Acciones contra la desaparición de personas: la esperanza que se esfuma

Acciones contra la desaparición de personas: la esperanza que se esfuma

El vacío de un familiar desaparecido es infinito. Lo cual significa que dura toda la vida y es irremplazable. Una familia es literalmente destruida y despedazada con la asfixiante ausencia de un hijo, un tío, padre o hermano desaparecido. Algo peor que la muerte.

Es inconcebible que estas familias que son víctimas perennes, se le agreguen formas de revictimización por parte de quien debe protegerlas, las instancias del Estado. Este último no ha hecho su trabajo, desde los 60’s suman más de 63 mil personas desaparecidas, pero la inmensa mayoría de estos corresponde a los últimos dos sexenios: la carnicería de Calderón y la plutocracia indiferente (y cómplice) de Peña Nieto. Pero a decir de la responsable de la Comisión Nacional de Búsqueda, en este gobierno no ha disminuido el ritmo de las desapariciones ni han mejorado los procesos de búsqueda.

El Tsunami de violencia sigue. Y uno de los coletazos de esa hidra es la pérdida de personas por desaparición forzada, desaparición por particulares, secuestro, trata u otras abominaciones. Toda persona no-localizada que se presume de algún delito será a los pocos días ‘desaparecida’. En seguida pasará a ser parte de la estadística negra y de la incapacidad gubernamental para atender su caso. Los gobiernos han sido incapaces de realizar la búsqueda de estas personas y, menos, de atender a las víctimas familiares de los desaparecidos. A estos últimos se les llega a tratar como rivales o enemigos. Una barbarie. A pesar de que la ONU ha elaborado protocolos de búsqueda y principios de la misma, donde se incluye que ‘sin la familia el gobierno no puede emprender acciones’, el cuidado de la dignidad de la víctima y el derecho a la verdad; hemos padecido incompetencia de registros, expedientes incompletos en ‘cuchitriles’ empolvados, mal elaborados y estigmatizados por el prejuicio del ‘algo harían’ de los actores institucionales; en suma, de la omisión que agravia a la sociedad y a la mínima decencia. El fuego interno de la ansiedad que carcome las entrañas del familiar de un desaparecido es recibido por la frialdad incompetente de burócratas embrutecidos por la rutina impasible.

Por ello, se han formado colectivos de búsqueda que no han querido nada que ver con los gobiernos, de los que han recibido mentiras, y por ello, doble trabajo: encontrar a sus familiares y corregir las versiones oficiales. El caso Ayotzinapa es paradigmático. Hay tareas que siguen pendientes: depuración de los expedientes, publicación de bases de datos y protocolos de coordinación gobierno-sociedad civil; y el más importante: la confianza en la autoridad. Seguimos esperando. Confiamos en el compromiso de Encinas, pero ya quedó claro que la solvencia moral de la cabeza de sector en la administración pública no es para nada suficiente para que las cosas se resuelvan o, de menos, mejoren. Y no hay tiempo: ¿pasa igual el tiempo de un funcionario que el de una madre que busca a su hijo? ¡No! Si las cosas no cambian ya, el pronóstico es seguro: la esperanza se esfumará como los gases ácidos.

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