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viernes, 3 diciembre, 2021

500 años: una historia de dominación y resistencia

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Por: ALMA RITA DIAZ CONTRERAS •

El derribamiento de efigies de personajes como Cristóbal Colón o Hernán Cortés y las sustituciones respectivas por otras representativas de la cultura tradicional, no tiene relevancia, mientras alrededor de ellas, se agiten la pobreza y la violencia de cientos de miles de personas que siguen siendo agraviadas por la inequidad y la falta de reconocimiento a sus identidades culturales.

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Equivalencias sociales que históricamente han sido denostadas, sin importar el triunfo de las guerras que ha tenido este país, que una y otra vez es lesionado por los grupos en el poder, las encarnizadas luchas a las que cotidianamente se enfrentan, agravadas por el desconocimiento de lo propio y la falta de reconocimiento de la otredad.

Historias parecidas, a donde la ética contemporánea enfatiza mucho sobre las diferencias culturales y el rechazo a la exclusión como ideal de los distintos imaginarios colectivos que conforman la diversidad cultural de México, refiriéndose a la cosmovisión de sus pobladores, al abigarramiento de religiones, costumbres, tradiciones, formas de gobierno, fiestas, sexualidad, etnias y mestizaje que en lo abrumador de las diferencias,  lo complejizan para entenderla adecuadamente e intervenir con estrategia y planificación para sumar aquellos aspectos que nos unen.

Eso sí, de la Capital de la República a cualquier región o comunidad de su geografía y viceversa, se percibe el espíritu férreo de sus habitantes por mantener las obras folclóricas que están vinculadas a su tradición, a lo suyo que van tejiendo en el tiempo y en el espacio para no desaparecer y extinguirse, ante el abatimiento provocado por la miseria y la injusticia que ha prevalecido en las mayorías.

A propósito de los 500 años del “encuentro” de las culturas española e indígena, con afán hegemónico de la primera, brutalmente aniquilador, surgió a golpe de mazo una nueva cultura que ha plasmado no sólo la riqueza patrimonial de ambos lados, sino que ha dado evidencia del talento y creatividad de los antiguos mexicanos, hecho que ha seguido inspirando a miles de compatriotas, hombres y mujeres que han luchado por la defensa de sus identidades, y que son ejemplo para un pueblo tan sufrido, como el nuestro.

Y que se parece en una realidad desbordada, a otros países de América Latina, un imaginario de lo diverso, de la contingencia permanente, de la política errática, de las dictaduras infames y de los gritos de lucha por la libertad y la justicia. 

En el tono pesimista que marcó su obra, el poeta peruano César Vallejo escribió en 1928 desde París: “A medida que vivo y que me enseña la vida, voy aclarándome muchas ideas y muchos sentimientos de las cosas y de los hombres de América. Me parece que hay necesidad de un gran cólera y de un terrible impulso destructor de todo lo que existe en esos lugares.

Hay que destruir y destruirse a sí mismo. Eso no puede continuar; no debe continuar. Puesto que no hay hombres dirigentes con quienes contar, necesario es, por lo menos, unirse en un apretado haz de personas heridas e indignadas, y reventar, haciendo trizas todo cuanto nos rodea o está a nuestro alcance. Sin el sacrificio previo de uno mismo, no hay salud posible.

Esta ha sido la historia de América desde sus orígenes, nombrada como tal, a fuerza de la brutal dominación de la que fue objeto; en los primeros tres siglos por el pétreo fuete de la colonización europea y los que restan, por las guerras intestinas y los problemas sociales, económicos, culturales y políticos que han marcado a los países de América Latina, un gigante geográfico “inventado” que no descubierto, debido a la grandeza indígena que le antecedió”.

El autor de “Trilce” se preguntaba ¿Existe un espíritu latinoamericano? Precisemos que éste no existe ni existirá por mucho tiempo. La primera condición para provocarlo y crearlo, debe salir de nuestro convencimiento honrado y de la higienización de nuestro espíritu, contra las simulaciones de cultura que sustenta nuestra pedantería continental.

Habla así, de la escalofriante desolación vital que ha caracterizado a América Latina, a su falta de unión entre países, de negociación y política al servicio de los marginados y de los problemas e intereses comunes que les afectan. A la ausencia de una política, orientada a la re- significación histórica y a la revaloración del patrimonio cultural, natural, arqueológico, monumental, arquitectónico y lingüístico, que, con renovada fe, nos distingue.

Por su parte, el escritor uruguayo, Eduardo Galeano, en Ser como ellos, libro que reúne artículos y ensayos escritos entre1989 y 1992, titula uno de ellos, Cinco siglos de prohibición del arcoíris en el cielo americano, y afirma que está yerma mucha tierra que fue fértil, y más de la mitad de la población come salteado. Los indios, víctimas del más gigantesco despojo de la historia universal, siguen sufriendo la usurpación de los últimos restos de sus tierras, y siguen condenados a la negación de su identidad diferente.

Que ya no son los únicos, hoy se suman obreros, jóvenes, mujeres trabajadoras, campesinos, artesanos, artistas, tribus urbanas que luchan por su derecho a la dignidad y el respeto en una resistencia tenaz.

Por tanto, en nuestro México, ningún caso tiene debatir sobre las esculturas que hermosean plazas, alamedas y calles, porque lo que realmente importa, es aquello de lo que no se habla, ya que a pesar de cargar sobre sus espaldas el “trauma” de la derrota histórica, su pueblo sigue luchando con estoicismo, y este carácter es el impulso vital que nos alienta a ser mejores y a no cansarnos.

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