El Escapulario I

El Escapulario I

Ya se había retirado de la vida agitada que tuvo cuando estuvo en las filas del general Francisco Villa cuando un viejo amigo lo invitó a visitarlo a su casa en la Ciudad de México.

Serían uno o quizá dos años luego de la retirada del Centauro del Norte. El originario de La Coyotera, Durango, vivía en una Hacienda que Gobierno Federal le dio en Parral, Chihuahua.

Todos los dorados se desperdigaron. Cada quien ganó para su terruño. Algunos otros se dedicaron a vivir y contar sus hazañas y muchos de eso vivieron un buen número de años hasta su muerte.

Carlos, guerrillero de Francisco Villa, se cambió el nombre y se hizo llamar Joaquín Macías. Con ese alias vivió un tiempo en los Estados Unidos y luego de casarse con Carlota y tener cuatro hijos, se devolvió a Fresnillo y hasta el rancho San Luis de Abrego fue a dar. Ahí murió solo sin nada ni nadie que lo recordara como uno de los más bragados y bellacos a la hora de defender la causa.

Estuvo en la capital del país. Carlos aceptó la invitación de un amigo que, con el pasar de los años olvidó y por más intentos que hacía no lograba acordarse de su especial amistad.

Se hospedó en un hotelito de la colonia San Rafael. Recordaba que esa colonia era una de las más bonitas. “Muy hecha para gente adinerada de la época”, describía Carlos cuando la nostalgia lo invadía por los recuerdos de su juventud rebelde y trashumante.

Un día estaban en un lugar del territorio nacional y otro ya iban rumbo la frontera con los Estados Unidos. “Lo andariego no se nos quitó jamás”, decía y comprendía al jefe de la División del Norte cuando daba órdenes de ir en pos de uno y otro combate.

Antes de pardear el día, solía sentarse en una piedra que estaba en el corral frente a la casa. Periódico en mano se pasaba horas leyendo. Sin embargo, lo que más le gustaba ver y releer, todos los días, si podía, era el Alarma! -una especie de revista de color amarillo tenue que publicaba José Hernández Llergo con pura nota roja-, que en sus páginas centrales dedicaba textos a hablar de la Revolución Mexicana.

En una ocasión se le pudo ver llorar. Sacó un paño rojo de la bolsa trasera de su pantalón de mezclilla y enjugó sus dolorosos recuerdos.

Carlos y sus hermanos nacieron en Renedos hoy San José de Lourdes. Bernabé y Celso, sus padres, hicieron mucho coraje cuando él les dijo que se iba a seguir a Villa y que no estudiaría más.

En su cuarto de hotel, Carlos se colgó un viejo escapulario. Hizo una cruz con los dedos y la besó. Salió a la calle. Atravesó el predio terregoso donde años después estaría el Monumento a la Revolución. Siguió hasta llegar al cruce de Reforma y Bucareli donde lo esperaría su amigo. Quedaron de verse a las Tres de la tarde para de ahí irse caminando a comer.

Llegó puntual pero el amigo lo fue más. Ahí lo aguardaba ya. Se saludaron de mano y luego de un fuerte apretón ambos se dieron un abrazo.

Caminaron por Bucareli y doblaron a la izquierda por Ayuntamiento y se fueron derecho hasta una casona que albergaba un elegante y discreto restaurante.

Conversaron mientras les traían un par de sodas frías para el calor de la temperatura ambiente y el producido por el andar presuroso del amigo.

Platicaban. El amigo le invitó un cigarrillo de hoja. Aceptado, Carlos tuvo que armar su cigarro con calma artesanal. Así era en esos días. El que mejor lo forjaba mejor se lo fumaba.

Ya entrados en la amena charla luego de muchos años sin verse, un mesero se acercó para saber si querían ver la carta. El amigo pidió sendos tamales.

Ambos tenían hambre pero la torearon con las sodas y el par de cigarrillos consumidos como si la brasa no tuviera ganas de disfrutar el aspirar y expirar los aires de los recuerdos traídos por la memoria de ambos.

Trajeron los tamales humeantes y se apresuraron a comer. Generosos en masa. El amigo le decía que en la parte media tenían carne deliciosa.

Para sus adentros, Carlos se encomendó algo que entre dientes se asemejaba a Dios. Eran los primeros alimentos del día en casi dos sin comer. En camión desde Zacatecas eran muchas horas de trayecto.

Mordía y masticaba el sabroso tamal. Casi al final dejo un pedacito de carne blanca como de pollo revuelto en la masa. Masticó pero sintió con la lengua algo filoso. Aprovechó un descuido del amigo que volteaba a pedir otros más, y echar eso que se sacó de la boca para hurgarlo luego.

Terminaron casi las siete de la noche. Se despidieron en el lugar donde se encontraron tras años de no verse.

Presuroso ya en su hotel, sacó la servilleta de papel para ver que se estaba comiendo. Sorprendido miró un dedito de un niño con uña aún.

Sintió asco y luego de contener las ganas de vomitar, con mentadas de madre ofendió hasta el cansancio al amigo por haberlo llevado a un restaurante para antropófagos.

Se enjuagó la boca cuantas veces pudo y en playera se recostó encorajinado. Sacó el pedazo de tela que traía en el cuello y lo besó. Durmió. ■

 

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