Detrás de cada mexicano que cruzó la frontera hay una historia que casi nunca se cuenta con justicia. No se fueron por gusto. Se fueron porque en otro tiempo este país no les dio oportunidades, porque hubo crisis que rescataron a los grandes deudores y abandonaron a los pequeños, porque la inseguridad y la falta de futuro los empujaron a buscar en tierra ajena lo que aquí se les negaba.
Hoy esa historia está cambiando. Cada vez migran menos mexicanas y mexicanos, y no por casualidad: migran menos porque hay más bienestar, más seguridad y más razones para quedarse.
Cuando la vida mejora en el lugar de origen, la migración deja de ser una huida y vuelve a ser una decisión libre.
Ese es, quizá, uno de los cambios más profundos que ha traído la Transformación, aunque no siempre ocupe los titulares.
Pero el compromiso no termina en la frontera. Nuestra presidenta de la República, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, ha sido clara: a los casi 40 millones de mexicanas y mexicanos de primera, segunda, tercera y cuarta generación que viven en los Estados Unidos, este país los reconoce, los acompaña y los defiende.
Ante las redadas y los atropellos, la respuesta de México no ha sido la nota diplomática tibia, sino el uso firme de los instrumentos del derecho internacional. Se defiende a los connacionales con la ley en la mano y con la cabeza en alto.
No se trata de un discurso, se trata de vidas concretas. Cuando una redada separa a una familia, cuando un trabajador honesto es tratado como delincuente por el solo hecho de buscar el sustento, lo que está en juego es la dignidad de personas que sostienen con su esfuerzo a dos naciones al mismo tiempo.
Defenderlas no es una concesión, es una obligación de Estado, y hacerlo con firmeza es la única respuesta a la altura de lo que ellas y ellos representan.
Zacatecas conoce esta historia mejor que casi cualquier estado del país. Somos tierra migrante. En casi cada familia zacatecana hay alguien que se fue, alguien que manda el sustento desde lejos, alguien que sueña con volver.
Por eso, cuando hablamos de defender a los migrantes, no hablamos de un tema abstracto, hablamos de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros hijos. Hablamos de gente que trabaja con honestidad y que, con sus remesas, sostiene comunidades enteras del estado.
Quiero estar más cerca de la gente, y en cada comunidad que recorro escucho esa misma verdad: la familia migrante es parte del corazón de Zacatecas.
No hay plaza, ni fiesta patronal, ni sobremesa en la que no aparezca el nombre de alguien que se fue al norte y que sigue presente en la vida del pueblo. Por eso acompaño sin reservas la defensa que hace nuestra Presidenta, porque proteger a quien se fue es también reparar la deuda que un modelo de abandono contrajo con ellos. La grandeza de un país no se mide sólo por a quién recibe, sino por cómo cuida a los suyos estén donde estén.
Y hay algo más que conviene no olvidar: la mejor política migratoria es la que construye un país donde nadie tenga que irse por necesidad. Mientras haya bienestar, empleo y seguridad en casa, cada vez menos personas tendrán que elegir entre la familia y la sobrevivencia. Esa es, en el fondo, la migración que queremos: la que se elige, no la que se sufre.
A las y los mexicanos que están del otro lado les decimos, desde su tierra: no están solos. Aquí se les recuerda, aquí se les honra y aquí se les espera. Su dignidad es la nuestra, y su historia sigue siendo, con orgullo, la historia de México.



