Liderazgo en crisis decisivas: Napoleón (primera parte)

Liderazgo en crisis decisivas: Napoleón (primera parte)

Un sentimiento de nuevo malestar y enojo inunda el mundo. Mundo sin estilo, vulgar, a la deriva en cisma de cuerpo y alma. En el contexto de un orbe carente de liderazgos políticos genuinos, Frido Kyan Aliotti dialoga imaginariamente con el espíritu de Bonaparte. El genio de la estrategia política y guerra, junto a Alejandro, a César, a Cortés. Es Napoleón, el “mediador, el que concilia, el que une los contrarios, el antiguo y el nuevo mundo, la mañana y la tarde, en mediodía”. Como lo hizo el tribuno Mirabeau en su momento, en el amanecer de la Revolución. Ese que concilia, es el genio político imperecedero y no otra cosa.

Frido: Bienvenido a mi país gran Corso. Quise invitarlo a este diálogo para ir al fondo del significado de los liderazgos en tiempo de crisis decisivas. Y usted mejor que nadie, puede ayudarnos a profundizar en ese significado. Sé bien que en usted era intuitiva la planeación victoriosa de las batallas, de su vida misma como obra de arte. La intuición del genio en todo su esplendor. Y, ¿por cierto, tuvo fe, creyó usted en su propio genio?

Bonaparte: Desde que vivía Frido, en el vientre de mi amadísima madre, Leticia Ramolino, la estrella del genio y la fortuna estuvieron en el horizonte presentes ante mí. Me estremecieron y les fui fiel desde entonces hasta el final, en el triunfo y la derrota. No ha habido en la historia de la guerra hombre más audaz que yo.

Frido: Vaya, su respuesta tan natural lo pinta de cuerpo entero como en aquella pintura de Antoine Gros que reproduce su arrojo suicida en la batalla del puente de Arcole, con su mirada serena y dominadora. El general Augereau, no ha logrado el cometido estratégico militar que usted le asignó de cruzar el puente de Arcole. Sus generales Lannes, Masséna y Belliard, también están en graves problemas. Los soldados, desmotivados; es prácticamente imposible cruzarlo debido a la poderosa artillería austriaca, croata y húngara que lo custodia. ¿Qué hace usted ante esa situación crítica, heraldo de derrota?

Bonaparte: Decido presentarme en persona en el lugar para motivar a mis soldados que flaquean. Es necesario incendiar de entusiasmo y valor el corazón de ellos en momentos tan decisivos. Empuño la bandera y me lanzo a cruzar el puente, recordando tal vez un episodio de la novela romántica por mi escrita un año antes, Clisson et Eugénie. Mis soldados todos me siguen con valor inaudito que logro trasmitirles.

Muiron protege mi espalda y cae muerto. En el fragor de la lucha, caigo yo del puente al río pantanoso, y los míos, mis granaderos me salvan. Después, contando con el afecto, admiración y valor de mi ejército, diseño una estrategia, un ardid de batalla que asegura la victoria. Victoria del 17 de noviembre de 1796, que se hace leyenda y que contribuye a la derrota de los austriacos en la primera campaña de Italia. Alvinzi, el austriaco, ante esa hazaña deslumbrante de audacia e ingenio, abandona la Italia toda. En el estilo está el hombre, se ha dicho.

Frido: ¡Qué gran batalla, de la mano de Lodi y Rívoli! La realidad emulando el arte heroico de su novela. Ante el peligro de la derrota en Arcole, usted no permaneció lejano a la angustia de los suyos. Se presentó en el lugar de peligro extremo para dirigir la batalla. Empuñó la bandera, arriesgó la vida, inflamó el alma de sus soldados. Luego, seguramente pensó usted en la gloria. Después, ganó la batalla. Así de simple y así de complejo. Valor y estrategia de un líder sin par.

¡Qué contraste, por ejemplo, con la actitud de un presidente de Estados Unidos que, ante el asedio terrorista de las Torres Gemelas, se refugió en una escuelita de primaria, donde leyó cuentos a los párvulos! ¡Eludió el problema de vida o muerte para el país más poderoso de la tierra y leyó cuentos, en lugar de asumir el liderazgo ante tal crisis de dimensiones apocalípticas!

Bonaparte: En efecto, ausencia trágica de liderazgo. Traigo a mi memoria gestos de heroísmo de líderes genuinos en tiempos aciagos para el bien de pueblos enteros. Me refiero a la doncella indómita y providencial, Juana de Arco, patrona de Francia con San Luis. La recuerdo en el asedio de Orleans, en la cumbre de las Torrecillas. La recuerdo ondeando su bandera blanca con bordes de seda, bordados los nombres de Jesús y María, como yo después en Arcole con mi estandarte. Herida de flecha ella por los ingleses, y a pesar de ello, radiante de valor y determinación. Valor que entusiasmó hasta el delirio a su ejército, horas antes, descorazonado y hambriento. Valor que doblegó al soberbio enemigo. ■

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