Los hijos de Rebeca

Los hijos de Rebeca

Un suave viento con olor y sabor a tuna refrescaba La Presa de Leobardo Reynoso, comunidad integrada por unas veinte familias.

En una casa de ese lugar vivía Rebeca Rebe, cuatro hijos y el papá de ellos, Natividad que era conocido como Nato por los lugareños.

Eran tan pobres que Nato no lograba conseguir un empleo que le diera dinero necesario para mantener a la nigua y su mujer. En ocasiones cortaba nopalitos y se iba por los ranchos vendiendo para ganarse algo. Cuando lograba unos pesos, el ingrato se emborrachaba y se gastaba todo y regresaba a casa sin nada.

A Rebeca la azuzaban para que dejara a Nato y se fuera a vivir a la ciudad. Finalmente él no era un hombre responsable, pues hasta la golpeaba y le pedía de comer cuando ni gasto daba.

Ebrio dormía hasta muy entrado el día. Sin embargo, quería bañarse con agua caliente y cambiarse con ropa limpia. No trabajaba como otros hombres responsables.

El se decía harto de que su esposa le recordará de manera frecuente que consiguiera un empleo, porque ya no tenían zapatitos sus hijos, porque ella ya no tenía ropa para ponerse, porque no tenía dinero para comprar arroz, alguna sopa, masa para unas tortillas y ni siquiera unos chilitos para una salsa de molcajete.

Ese día, muy temprano, Rebe se fue caminando, varios kilómetros hasta sumar dos horas, a casa de una hermana para conseguir que comer. Cuando regresó encontró a tres de sus cuatro hijos muertos. Tirados en el suelo.

Las dos bolsas que llevaba en las manos se le cayeron, rodaron por el suelo. Soltó a su hijo y corrió a tratar de revivir a uno por uno. Gritaba y gritaba: ¡Dios mío porqué, porqué…porqueeeeee!

Miraba a su derredor y volvía a gritar: ¡Llévame a mí….no, no, nooooooo a mis hijitos noooooooo, por Dios que les pasó!

Cerca de los cuerpos yertos había unas vasijas de plástico con residuos que semejaba un agua viscosa. Rebeca ni siquiera se dio cuenta hasta que los vecinos llegaron a auxiliar en el dolor.
Por el camino de terracería desde la cabecera municipal llegó la policía. Más tarde el servicio médico forense dictaminaría tras una rápida revisión ocular y sin más ni más se concluyó que los menores habían muerto producto de un envenenamiento.

No había vestigios de violencia contra dos niños y una niña. Los mató alguien que los conocía y que sabía que estaban solos. A los policías les asaltaba las preguntas ¿quién? y ¿por qué? Uno de los ahí presentes recordó que los niños tenían los dos padres y que faltaba el papá.

Rebeca sumida en su pena seguía abrazada los cuerpos de sus hijos. Les hablaba y les decía palabras como trabalenguas por el sollozo. Sorbía y sorbía la nariz. Se limpiaba los mocos con la mano. Su llanto lastimaba la tarde de ese día que avisaba impotencia.

En una camioneta panel de color azul subieron uno a uno los tres delgados cuerpecillos. Serían llevados al médico forense de la ciudad. Hasta allá tendría que ir Rebeca por sus hijos para velarlos y darles cristiana sepultura como se estila en estos lares.

Los despojos de la pobre vivienda no importaban. Eran el marco de la desgracia. Ella quería subir al auto con sus hijos. Nada valía más para ella que recuperar los cuerpos.

Alguien levantó las dos bolsas con mandado y se las llevó. Nadie reparó que eran de Rebeca.

Cuando la camioneta se movía para tomar la carretera de terracería, alguien gritó: ¡Que no se lleven los cuerpos que aquí los dejen…para enterrarlos pronto…la señora no tiene dinero para que la hacen ir hasta allá y luego regresar!

La arenga tuvo eco y los hombres de La Presa taparon la marcha del vehículo. Alguien sensato dijo que se retirarían del paso si los paramédicos se comprometían, luego de la autopsia, regresar a los cuerpos. Ambas partes empeñaron la palabra y fue así como en horas de la noche, casi la madrugada el aroma a muerte cercenó el agradable olor y sabor a tuna.

Murmuraciones se propagaban. Versiones cuestionaban y aseguraban que el papá era el sospechoso principal. No estaba. Simplemente había huido.

Al día siguiente, tanto en la comunidad La Presa como en la cabecera municipal los periódicos La Voz de Fresnillo y La Nueva Era dedicaba la nota principal a la muerte de tres niños.

Ese día también fueron sepultados sin la presencia de su padre. Muchos rezaron para que el agua de la prensa no ahogue el alma de los niños.

Un mes después se supo que el agua miel que producen los magueyes y que alguien dio de beber a los niños fue la causa principal de su muerte extraña y rara. Un estudio que mandó hacer la policía encontró que el líquido tenía disuelto veneno para ratas.

De Natividad del Valle Nato sólo se supo cuando la policía lo localizó en otra comunidad viviendo arrimado con una mujer más joven que él. Fue apresado y encarcelado por homicidio intencional.
Los medios impresos nuevamente hablaron de los niños asesinados. Flagelaron hasta el cansancio al miserable padre.

Ya en la cárcel, Rebeca supo por voz de su esposo: ¡Tenían hambre y como tú tardabas con la comida les di agua miel con veneno para que ya no volvieran a pedir nada. Perdóname!

Rebe aún vive envuelta en su horrendo recuerdo. El único hijo que tiene le ayuda para que coma y le compra ropa.

*Comunicador.
[email protected]

Related posts

Banner Home Videos 578 x 70
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ