Por los niños y la muerte

Por los niños y la muerte
Inmortalidad, de Xavier Mellery, sin fecha. Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas.

La Gualdra 449 / Río de palabras

 

 

Para la Dra. Rosa María Burrola

 

 

La muerte, para los niños, es una enfermedad pasajera, y si enmudecen ante ella es porque esperan, sensibles, que las reglas del juego se cumplan, y el implicado reviva. El corazón del niño, inmarcesible, ante lo inmóvil sucumbe a los sueños, como el remedio para evaluar el comportamiento de un participante exánime al que se le niega verlo, y por qué, al morir diariamente, renunció a su eternidad. La eternidad habita en el niño pequeño de manera involuntaria, es una ceguera que mira para todos lados, toca todo, se aburre, pero sin morir, innecesariamente, para siempre. La eternidad mantiene ocupado al niño todo el día y toda la noche, y el dolor que padezca (una caída en el patio, un gusto imposible) lo cunde hasta dejarlo dormido, pero no lo envejece. El mundo, con sus tareas volubles y sus horarios sentenciosos, no tiene fin.

La muerte, para el niño, es el olvido de la responsabilidad binaria del morir-revivir, de perder y volverse a recuperar en la siguiente contienda. Por un momento, la venganza del que muere es su única y justa réplica ante el fracaso: la venganza en la guerra de espadas vuelve al fracaso por muerte un asunto parcial, con caducidad. Mas cuando la muerte perdura y la vida no se puede remontar, el estómago del pequeño se llena de silencio, un oscuro hueco donde el lamento no se entiende, y se pregunta al más grande, y las respuestas no llegan, aunque asiente con la cabeza. Un refrigerio consuela. La opción del más grande es que se cuide de desear la vida llorando; aunque llorar sea bello por libertario. Didáctica paradójica, asunto del crecimiento, que no es de la competencia del niño que, sin salida verbal, la admite. Con un poco de mutuo silencio, la realidad del niño ante la muerte no es realismo, pues el realismo es la consigna de aquellos que admiten el fracaso como un bien común y regular. Lo más cercano al realismo del niño que mira la muerte es el dolor incomprensible que, por incomprensible, objeta la escalera que conduce a la irradiación racional. La realidad del niño es el sueño, mas no es viable concebir tal realidad como atributo de lo irracional, pues su realidad es un sueño que se explica, fundamenta, atribuye causa y efecto; sosiega, pero no con la demencia de la mentira, sino con el amor por las cosas cuyo sentido último es la salvación y la promesa de un regreso: “¿volverá para seguir queriéndome?”, abre debate ante sí mismo, ante propios y extraños. Piadoso fundamento. Se ha sabido, mientras tanto, que el más grande acude, convencido, a una iglesia.

Un niño no pierde, solo se retrasa su voluntad. Hoy no es el día para liberar papalotes y palomas, mas el luto del niño no es la cárcel del desasosiego, sino la disolución del juego de lo permanente en las colinas nevadas de la ilusión; y la ilusión es un espectro que, por primera vez, el niño mira con la escasa sabiduría que aporta la imponencia de un extraño. El luto más luminoso es el del niño, donde se consumen lo pasajero y lo perdurable en una sola mirada extrañada y dispuesta a retomar la vida. Hay que soñar en la inmortalidad, descansa el niño, con la enseñanza de que el sueño profundo es la honestidad de quien renuncia al fulgor de la pérdida. Se aprende, pues, que hay sueños vacíos e inmortales, y el niño avanza.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_449

 

Related posts

Banner Home Videos 578 x 70
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ