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La escritura experiencial de Jorge Valdés Díaz-Vélez

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Por: MIGUEL CANSINO ASSENS •

La Gualdra 726 / Poesía

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Para aproximarse de manera justa a los poemas que integran el cuerpo de La puerta giratoria, de Jorge Valdés Díaz-Vélez, se requiere por parte del lector una doble y paciente virtud: primero, la fortuna bibliográfica de hallar un ejemplar de su escaso tiraje y, luego, la disposición espiritual para leerlo con una atención verdaderamente vertical. Publicado originalmente en el emblemático mes de abril de 1998, este libro representa un título de plena madurez lírica y consolidación formal. Si el hecho de merecer el prestigioso Premio de Poesía Aguascalientes funciona ante el lector como una inmejorable carta de presentación, en la cronología de nuestras letras opera también como un cierre simbólico y crepuscular del siglo XX: conviene recordar que aquel mismo año registra, además, la muerte física de Octavio Paz, clausurando una era entera de la poesía mexicana.

El Premio de Poesía Aguascalientes, que para entonces contaba ya con treinta años de historia y decantación, había logrado consolidar una tradición contemporánea fundamental, reconociendo a aquellos autores encargados de reinventar el tejido del verso y dinamizar los vasos comunicantes de la literatura. Basta con volver la mirada hacia ejemplos fundacionales de dicho galardón, tales como Juan Bañuelos y José Emilio Pacheco: cada uno poseedor de una lírica radicalmente distinta, pero compartiendo una idéntica pasión poética que deja una huella imborrable en el idioma. La puerta giratoria no está en absoluto exenta de esa misma intensidad; por el contrario, su lectura confirma la impecable capacidad del autor para capturar imágenes que deslumbran al ojo crítico y registrar, mediante la fijeza de la palabra, el itinerario vital de un auténtico hombre de letras.

Los poemas, leídos hoy con la saludable distancia de su primera publicación, se revelan como la muestra madura de un verso sumamente concentrado, reflexivo y limpio. Cada pieza detona en el oído su propia energía: rítmica, apasionada y deslumbrante en su factura. ¿Qué significa esto en realidad antes de ingresar al examen de un poema particular? Significa mucho: la obra se conforma como un todo que devela el cuerpo perfecto de su poética. Por un lado, encontramos el verso comprimido al máximo, dotado de una musicalidad interna soberbia que dialoga directamente con la larga tradición hispánica del poema por sentencia; huellas lejanas y benéficas como la de Jorge Guillén, reconocible por la transparencia matemática de su lenguaje, o la fijeza purísima de Juan Ramón Jiménez. Por otro lado, la fuerza cadenciosa de su música verbal se torna avasalladora, potenciada siempre por la extrema precisión de sus epígrafes.

Un mérito especial en esta arquitectura es la presencia secreta de Muerte sin fin, de José Gorostiza, operando desde su propio lado del Atlántico: esa pasión compartida por un verso intenso, arquitectónico y sumamente cuidado permite que el poema, asumido con rigor, ponga de inmediato al lector en sintonía con la totalidad de la obra. Tal es el caso paradigmático de “Axtiaule”, una pieza magistral dividida textualmente en diez papiros. La palabra misma del título deslumbra por su complejidad fonética y su misterio semántico; su significado último parece escapar al primer escrutinio, pero el subtítulo de la composición nos remite de manera oblicua a los célebres papiros de Eugenio Montejo, evocando así un diálogo profundo, subterráneo y fraterno: el verso entendido como encuentro, confirmación mística y lazo con esa frontera que lo sitúa fuera del país donde nació.

Pensando detenidamente en esa concentración lírica de Valdés Díaz-Vélez, resulta indudable que su escritura posee un carácter juanramoniano: el poema se condensa hasta convertirse en un manifiesto de su propia búsqueda. Como bien lo señaló en su momento el crítico Miguel Vieyra, nos encontramos ante “un verdadero milagro, a la par que lúcido manifiesto poético”, destacando con agudeza aquellos cuatro versos que abren un paréntesis reflexivo y anticipan la voluntad estética de todo el conjunto. Destaca también en su análisis la aguda reflexión sobre la estancia madrileña del autor: “tampoco ha sido ajeno el buen poeta, en su estancia madrileña, a las últimas luces de la mal llamada corriente experiencial, o literalismo anecdotista”, dejando constancia de ello en poemas marcados por un tono “tiernamente irónico”.

Así, ante la página, cabe formularnos la pregunta: ¿estamos verdaderamente ante una poesía puramente experiencial y anecdotista? Por un lado, la respuesta es afirmativa; por el otro, rotundamente no. La virtud última del poeta es que supera con creces la contingencia de la anécdota civil para alcanzar una absoluta autonomía verbal.

Entonces, ¿qué es verdaderamente la escritura experiencial en los alcances de La puerta giratoria? La respuesta más certera se halla condensada en el desarrollo de “Axtiaule”. La lectura sucesiva de sus diez papiros resulta fluida y musical, valiéndose de cortes precisos entre las estrofas y de versos que marcan de forma matemática un antes y un después, tendiendo puentes de puro sonido que generan un eco perdurable en nuestro idioma. ¿Es esto, acaso, lo estrictamente experiencial? No lo es en el sentido meramente documental; pero sí lo es si nos plegamos con hondura al ritmo de la vivencia interior. Se trata de un diálogo donde la influencia estilística de autores como Luis García Montero resulta definitoria y mutua; un espacio desde donde emergen con nitidez ecos tanto ingleses como españoles, en lo que se devela como un lúcido resumen de la crisis poética contemporánea.

Su paso por las filas de la diplomacia mexicana y su prolongada estancia madrileña durante el periodo de escritura de este libro le permitieron proyectar esa rica experiencia vital directamente en el territorio de la poesía: un contacto constante con el mundo y la alteridad que, en el acto de la escritura, se vuelve un testimonio ejemplar; el reflejo exacto de la experiencia humana transmutada en verso perdurable. La escritura de Jorge Valdés Díaz-Vélez se postula, así, de manera simultánea como personal y universal, concreta en su origen y musical en su destino, manteniendo un diálogo constante y oblicuo tanto con la gran tradición de nuestra lengua como con las urgencias de su propio tiempo.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_726


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