El juego de la reforma

El juego de la reforma

En el artículo “Obsoleto ante la 4T, el modelo de universidades públicas: UAZ” aparece la más reciente declaración pública de las autoridades de la universidad respecto a la inevitabilidad de una reforma (La Jornada, 12/01/2020). Se hace referencia a un breve documento en que se alude a la impostergable necesidad de un “movimiento refundacional, consistente en generar desde la base misma de la comunidad (universitaria), y con la activa participación de estudiantes, profesores e investigadores, un sujeto de cambio”. Sin duda es un consenso ubicado en la “larga duración” (concepto usado por García González en “Los Años y los días de una institución” (1998) Ed. Cuellar, México) que la institución exige una reforma. De acuerdo al citado libro de García González en 1971 comenzó la entrañable tradición de “profesores y estudiantes progresistas” de organizar su descontento con el estado de la universidad para tratar de cambiarla. Junto a esta loable empresa nació también, apenas un poco más tarde, la costumbre de la morosidad: “No obstante los acuerdos que se habían tomado en el Primer Simpósium de Reforma, tendientes a transformar la enseñanza, para 1976 la mayoría de las escuelas universitarias continuaban desarrollando sus actividades bajo esquemas docentes tradicionales”. ¿Falló la reforma del 71? No apresuremos juicios. De acuerdo a García González el fracaso de la reforma del 71 estuvo en que, al parecer, los descontentos con la realidad universitaria eran muy pocos “en el primer Simpósium las amplias bases de universitarios estuvieron ausentes de la discusión” Dada la inoperancia de la reforma de 1971 no quedó de otra que lanzar la convocatoria de una nueva reforma el 24 de junio de 1986. ¿Ahora sí funcionó? Bueno la gran idea de la “pluralidad” fue descartada en la reforma de 1999 por “inoperante”. No está de más añadir que durante la década de los 1990, en lo que a reformas se refiere, se vivió entre las diferentes, y nunca concluidas, fases de la gran transformación vislumbrada en 1986. ¿Por qué fracasó? ¿vindicaron su sectarismo los “profesores y estudiantes progresistas”?, bueno, al parecer ahora el problema fue que los aliados de ABCD desarrollaron vocación de “obstáculos”y que, en fin, la rectoría no creía en la reforma (cordial, García González escribe: “falta de definición…con la reforma universitaria por parte de la rectoría”). Por lo que se aprecia las reformas son algo que los universitarios encuentran necesario, pero no saben cómo hacerlas. Si nos remitimos ahora a los últimos 20 años de la UAZ es claro que tuvieron por eje un fantasma: el modelo UAZSigloXXI. Grosso modo, tal entelequia preveía derogar la estructura de escuelas y facultades para instaurar el “modelo de áreas académicas”. Para tal modelo se especulaba una estructura consistente en troncos comunes para “hacer más eficiente la administración, al reducir la planta docente, y fomentar la multi-, inter- y transdisciplina”. La promesa era reducir el costo y mejorar la docencia así como estimular la producción del conocimiento. Bien, falló ¿por qué? Parte de la explicación es la ineptitud de los operadores de la reforma, pero no es suficiente porque buscar culpables es asunto de ministerios públicos, no de reformadores sensatos. Para aproximarnos a una solución necesitamos una teoría (solo los filósofos posmodernos, y los ignorantes, hablan desde su “ronco pecho”) que nos ofrezca modelos de explicación de por qué las personas no siguen las normas. Debemos darnos cuenta que el patrón de fracasos de los intentos de reforma es muy simple: se promulga una nueva ley (la reforma), se espera que con entusiasmo los universitarios la sigan, no pasa eso, y se declara, después de 10 o 20 años, que se necesita reformar el conjunto de errores y dislates que quedaron de la última “gran transformación”. Un diagnóstico escueto y esquemático de por qué fallan las reformas es que las personas hacia las que van dirigidas no cree en ellas, y en la UAZ a veces ni los reformadores se creen lo que escriben. Por eso no se siguen las normas, sinose mantiene el mismo patrón de transacciones entre los distintos grupos universitarios. Si usamos la concepción de “comportamiento estratégico” propia de la teoría de los juegos (Véase Kaushik Basu (2018) “Una república fundada en creencias” Grano de Sal, México) podemos sostener que las reformas fallan porque los grupos universitarios ven en ellas medios de obtener ventajas respecto de sus competidores, no medios de logar equilibrios en los que todos, o una mayoría, ganen. De forma explicita la reforma de 1999 pretendía quitarle poder a los directores, aunque para ello se les haya dotado de más poder al tornarlos consejeros universitarios de oficio porque “los directores no acatan las resoluciones de los consejeros”. Se creyó que si los directores emitían las resoluciones del Consejo, entonces sí las acatarían, pero nunca se imaginaron los fogosos reformadores que su rediseño del Consejo Universitario lo volvía inoperante. También se postuló la necesidad de troncos comunes, pero ahí donde los había (Ingeniería, Humanidades), se decretó su desaparición. La lección es que la estructura competitiva de los distintos grupos no se desvanece de un plumazo, las leyes no pueden cambiar eso, lo que pueden hacer es permitir nuevos equilibrios. ■

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