El reciente Festival Cultural de Zacatecas dejó una lección que conviene no olvidar. Cuando existe planeación, una programación de calidad, promoción suficiente y una visión que entiende a la cultura como un derecho y no como un gasto, los resultados son evidentes: plazas llenas, visitantes, derrama económica, apropiación del espacio público y una ciudad que recupera, aunque sea por unos días, el orgullo de encontrarse consigo misma. Ese esfuerzo fue reconocido porque demostró que Zacatecas posee la capacidad institucional para organizar eventos de alto nivel.
Precisamente por ello resulta inevitable mirar con preocupación el rumbo que ha tomado el Festival del Folclor Internacional. Sin necesidad de regresar a los excesos presupuestales que durante años caracterizaron algunos festivales, tampoco puede normalizarse una disminución paulatina en la calidad de la programación, la diversidad artística ni el número de países participantes. El folclor no es un espectáculo menor; es una de las expresiones más universales del patrimonio cultural y una ventana privilegiada para que Zacatecas dialogue con el mundo.
Las razones de este deterioro no han sido explicadas con claridad. Si obedecen a limitaciones presupuestales, corresponde decirlo y buscar alternativas. Si derivan de decisiones administrativas o de una pérdida de prioridad institucional, también es momento de corregir el rumbo. Lo preocupante sería asumir que este festival puede sobrevivir únicamente por su historia.
Zacatecas necesita una política cultural coherente, donde cada festival fortalezca al siguiente y donde el éxito de uno eleve el estándar de todos. El derecho a la cultura implica acceso a expresiones artísticas de calidad; el derecho a la ciudad supone ocupar sus calles con convivencia y creatividad; y la promoción turística exige ofrecer experiencias capaces de distinguirnos en el ámbito nacional e internacional.
El Festival Cultural demostró que sí se puede. Ahora corresponde trasladar esa misma convicción al Festival del Folclor y a cada encuentro artístico que dé identidad al estado. Porque la cultura no debe administrarse con resignación, sino con ambición pública. Zacatecas ya probó que puede aspirar a más; el reto es no conformarse con menos.



