Seyer

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La Gualdra 447 / Río de palabras

 

 

Me quedé observando la lluvia y descubrí el color inusual de una figura que si bien no era un arcoíris, no podría describir de otra forma la ilusión. Era una ilusión porque nadie más la veía. La imagen era una forma geométrica cuadrangular, pero no exactamente simétrica. Contenía tonalidades negras y grisáceas como si fuese alguna parte escapada de la noche. Estaba congelada en medio del cielo. La lluvia caía tranquila; parecía que moriría al cabo de 15 o 20 minutos. Escuché la voz de Sarah a mi lado. Me contaba sobre un sueño soñado por ella que consistía en una mesa de aromas y sabores. Soñé una mesa de platillos, de comida, podía saborearlos, pensé que eran reales, me dijo. Pensé en el cuadro de negros que habitaba un espacio de tiempo; no me atreví a decirle lo que veía; en cambio pregunté por algún guiso en especial que recodara. Se llevó la mano a la boca, el gesto apoyaba su memoria. Describía los platillos, los ingredientes, las cocciones, pero nada me resultaba familiar; era como si en su sueño estuviera creando otra forma de entender la gastronomía y de aplicarla. Era como si estuviera hablando de un lenguaje distinto del humano. En su sueño, la persona que había preparado los platillos, que podría ser ella misma, entendía la química y la física como si habitara una realidad alterna y regida bajo otras leyes. Sin embargo, mientras me explicaba yo podía entender los sabores y reconstruirlos. No sé cómo, pero me atreví a pensar que yo era un simulacro, que no era precisamente yo. Yo era el cuadro de negros que moraba en la memoria de Sarah, y la proyección de mi imagen estaba a su lado. Estaba en su sueño, invocado como los que invocan invocan fantasmas. La interrumpí y le pedí que no dejara de soñarme, que se quedara un poco más, dormida. Quería entender si existía un mecanismo para fugarme y permanecer en la realidad. Me di cuenta de que yo no existía más que en sus sueños. ¿Podría materializarme y convertirme en carne y hueso? Sarah no me creyó cuando le expliqué lo que ocurría. Cuando despertara no me recordaría y eso evitaba que yo fuera un ser sustantivo. Sonó el despertador. Los platillos dejaron de existir y yo me desmaterialicé hasta ni siquiera ser humo ni átomos. En algún lugar del universo una especie de pulsar siguió encendido esperando la noche para volver a hacerse cuerpo, voz, habla. Ella abrió los ojos, recordaba una cocina, una mesa, algún sabor, un color. Yo seguía ausente, incapaz de tocar a su puerta y abrazarla.

 

 

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Post source : Thérèse soñando, de Balthus. 1938. Metropolitan de Nueva York.

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