Crónica de médicos mexicanos: los nuevos héroes nacionales

Crónica de médicos mexicanos: los nuevos héroes nacionales
Una paciente es intubada por la doctora Crisol Karina Rodríguez Mendieta, en Zacatecas ■ FOTO: CORTESÍA

Me han transformado repentinamente. Hace poco era un hospital convencional, pero de la noche a la mañana aislaron entradas, crearon centros de lavado, alzaron vestidores y pusieron nuevas paredes tabla-roca para separar debidamente el área COVID. Iniciaron con un espacio pequeño que contaba con pocas camas. Sin embargo, como diariamente aumentan los enfermos, convirtieron rápidamente mis bibliotecas, salas de espera, consultorios, espacios de rehabilitación en nuevas áreas de urgencias y hospitalización para pacientes infectados de gravedad. Así, entre más modificaciones estructurales recibo, mejor entiendo lo que pasa. ¡Te lo cuento! En México, los médicos, enfermeras y personal sanitario velan arduamente para darle batalla al COVID 19. Su labor diaria los deja exhaustos ante el exacerbado número de pacientes que les toca atender. A pesar de lo extenuante que les resulta cuidar a enfermos de gravedad su vocación y su deber les da fortaleza para continuar en las trincheras hospitalarias. Para ellos todo ha cambiado. Consuelan a sus pacientes a falta de familiares. Custodian a los enfermos mientras fallecen. Trabajan jornadas extendidas en diferentes hospitales. Siguen nuevos protocolos de salubridad. Se han alejado de sus familiares para protegerlos, pero, sobre todo, arriesgan sus vidas al ejercer la profesión que les apasiona.

Entre ellos aparece sentimientos de dolor ante pacientes o compañeros que pierden la vida. Sienten miedo de contagiarse y de contagiar. Experimentan incertidumbre al no tener el equipo necesario para atender a su pacientes y malestar al ver personas que no se cuidan. Por ejemplo, Crisol Karina Rodríguez Mendieta, doctora especialista en medicina interna, tiene sentimientos diversos al trabajar en el área COVID de un hospital en Zacatecas, México. Ella diagnostica, intuba, coloca catéteres centrales, indica medicamentos y da atención para cuadros respiratorios graves en pacientes infectados. Esta mañana le dijo a la periodista que la entrevistaba:

–Es difícil ver morir a tus pacientes por COVID 19. Quizás para algunos esas muertes representan solamente números. No obstante, para mí es una situación dolorosa porque yo veo sus rostros, hablo con ellos, escucho sus temores, atiendo sus malestares hasta que sus cuerpos se tornan pálidos al exhalar sus últimos suspiros. Además, no solamente me toca ser médica sino también testigo. Hace poco presencié la muerte del padre, de la madre y del hermano de un compañero de trabajo ¿Crees que es fácil decirle a tu colega que otro miembro de su familia ha fallecido? No lo es. Ese compañero adquirió por su cuenta medicamentos costoso para cada uno de sus familiares, pero ninguno de ellos sobrevivió, dijo la doctora Crisol con gestos de tristeza.

Después, volteó la mirada al cielo por unos segundos y continúo halando. Su voz era firme y suave, pero en sus ojos grandes se asomaron pequeñas lágrimas que denotaban cansancio y tristeza.

–Un momento clímax en la vida de los pacientes es cuando les proponemos la intubación orotranqueal. Algunos aceptan de inmediato porque presentan fatigas musculares, otros rechazan el procedimiento y mueren. Son pocos los que pueden sobrevivir sin esta ayuda. Por ejemplo, tuve un paciente al cual le expliqué los riesgos y beneficios de la intubación, él y la familia no me permitieron proceder así que falleció a los 35 años. También les pregunto si desean hablar con algún familiar antes de intubarlos, pero me resulta doloroso escuchar lo que pudieran ser las últimas palabras de alguno de ellos.

–Por otro lado, nuestro lado, ser médico se ha convertido en una de las profesiones más difíciles y peligrosas del mundo. Además de exponer nuestras vidas, es difícil utilizar equipo personal de protección que nos hace sudar y nos deshidrata. Los goggles, las mascarillas y las caretas nos dejan marcas, lesiones y cefaleas. Los guantes y jabón nos provocan dermatitis en las manos. Los filtros P100 y cubrebocas nos dificultan la respiración. Sin olvidar el complejo procedimiento de lavado al que debemos someter nuestra ropa y equipo de protección con el propósito de salvaguardar nuestras vidas, asienta la doctora.

Antes de terminar la entrevista, la doctora Crisol recalca su preocupación por la posible saturación de los servicios de salud pública ante los elevados números de contagios que diariamente son diagnosticados en la ciudad, en el estado y en el país, México. Sabe que será difícil controlar la pandemia dando que no hay cuarentenas totales, en un país cuyos habitantes tienen que trabajar en hacinamientos diversos para no acentuar o evitar la marginalidad. Aún así, desea que haya prudencia entre la población porque sabe que los pacientes con alto requerimiento de oxígeno pueden colapsar los suministros públicos. Explica que hay un gran número de camas en el hospital; no obstante, no existen suficientes tomas para sustentar un gran número de ventiladores en caso de que sigan al alza los enfermos.

Más tarde, la periodista entrevistó a Naybi Rodríguez Mendieta, doctora especialista en medicina familiar, y hermana de la doctora Crisol Karina. Ella expresó sin preámbulos sus sentimientos y los cambios de vida que le ha traído la pandemia.

–Sentí un nudo en la garganta cuando vi en una de las salas hospitalarias, donde trabajo, el altar de muertos dedicado al doctor Juan Carlos Domínguez. El era mi paciente regular antes de que muriera víctima de Covid-19. Las lágrimas rodaron por mis mejillas al ver su bata y su estetoscopio colgado a lado de su fotografía. Esa expresión de dolor nació porque yo sabía que él había contraído el virus mientras ejercía su profesión y también porque sentí miedo por mí, mi familia y mis colegas médicos. Sabía que Juan Carlos no tenía comorbilidades, que tan sólo tenía 35 años y que aun así no pudo librar la batalla. Además, su esposa había acudió a mi consultorio para solicitar más medicamentos para él mientras se encontraba en estado crítico. Ahí me contó que el virus también se había ensañado con los padres del médico y que su papá ya había muerto a causa de ello. Por eso, a mí me conmovió saber que el virus que nosotros combatimos diariamente había traído varias tragedias a esa familia.

Mientras hablaba, se le escapó un suspiro y sus ojos brillaron tristes, hizo una pausa de silencio y luego continuó. –Después de la muerte de amigos, colegas y conocidos decidí mudarme a un departamento sola. Ese paso me causó mucho dolor porque me separé de mis hijas y esposo. Evidentemente, mi familia también sufrió por la separación. Inclusive, causó confusión a mi hija de cuatro años. A ella le producía pánico verme llegar de visita con mi traje quirúrgico y cubrebocas (antes de irme a trabajar). Las veces que la toqué, lloró y gritó aterrorizada: “Me vas a contagiar y me voy a morir, mamá. No me toques”. Sin embargo, a pesar del miedo que yo le casaba siempre lloraba cuando me iba de la casa. Afortunadamente, al cabo de algunos meses, mi esposo hizo modificaciones a la casa y yo pude regresar a vivir al segundo piso. Ahora, vivo cerca de mi familia, pero no puedo besarla ni abrazarla. Aunado a eso, término mi jornada laboral con un cansancio extremo causado por el estrés y por el uso del equipo de protección. Deseo que estos momentos difíciles pasen y yo pueda abrazar pronto a mi familia inmediata, a mis padres y a mis hermanas.

Así pues, ambas médicas han experimentado cambios en sus trabajos desde que comenzó la pandemia dado que la institución médica para la cual trabajan ha formado equipos COVID. Inicialmente esos equipos fueron conformados por neumólogos, pero posteriormente se integraron médicos internistas, geriatras, familiares, endocrinólogos, generales y de rehabilitación física. Otras unidades han sido conformadas por urgenciólogos, anestesiólogos, cirujanos y traumatólogos. Ellos pasan visitas, hacen procedimientos tales como: intubación, colocación de catéteres centrales, colocación de sondas y llaman a las familiares de los pacientes para informar sobre sus estados.

Por mi parte, como veo y escucho lo indecible a través de las modificaciones estructurales que he recibido en mis instalaciones, sé que similar a la buena fama de Hipócrates “padre de la medicina”, Galeno “pilar de estudios médicos universitarios” y Avicena “príncipe de los médicos”, así perdurará la fama de los médicos actuales. Quedará en la historia que ahora ellos ejercen la medicina como héroes con batas blancas al pelear contra un virus tempestuoso. Que sus vestiduras níveas traen consuelo y alivio a un gran número de seres enfermos. Por todas esas razones, todos los trabajadores de la salud son los nuevos héroes de México.

Sin más,
Yo el hospital
Diciembre de 2020

*Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Oklahoma

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