El encanto del colibrí

El encanto del colibrí

La Gualdra 495 / Río de palabras

Asomada por la ventana me guiñaba el ojo, fruncía el ceño o me mostraba la lengua, acariciaba a su enorme gato siamés y se largaba. Yo era casi un niño, ella no tenía más de dieciséis y ya era una mujer casada cuando llegó a vivir a la casa de al lado.

Un día apareció un nido minúsculo en la azalea, junto al alféizar, y días después un par de huevos en su interior. No pasó mucho tiempo para descubrir al inquilino.

El ave pequeñita paseaba por las flores bebiendo en sus corolas. Con sus cambios de tonalidades y su imperceptible aleteo, con sus enormes ojos redondos rebosantes de felicidad. Su iridiscencia cautivadora me avisaba de su presencia. Me había convertido en su cotidiano admirador. 

Una tarde pude contar siete colibríes volando entre las azaleas y las camelias. Era hermoso el espectáculo. El ave se había acostumbrado a mi presencia y no le molestaba al entrar y salir de su nido, simplemente me ignoraba.

Mi colibrí batía sus alas a tal velocidad que parecía estático volando frente a mi rostro, tan cerca que por fin pude sentir su mirada posarse en mí y el batir de sus alas abanicar mi frente. Sonreí de felicidad por tener cerca aquella maravilla divina. La chica nos veía de nuevo desde la ventana. Ella comenzó bajo a cantar una tonada, con los labios cerrados, luego subió el volumen de su voz más y más alto. El colibrí, al escucharla, avanzó hacia aquel sonido gutural que parecía llamarlo, de forma autómata, sin temor. Mientras aleteaba bajo la hipnosis de aquel rumor, ella solo estiró la mano y lo tomó, con una facilidad inverosímil. Apretó fuerte durante unos segundos. Estaba muerto. Se lo dio al gato que lo olfateó, lo sacudió un poco, le hincó los colmillos y se fue. Su risotada infame me dolió tanto, como si mi corazón también se hubiera roto entre su puño. 

Seis años de esquivar la mirada de esa mujer, de evitar encontrarla en la calle, de no cruzar palabra. Hasta hace poco. Ella vino hasta mi puerta. Me dio una taza con té. Bébelo, me ordenó y lo hice sin poder oponerme, Es de jazmín endulzado con mieltiene colibrí, susurró.

El brebaje invadió mi cuerpo, antorcha inextinguible. Olvidando mi gran rencor hacia ella, me dejé llevar a sus terrenos y desde entonces me adentré en las oscuras pasiones de la mujer de al lado.

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