Apuntes sobre el tiempo

Apuntes sobre el tiempo
Guillermo Nemirovsky

La Gualdra 468 / Río de palabras

 

Cuando cumplí diez años me vino en mente el día de mi quinto cumpleaños por una razón bastante inconfesable: mis padres, con la intención manifiesta de divertir a propios y extraños, habían proyectado un filme, aquel remoto día de 1965, en el que se me veía, aún bebé, chapoteando en alguna orilla de algún mar hasta que, de pronto, una olita que no vi venir me pasó por encima y me bajó el bañador, descubriendo para la posteridad mis nalgas de angelito. Las risas de los invitados, que se suponía eran mis amigos, hirieron duraderamente mi incipiente sentido de la dignidad. Tanto es así que el día de mi décimo cumpleaños temí que, de nuevo, mis padres sacaran a relucir su proyector y mis vergüenzas ante un renovado panel de amigos, esos presuntos traidores. Esto no sucedió, en cambio algo más pavoroso me encogió el alma para siempre: me percaté que había pasado directamente de los cinco a los diez años, duplicando mi edad en un suspiro. Recuerdo haber hecho ese cálculo, que me pareció vertiginoso, y noté con extrañeza la impavidez de los demás ante esta devastadora verdad matemática. ¿Cómo podían estar todos tan tranquilos cuando era evidente que su paso por la vida iba a ser tan efímero, tan fugaz? Lo lógico hubiera sido que todos corrieran despavoridos e inconsolables, agitando los brazos en dirección del cielo, clamando piedad, o por lo menos venganza. Pero no. La gente parecía inmune a esas consideraciones, y yo me quedaba solo de por vida en mi vértigo y mi pavor.

Años más tarde, cuando estudiante, me tocó trabajar en un asilo de ancianos (hoy se usan otros eufemismos). Me lo presentaron como una oportunidad de escribir mi tesis en medio de una tranquilidad inalterable: tenía que quedarme encerrado en una oficina, de viernes a lunes, dejando pasar las horas sin que nunca nada sucediera. Los ancianos, los poco que deambulaban, andaban por lo general lentos como ancianos, como si los pasillos del asilo estuvieran llenos de una materia fangosa, y todo parecía transcurrir allí con la misma lentitud. Salvo un par de notables excepciones (un viejo bailador español, héroe de la Guerra Civil y de la Resistencia en Francia, bebedor y parrandero; un ex ciclista que alardeaba de salud rebosante y era, sin lugar a dudas, aún más dinámico que yo en aquellos años mozos; una mujer buscona, tremendamente vital, siempre al acecho de la menor oportunidad sexual o sensual), la gran mayoría parecía haberse arropado en una suerte de espera pasiva, desde luego ya sin ilusión.

Una de aquellas tardes, me entretuve durante un largo rato (no sé si fueron minutos u horas) mirando una araña tejer su tela. Era rápida en sus maniobras, pero a la vez parsimoniosa y minuciosa, como si cavilara cada gesto antes de acometerlo, como si evaluara unas consideraciones arquitectónicas invisibles a mis ojos. Ese tiempo transcurrido en ociosa observación tenía por substancia a la araña misma, no estaba constituido por mis horas o mis minutos, era otra cosa. En ese mar de lentitud que ordenaba los pasos de los ancianos, ese animalito vivía en una especie de paréntesis en el tiempo. Mejor: él era quien secretaba la substancia del tiempo mediante su glándula hilar. Su tejido era tiempo y yo, observándolo, me subía a su tiempo y me entregaba a él, como los ancianos del asilo se entregaban a la espera de un punto final.

Esta experiencia temprana de la vejez me dejó un trauma indeleble: cada vez que salía del asilo, cuando me cruzaba con alguien, fuera niño o mayor, lo imaginaba súbitamente en el umbral de la muerte, marchito y resignado, despojado ya de toda vitalidad. Por supuesto, la impavidez de la gente me parecía cada vez más inexplicable, y empecé a sospechar que la ceguera que aquejaba a mis congéneres no podía sino ser, de algún modo, una ventaja evolutiva, un bálsamo de ignorancia que nos permitiera existir sin colapsar de inmediato. Quise saber cómo funcionaba ese mecanismo que parecía dar tan buenos resultados, que trasmutaba el pánico en serenidad. Hoy por hoy (no sé lo que vale esta expresión) creo entender que nos aferramos a un salvavidas en absoluto fiable: fingimos concebir un tiempo cíclico, probablemente so pretexto de medir el tiempo gracias al modelo de las circunvoluciones de la Tierra alrededor del Sol, y celebramos a la menor ocasión ese espectro circular que tanto nos reconforta. Los jueves “vuelven” cada semana, la Revolución cumple 100 años, la primavera está por regresar. Si el tiempo es un ciclo, lo tenemos controlado, es previsible y hasta regocijante. Pero si fuera lineal, como lo afirma la ciencia, entonces cabría sentirse como montados a un caballo desbocado que, cuanto más se aproxima al precipicio, más acelera su paso.

Un fulgor de consuelo nos llega, paradójicamente, de la ciencia: algunos físicos creen que el tiempo transcurre a la vez en las dos direcciones. Obviamente, no logro entender del todo cómo, cuándo, dónde. Pero sospecho que, de confirmarse, poco o nada me confortaría. Yo sueño con un tiempo en dos dimensiones, que se podría recorrer en cualquier dirección, como un lápiz que se deslizara sobre una hoja de papel. Anhelo poder volver a aquella humillación playera de mis cinco años para reñirles a mis amigos y propiciar otra vida, esta vez inagotable.

 

 

* Traductor, profesor de la Universidad d’Evry-Paris-Saclay.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_468

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