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domingo, 25 febrero, 2024
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Ruinas, que en implacable diálogo habitan nuestros sueños [Otto Dix, ‘La guerra’]

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Por: ÁLVARO LUIS LÓPEZ LIMÓN* •

La Gualdra 608 / Arte

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La obra de Otto Dix, La guerra, es una especie de altar clásico con antecedentes en las trincheras, como portador visual une varias escenas que se expresan en el eje del tiempo, entre una narración progresiva de oportunos protagonistas y un perenne deambular entre las ruinas de una batalla.

La escena del retablo izquierdo nos muestra un pelotón de soldados tenaces y efímeros, que en su mayoría marchan de espaldas hacia un futuro omnipresente, lejos del espectador. Únicamente vemos el perfil de dos soldados que se miran a los ojos el uno al otro, caminan rumbo al campo de batalla, mientras que sus vidas, al igual que sus siluetas, se difuminan en medio de una espesa niebla que sugiere un gas venenoso.

En el retablo derecho podemos observar a un herido que es sacado por su colega, al parecer, es el propio Otto Dix que con cara deshumanizada, fija su mirada en el espectador, en medio de una batalla atestada de cadáveres, plagada de cráteres de bombas que todavía arden, mientras tanto, en el horizonte –representado en una escala de grises y ocres sepia– aún se escupe fuego.

En el panel central protagoniza la quietud, nada se mueve, el tiempo se ha congelado, es un escenario de dolor, muerte y destrucción, impera la siniestra calma, huella de un cuerpo social que se pudre por la inclemencia de la contienda, por el abandono –a su suerte– de los soldados muertos en la lucha, pero sobre todo, para que la eternidad muestre cómo entre la carne y la conciencia, impera un silencio sepulcral muy parecido al que deja el final de una batalla. El panel nos presenta el resultado de la refriega, un soldado con la máscara de gas, la mano lúgubre de un esqueleto –que se eleva sobre un poste– apuntando hacia el futuro cielo, a un lado, restos de cadáveres destrozados, entrañas esparcidas, miembros desperdigados, todo esto al pie de un fondo ominoso. En un cráter, provocado por el impacto directo de un explosivo –que al parecer antiguamente fuera refugio– encontramos soldados caídos y heridos. El nuevo espacio –antes refugio– se convierte en una fosa común, en un lugar por el que cabalga la muerte, en el que ya sólo un miliciano permanece erguido, aquí, ya no hay héroes, ni personas; aquí, ya no se exhibe una acción militar. Es un primitivo paisaje de guerra, que en arrogante soltura muestra cuerpos mutilados, despojos, árboles carbonizados, ruinas y cenizas. El panel inferior presenta, soldados muertos –apilados como en una fosa común– o tal vez sólo dormidos en un refugio que sugiere una especie de retablo inferior, como el de un altar, que representaría –a juicio del espectador– a un Jesucristo en el sepulcro.

Así encontramos lo abyecto, lo monstruoso, lo feo; acercándonos a la guerra, desempolvamos escrupulosamente la superficie, desvelamos cuerpos en ruinas, que en implacable diálogo aún habitan nuestros sueños.

 

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