo esta premisa, se entiende que la familia y la comunidad son el origen mismo del territorio, y no al revés, como pretende imponerse desde una óptica estatal. Partiendo de esta filosofía fundacional, cabe preguntarnos: ¿quién realmente está migrando en estas tierras?

Pero mientras ellos construyen comunidad, aferrándose a sus tradiciones, el xiriki en Makwipa es vandalizado e incendiado por tercer año consecutivo, ante la inoperancia de las instituciones y el desdén de una sociedad que vuelve a darles la espalda. “Nosotros ya nos consideramos zacatecanos. Ojalá el gobierno, el presidente, las personas importantes nos hagan caso para que se tomen medidas, que procedan las denuncias, porque esto ya no debe quedar así injustamente. Los españoles, los teiwari, así nos consideran, dicen: ‘Son analfabetas’. ¡Esa es la palabra! Que no sabemos, que no podemos. Pero nosotros tenemos que desmontar ese tipo de cosas, para generar nuestra propia conciencia”. Ante este final reclamo, surge la interrogante: ¿De quién es la responsabilidad de tomar conciencia? ¿De un pueblo que asume sin concesiones su identidad étnica y zacatecana simultáneamente, o de nosotros, los taimados teiwari, atrapados entre la negación de nuestras raíces y una obstinación de “hablar por” y no “con” los pueblos originarios?

*Antropólogo, pasante del doctorado en ciencias sociales por parte del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana. Actualmente realiza una investigación sobre la población wixarika de Zacatecas.

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