Las falacias hijas del odio: medios, redes y voluntad de verdad

Las falacias hijas del odio: medios, redes y voluntad de verdad

La difusión de notas en los medios de comunicación, y ahora en las redes, tiene como finalidad la formación de opinión pública, el reforzamiento de ciertas creencias, la simulación de saberes o la alineación de ciertos valores. El estudio de la distorsión de la información, y aun de los conocimientos, es objeto de los conocidos análisis de las ideologías y la llamada sociología del conocimiento. Es decir, analizar mensajes ilusorios o retorcidos con apariencia de verdad (falacias), o propaganda abiertamente falsa, no es algo nuevo. Ya Goebbels articulaba estrategias de propaganda para hacer aparecer ante el pueblo sufriente de Alemania por culpa de la brutal crisis de los 30 (agravada por el injusto tratado de Versalles), que los judíos eran responsables de esa situación, articulando una conspiración sionista para controlar los centros de poder del mundo. ¡Una perversión demencial! Pero fue creída por miles de ciudadanos que gritaban desaforados el odio al pueblo hebreo. Esto es, generalmente este tipo de mensajes manipuladores son parte de un plan propagandístico.

Se establece la posverdad como la práctica normal en las redes: ya no importa lo que la realidad es, sino lo que las emociones construyen. El objetivo es conseguir un determinado comportamiento político de la población a partir de apelar a las emociones ciegas a la realidad. Cuando Frenaa grita en las calles que el presidente es ‘comunista’, ni idea tienen lo que esto puede significar, lo importante es que ese significante lo cargan de contenido emotivo que es equivalente a ‘peligro’ o ‘demonio’. Una verdadera locura. Lo mismo se puede decir de los Amlovers que atacan furiosos a cualquiera que haga algún comentario crítico a su líder, insultándolos sin reparar en el contenido de la crítica. Jamás se preguntan, “¿es verdad?”, sino “quién es el crítico”. La correspondencia de las palabras con la realidad ha dejado de tener importancia, apelan al puro posicionamiento político y a las nudas emociones. Y el común denominador en esos entuertos retóricos es la referencia a conspiraciones inverificables, que se cree en ellas por extraños actos de fe. Todo lo contrario de un mundo de ciudadanos.

Lo más preocupante no es el acto de mentir y el intento de engañar deliberadamente, sino el objetivo de hacerlo: el comportamiento que se pretende infundir es uno y fijo: invitar a odiar al otro. Es decir, lo más corrosivo de la posverdad mediática no es la mentira, sino el odio con el que van cargados. Mensajes no sólo falsos, sino ácidos y explosivos. En medio de tantas violencias, desde las homicidas, psicológicas, de género y racistas; ahora las violencias políticas. Claro está que desde la clase política es muy difícil propagar una cultura de paz y sana convivencia. La sociedad civil debe poner entre sus objetivos no tanto conseguir la verdad, sino cultivar ‘la-voluntad-de-verdad’: el querer lo verdadero, que aunque pueda no conseguirse, así quererlo. En suma: es el odio el que hace mentir. Difundir datos falsos sobre el Covid lleva la intención de extender la enfermedad para conseguir objetivos políticos demenciales. Voluntad enferma. Por eso, digamos con José Mujica: en mi jardín no hay lugar para el odio.

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