Sígueme y te sigo

Sígueme y te sigo

En la actualidad, nuestra sociedad evidencia una extrema soledad. Si Octavio Paz en El laberinto de la soledad expone cómo la ésta es un sentimiento heredado milenariamente a los mexicanos, a partir de la conquista, me parece que también heredamos el miedo a confrontarla.

Más allá de pensarnos como seres que nacen y mueren solos, somos incapaces de aceptar tal condición, al grado de que, ante la incertidumbre de vernos en soledad buscamos siempre integrarnos a un grupo, es decir, creemos que nos es necesario pertenecer a algo, a alguien, para ello no es necesario hacer mucho, basta con seguir a los demás.

Es curioso que, la etimología del verbo ‘seguir’, nos explica que su forma clásica latina ‘sequi’ es también la raíz de la palabra ‘secta’. En otras palabras, seguir a alguien, a una ideología, es pertenecer a una secta; curiosamente la mayoría de las redes sociales utiliza este verbo para comerciar…

Religión y política

En política, al igual que en cualquier otra secta, se requiere de dos factores: el que manda y los súbditos. Suele tratarse de una relación vertical, en la que los seguidores tienen menos beneficios que el del mando; sin embargo, se ofrece una ilusoria idea de que quienes están bajo la orden principal, pueden expresar sus descontentos y demás…

Max Weber, relata una anécdota de su estancia en Estados Unidos en 1904, cuando coincidió, en un largo viaje en tren, con un vendedor de pompas funerarias; cuando el filósofo alemán externó su sorpresa al ver el poder de las sectas religiosas que existían en dicho país, el comerciante replicó: “A mí me da igual lo que la gente crea, pero no confiaría ni cincuenta centavos de crédito a un granjero o un comerciante que no perteneciese a ninguna iglesia. ¿Por qué iba a pagarme si no cree en nada?”. Weber, interesado ya en las funciones de las creencias religiosas como favorecedoras del desarrollo del capitalismo, entendió con esto que el hecho de unirse a ciertos códigos morales de conducta, y pertenecer a una congregación religiosa constituye una garantía para los negocios, así que, si se pretende tener credibilidad en transacciones económicas, se requiere formar parte de una religión.

Desde luego esto fue sumamente evidente en días pasados, con la visita del máximo dirigente de una de las más importantes instituciones religiosas… El proclamado, constitucionalmente, Estado laico, fue trasgredido por la marcada tendencia católica que tanto dirigentes políticos, como medios de comunicación, escuelas y demás, demostraron ante el sumo pontífice. Desde luego, la implicación política de esto es clara: había que, al menos intentar, purificar el fracaso del actual periodo presidencial en un mar de agua bendita ¿Pues quién iba a seguir confiando en un presidente que ha roto todos sus compromisos de campaña y que aparte no demostrara su religiosidad como una forma de empatía con su pueblo?

¿Pero, en serio una oración al lado del Papa borra toda la inmundicia? Olvidamos que para la clase política no somos más que una estadística, misma que se convierte en números en una cuenta bancaria. Nuestra fe y todo aquello que nos compone como seres metafísicos quedan desplazados por lo meramente material, esto gracias a un espectáculo en el que todos participamos de una u otra forma.

¿Quién podrá salvarnos?

Pertenecer a una secta facilita mucho  las cosas a nivel político, pues de alguna forma, es más sencillo dirigir a seres que comparten una ideología, que a quienes se conducen libremente por la vida sin ataduras de ningún tipo. Y es que para pertenecer a una secta, a veces es suficiente con deberle el favor a alguien…

Pero, como en todo, hay quienes, conscientes de las astucias de este tipo, se rehúsan a padecerlas. Sin embargo, al momento de intentar ayudar a concientizar a los demás, caen en una suerte de mesianismo que lejos de ser aceptado, se rechaza por parecer demasiado falso.

Ante tal situación vale la pena recordar la ética intelectual de la que, en una entrevista con Francois Ewald, Michel Foucault afirma que: “El papel de un intelectual no consiste en decir a los demás lo que hay que hacer ¿Con qué derecho podría hacer esto? (…). El trabajo de un intelectual no consiste en modelar la voluntad política de los demás; estriba más bien en cuestionar, a través de los análisis que lleva a cabo en terreno que le son propios, la evidencias y los postulados, en sacudir los hábitos, las formas de actuar y de pensar, en disipar las familiaridades admitidas, en retomar la medida de las reglas y de las instituciones y a partir de esta re-problematización participar en la formación de una voluntad política.”

Si alguien se autonombra ‘intelectual’ y no tiene como finalidades lo que Foucault indica, difícilmente nos encontraremos frente a un intelectual. Quien lucha por no pertenecer a una secta e intenta llevarnos con él, no sólo está tratando de derrocar a la secta en sí, sino de construir una secta propia. Dígase partidos políticos, religión, amistades, familias… a veces decidimos a cuál pertenecer, pero por lo general no es así. ■

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