Onésimo Cepeda y la nostalgia del poder

Onésimo Cepeda y la nostalgia del poder

El obispo emérito de Ecatepec, Onésimo Cepeda, acaba de protagonizar un extraño episodio político-religioso. Horas después de haber sido postulado ante medios como precandidato a diputado por el partido Fuerza por México, se retractó y anunció que no competirá por el cargo porque no está dispuesto a perder su condición sacerdotal ni perder el ­vínculo con la Iglesia.

Cambió su razonamiento como si se tratara de una camisa. En la mañana se enfundó en la del candidato desafiante de las leyes y de la clase política y por la tarde atemperó su embriaguez por el protagonismo. El obispo emérito pretendía salir del silencio por los años de retiro y recuperar una notoriedad perdida. Finalmente se disciplinó como una persona sujeta a las reglas de su institución. Bastó un tajante comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano y una fuerte llamada del nuncio Franco Coppola para someter su devoción por los reflectores. En su megalomanía fantasea con una supuesta llamada con el Papa, que nadie cree.

El pastor de la ostentación y de la frivolidad escenificó una vez más una absurda aventura mediática en un callejón sin salida. Onésimo Cepeda, en tanto ministro de culto, está impedido de manera categórica por las leyes canónicas de la Iglesia, así como por la legislación mexicana, para ejercer un cargo público, participar de la vida política partidaria y presentarse para competir en elecciones.

Cepeda estudió leyes. Es inconcebible que no conociera sus infranqueables obstáculos legales. Pudo más su nostalgia por el poder o haber convenido un escándalo mediático que promoviera el partido de su amigo Pedro Haces Barba. Pudo haber pactado esta comedia para llamar la atención de un partido que no levanta ni con la ayuda de la vela perpetua.

Onésimo Cepeda es abogado por la UNAM. Tuvo una vocación sacerdotal tardía. Se ordenó a los 33 años, después de una disipada vida de clasemediero como roquero, torero, bolsero y parrandero. En sus primeros años sacerdotales, en los setenta, se amparó bajo el signo de progresismo católico de la Teología de la Liberación, que estaba de moda. Entonces ser clérigo progresista era plausible. Por ello se asentó en la avanzada diócesis de Cuernavaca bajo toda esa atmósfera de innovación y profetismo con Eric Fromm, Iván Ilich y Gregorio Lemercier.

Poco antes de que Sergio Méndez Arceo pasara a retiro, Onésimo se refugió en los conservadores movimientos carismáticos de clase media alta. Se hizo eco de las preocupaciones de Roma y las disciplinas impuestas por Juan Pablo II. Se convirtió en aliado incondicional del siniestro nuncio Girolamo Prigione para desmantelar la obra pastoral de don Sergio. Apoyó la persecución encabezada por los obispos sucesores, Juan Jesús Posadas Ocampo y Luis Reynoso Cervantes, contra las comunidades de base, la pastoral popular y sacerdotes libertarios. Onésimo Cepeda tuvo un nuevo reacomodo entre las élites conservadoras y participó en la Guerra Fría eclesiástica. Se alió con Marcial Maciel, Norberto Rivera, Emilio Berlié y conformó el poderoso grupo de Iglesia paralela, el llamado Club de Roma.

Ya en la cúspide como obispo de Ecatepec, Onésimo se dejó consentir por el priismo mexiquense; en especial estrechó lazos con el Grupo Atlacomulco. Su adicción por los reflectores fue evidente. Llegó a pensar que sus vulgares ocurrencias eran refrescantes para el acartonado oficio clerical. Se autoproclamó daltónico y se convirtió en el capellán del PRI nacional. En tiempo récord construyó una suntuosa catedral en la franja pobre de Ecatepec. Gran amigo de la familia Hank González, de Arturo Montiel y de los Golden Boys, se convirtió en padrino político de personajes como Enrique Peña Nieto y Eruviel Ávila.
Onésimo Cepeda apareció desde fines de los noventa del siglo pasado como parte de la élite secular del poder, envuelto en continuos escándalos mediáticos y penales.

Todo retrato de un personaje siempre se queda corto, pero el dinero, los negocios propios, el poder y la política han acompañado al polémico obispo. Aspiró sin éxito a ocupar sedes cardenalicias con la ambición de ser príncipe de la Iglesia; para fortuna de la misma, fracasó.

Onésimo Cepeda es el arquetipo del obispo mundano, hipnotizado por el poder y por los poderosos. Es de todos conocido que le gusta vivir con el refinamiento de la abundancia y se apoya en una red de relaciones de personas con altos recursos para financiarse.

Como empresario incursionó en compañías de seguridad, funerarias y bienes raíces, y promovió la tauromaquia. Sus declaraciones, expresiones y desplantes fueron objetos de escándalos, porque resultaban anticlimáticas para un hombre de fe. Dichos escándalos avergonzaron y dañaron la imagen de la Iglesia.

El valiente sacerdote Antonio Roqueñí retrató así la conducta de Cepeda: “no queremos obispos que vayan a los toros los domingos, no queremos verlos en las páginas de sociales compartiendo las ­inauguraciones de los edificios ricos o en desayunos de caridad que son ostentosos e insultantes para la gente que tiene hambre en este pueblo; no queremos obispos arribistas ni oportunistas del poder”.

Además de la tauromaquia, destaca su inclinación por los Diablos Rojos del Toluca y era frecuente encontrarlo en el palco del estadio departiendo con prominentes integrantes de la élite política mexiquense.

Siempre en la frontera, amante de la notoriedad, supo acomodarse a los tiempos políticos. Ante la debacle del PRI en el 2000, con lujo de pragmatismo se acomodó con la nueva familia presidencial. La frivolidad del obispo armonizó con la futilidad de los Fox, a quienes ayudó en sus respectivas anulaciones matrimoniales.

Su trayectoria está marcada por contradicciones, oscilaciones e inconsistencias. A finales de 2005 el subcomandante Marcos captó los vaivenes de Cepeda en los siguientes términos: “de Onésimo Cepeda me da risa, porque inmediatamente exhibe cómo va cambiando. Era labastidista a morir, el 2 de julio se hizo foxista y a la hora en la que los zapatistas tengan éxito dirá: ‘yo siempre he sido zapatista, ¡vivan los pobres diablos!’”.

El 7 de mayo de 2012 la oficina de prensa del Vaticano anunció de manera escueta que el papa Benedicto XVI aceptaba la renuncia de Onésimo Cepeda como obispo por motivos de edad, sólo 44 días después de que éste la presentó; tiempo récord, pues dicho proceso toma meses y hasta años en concretarse. Un duro golpe para el vanidoso prelado.

Sus principales detractores estuvieron dentro de la Iglesia.

Lo acusaron varias veces en Roma, porque Cepeda desafiaba los moldes moderados del pastor y atentaba contra la imagen de la Iglesia.

El obispo mundano, frívolo y derrochador no ha cambiado a sus 84 años. Sigue predicando la palabra de Dios con vulgaridades. Es un teólogo obsceno. Y sigue haciendo desfiguros y escándalos, como el sainete que protagonizó sobre su supuesta postulación a diputado.

Cuando se despidió como obispo en 2012, el controvertido personaje dijo que se quedaba como ejidatario sin parcela. En efecto, Roma le quitó la parcela y él se encargó de destruir su credibilidad.

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